la ciudad que viví

La zapatilla de José Sardiña

Los alumnos del Hogar de Santa Margarita, colegio del que guardo un gran recuerdo, conocíamos muy bien la zapatilla que el director tenía en su despacho, con la que nos daba cuando hacíamos una travesura

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El autor, en el caballito del fotógrafo de los jardines.
El autor, en el caballito del fotógrafo de los jardines. 
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Con los compañeros del Hogar de Santa Margarita también viví mis aventurillas en las playas de Riazor y el Orzán cuando bajábamos durante el recreo en los días de temporal para torear las olas que rompían en el desaparecido dique que existió junto a la rotonda de las Esclavas

POR MANUEL GARCÍA AGROMARTÍN Pese a que nací en Lugo, me siento coruñés desde niño, ya que mi familia se instaló en esta ciudad cuando yo solo tenía dos años. Mi padre, Alfonso, era maestro mecánico de taller en el Garaje Americano de Lugo y le llamaron para trabajar en la empresa Finanzauto y Servicios, ubicada en As Xubias, donde estuvo empleado muchos años, aunque acabó jubilándose en la concesionaria de Pegaso.

Al llegar aquí, la familia -también formada por mi madre, Mari Paz, y mi hermano Alfonso- se instaló en la calle Curros Enríquez, donde vivimos hasta que cumplí los siete años y nos mudamos al barrio de Peruleiro, donde residí hasta que me casé y donde mi madre fue muy conocida por su trabajo de modista. Mi único colegio fue el Hogar de Santa Margarita, donde conocí a amigos como Torrado, Gayoso, Fernando, Torreiro, Fernando Vidal, Luis Cortés, Pablo y Jorge, que se sumaron a los del barrio, como Ike, Quico, Fonsi, Garrapucho, Luisón, Carlos, Tito, Fanfi, Joaquín y Javi el ciego, quien con su sexto sentido y su alegría disfrutaba cuando jugaba con nosotros.

Con todos ellos lo pasé fenomenal jugando en el amplio campo que teníamos, en el que podíamos hacer lo que se nos antojara, como fabricar los famosos tirachinas y tiratacos, con los que hacíamos grandes safaris para cazar gorriones, estorninos y todo lo que volara para hacernos luego unas buenas empanadas que sabían a gloria, aunque lo malo era tener que desplumar a los pájaros. Cuando queríamos comer marisco nos íbamos a la playa de O Portiño para coger nécoras, erizos y algún percebe, con lo que nos dábamos unos buenos atracones.

Con el paso del tiempo me aficioné a la pesca submarina, que aprendí a practicar en el Club del Mar con los cursos de buceo a pulmón que hicieron Tito Diehl y Pirulo. Hoy en día sigo practicando este deporte, aunque con más tranquilidad que en aquellos años.

Con los compañeros del Hogar de Santa Margarita también viví mis aventurillas en las playas de Riazor y el Orzán cuando bajábamos durante el recreo en los días de temporal para torear las olas que rompían en el desaparecido dique que existió junto a la rotonda de las Esclavas, donde estaba la roca del Cagallón, en la que aprendió a nadar media ciudad. En la especie de piscina que formaba aquel dique murió ahogado un alumno de mi colegio llamado Demetrio, a quien una ola le lanzó al agua junto con otros compañeros, sin que su cuerpo pudiera ser recuperado hasta varios días después, ya que quedó enterrado bajo la arena por el oleaje.

En el patio del colegio también hacíamos travesuras, ya que allí había una muralla que separaba a las niñas de los niños y nosotros nos subíamos para meternos con ellas, aunque cuando nos sorprendían nos llamaban por el altavoz para que nos presentáramos ante el director, el sacerdote José Sardiña, quien nos daba con la zapatilla que tenía en su despacho encima de un estante y que era muy conocida por todos los alumnos. En el colegio teníamos que ir a la capilla por las mañanas y algunos domingos nos ponían películas de vaqueros, que pasaban a ser religiosas durante la Semana Santa. De todo esto guardo un gran recuerdo, ya que el colegio me proporcionó una educación que fue muy importante para mi futuro social y profesional.

A partir de los catorce años, lo que más nos gustaba a los chavales de mi pandilla era ir en verano de acampada a la isla de Arousa, donde nos encontrábamos con otros grupos de chavales e íbamos a las fiestas de los alrededores, en las que se ligaba mucho. En la ciudad, las playas que más nos gustaban eran las de O Portiño, Orzán y Santa Cruz. A partir de los catorce años comencé a practicar el taekwondo, deporte en el fui campeón de As Mariñas, y también el fútbol en los equipos del Imperátor y Sin Querer, aunque tuve que dejarlo al empezar a trabajar como buzo profesional para Abeconsa, Transumar, Atisub, Baliza Atlántica y Amarradores de La Coruña.

Más tarde aprobé una oposición para el cuerpo de bomberos, en el que desarrollé mi vida laboral hasta hoy, aunque en la actualidad estoy en excedencia porque doy clases en una academia a quienes se presentan a las oposiciones para bombero. Me casé con una coruñesa llamada Yolanda, a quien conocí en un guateque de mi barrio a través de una amiga mía, Tere, y hoy tenemos una hija que se llama Carla.

En la actualidad sigo viéndome con la mayoría de mis amigos de la calle y del colegio que todavía viven en la ciudad, ya que algunos marcharon a vivir a otros lugares, aunque todos nos reunimos una dos veces al año para recordar lo maravillosa que era la ciudad en nuestra juventud, ya que ahora perdió el encanto que había entonces en las calles y, sobre todo, la amistad entre las pandillas de todos los barrios, ya que todos nos conocíamos desde que éramos pequeños y hacíamos trastadas y travesuras, lo que ahora ya no sucede.

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