La ciudad que viví

El niño del neumático de Riazor

Uno de los mejores momentos de mi niñez fue cuando mi tío, que era transportista de pescado, me regaló un neumático viejo que usaba como flotador en la playa y con el que hacía incursiones por la costa

02.08.2015 | 02:48

Nací en Ferrol, ya que mi padre trabajaba entonces como tornero en la Metalúrgica Ferrolana, aunque él era de Orillamar y mi madre de San Roque de Afuera. Cuando tenía dos años la familia, de la que también formaba parte mi hermano mayor Luciano, se vino a vivir a Santa Margarita. Mi primer colegio fue la academia Urbe, situada en la calle Dolores Rodríguez Sopeña y en la que estuve hasta los seis años, edad en la que me enviaron al colegio Sualva, donde ya estudiaba mi hermano, así como mis primas Gelines y Pilar.

En ese centro puede decirse que se forjó mi espíritu y donde pasé unos años estupendos con mis compañeros, entre los que destaco a Amador, los hermanos Fraga y Santodomingo, Carlos Arias, los hermanos Tomé, Juan Montero, Adelino Reino, Francisco, Mucha, los Pardellas y Chichita, la hija de la profesora doña Concha, quien nos ponía finos si no nos portábamos bien, ya que tenía una vara que lo mismo le servía de puntero que para darnos en las manos o en el trasero.

Hay que reconocer que nosotros éramos unos trastos y que siempre estábamos haciendo travesuras, como vaciar los tinteros, cazar moscas y meternos con nuestras compañeras, que casi siempre se chivaban a la profesora.

Antes de entrar al colegio nos poníamos a jugar en plena calle a las chapas, las bolas, la bujaina o el che, ya que la mayoría de las calles estaban sin asfaltar y casi todo era campo y huertas, además del llamado Campo de la Peña, que llegaba hasta la aldea de Pénjamo, donde años después se instaló la empresa Cabarcos para vender los coches Simca y Barreiros, lo que hizo desaparecer aquellas casas.

En nuestro barrio teníamos las librerías de Aurorita y de Maxi, donde se hacían los cambios de novelas y tebeos por una peseta, que era mucho dinero en aquella época pero que nos proporcionaba lectura para todo un mes. Otra manera de divertirnos era hacernos pistolas con pinzas de la ropa para lanzar piedras o bolas de papel, o fabricarnos tiratacos con madera de abedul y una vara de mirto para lanzar flores o tréboles.

También tengo un gran recuerdo de las aventuras de la pandilla cuando íbamos a la zona de Ángel Senra, donde estaba la antigua fábrica de calzado, en la que había trabajado mi abuelo paterno Ricardo y cuyas ruinas fueron ocupadas por los primeros gitanos que hubo en el barrio. Mi pandilla estaba formada por Pacheco, Pirulo, Nené, Manolito el rubio, Juan, José Antonio y Suso, con quienes lo pasé muy bien.

En verano íbamos a Riazor, donde casi todos aprendimos a nadar en la peña del Cagallón y en la que disfrutamos mucho con un neumático viejo que me regaló mi tío José, que llevaba un camión de pescado a Madrid. Recuerdo que usarlo como flotador era todo un lujo para un chaval y que nos permitió ir hasta la cueva del pirata en San Roque, junto a la antigua capilla, y a O Portiño, que para nosotros quedaba lejísimos.

También me acuerdo cuando mi madrina, Amalia, me regaló una bicicleta tan grande que casi no le llegaba a los pedales. Había sido traída de Alemania con otras bicis por la empresa Conde Medín con un lote de chatarra y luego se las vendió a los empleados.

Me gustaba mucho la profesión de mi padre, pero él no quiso que la siguiera, aunque estudié por las noches en la Escuela del Trabajo, donde hice Oficialía Mecánica. Nada más acabarla, empecé a trabajar en Gabardinas For y luego en Galerías María Pita, tras lo que fui comercial de una multinacional y finalmente me establecí con un negocio de confección en el que trabajé durante 35 años.

Me casé con Marisol, natural de Vimianzo, a la que conocí cuando ambos trabajábamos en el establecimiento de For en Sánchez Bregua y con quien tengo dos hijos, Ricardo y María, quienes nos dieron un nieto.

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