RUBÉN GARCÍA | A CORUÑA
Vestidos de Carnaval, con chubasqueros o cualquier tipo de atuendo plastificado, embarrados... todo vale en San Pepe, la fiesta en honor al patrón de Informática que un año más llenó los autobuses de jóvenes con ganas de beber y escuchar música electrónica en el campus de Elviña.
A las diez y media de la noche, la afluencia de público -se contaba por miles- era menor que en años anteriores, cuando el tumulto llegaba hasta la facultad de Sociología. Según la organización, la culpa la tuvo la lluvia. Pero los buses urbanos seguían subiendo a la Universidad repletos de jóvenes con sus bolsas de plástico y coches parados en el atasco para acceder al campus. A esa hora, los fiesteros ya no podían entrar a las aulas de la facultad de Informática, donde los restos de botellas de una jornada movidita aún estaban por el suelo y los servicios de limpieza empezaban una dura tarea. Música estridente bajo la carpa -con jóvenes que aprovechaban la parte exterior de la lona para orinar-. Para hablar por teléfono, muchos salían de la aglomeración. Aunque para algunos los decibelios no eran para tanto: "Tocan en plan suave". Incluso había gente que pasaba de los conciertos y tarareaba su propio repertorio. Más ellas que ellos.
El problema de beber al aire libre es que si llueve todo se complica. Los espacios verdes que rodean Informática eran más un patatal que un jardín; una especie de barro mezclado con botellas y vasos de plástico.
Y caminar sobre el terreno se complica en San Pepe, sobre todo si las copas empiezan a hacer efecto, el barro parece hielo y bajar a pie se convierte en poco más que deslizarse por la nieve sin esquís. Más de uno se dio un buen golpe.
Era un problema de alcohol pero también de ubicación. Uno de los puntos de venta de bebidas estaba en la puerta principal de la facultad. Aquellos que querían tomarse una copa -si no estaban de botellón o, en el peor de los casos, ya lo habían finalizado- y llegar a la carpa tenían, de forma irremediable, que bajar por el barrizal. Pero San Pepe se portó bien con los estudiantes y ofreció precios asequibles para los que tenían la necesidad de calmar su sed. Por un día, el vaso de agua costaba lo mismo que un chupito o una cerverza: un euro.