PABLO LÓPEZ A CORUÑA
La llegada de un temporal que trae consigo grandes olas que causan daños en el paseo marítimo es un fenómeno al que los coruñeses parecen haberse acostumbrado. Todos los años hay días en los que las fuerzas de seguridad cierran las zonas más próximas a la costa y en los que el mar, con mayor o menor repercusión, trata de reconquistar un espacio que el urbanismo de la ciudad le ha robado. Los que ayer acudieron al paseo marítimo, con un clima mucho más benévolo, contemplaron con curiosidad cómo los técnicos y los obreros trabajaban para que el paseo recupere cuanto antes su aspecto habitual.
La instalación de una balaustrada más resistente a la fuerza de las olas o la colocación de elementos protectores justo al borde de la costa son algunas de las soluciones propuestas por los técnicos, pero los vecinos que tuvieron la ocasión de contemplar las gigantescas olas y los que observaron los destrozos parecen tener claro que poco se puede hacer contra la naturaleza.
Para recordar la anterior ocasión en la que sucedió algo parecido no es necesario tener demasiada memoria o llevar décadas viviendo en la ciudad. En agosto de 2008, un temporal similar arrasó parte del mobiliario del paseo marítimo e incluso llegó a arrastrar a una turista francesa que se encontraba en el dique de abrigo. Este temporal, aunque uno de los más recordados, es sólo uno de los muchos que han motivado alertas y cortes del paseo marítimo en la última década.
Los transeúntes que caminaron ayer por el paseo marítimo lamentaron los costes que acarrearán los destrozos causados por el temporal. Algunos de ellos también mencionaron el relleno de arena en las playas, que calificaron como un fracaso por no haber servido para evitar que, una vez más, el mar rompiera la balaustrada.
El fin del temporal estaba anunciado para la noche, pero los ciudadanos pudieron comprobar desde la mañana que Becky había perdido fuerza. A pesar de esto hubo peatones que, temerosos de los efectos del viento de la jornada anterior sobre los edificios, trataron de alejarse de las cornisas de los edificios en previsión de desprendimientos y aprovechando que, a diferencia de lo ocurrido el martes, podían abrir sus paraguas sin que el viento los doblara.