La ciudad que viví

El jugador que acabó de entrenador

Comencé a practicar el fútbol en el Imperátor, donde me conocieron como Lucho segundo, y al terminar mi carrera me encargué de entrenar durante trece años al equipo ...

23.08.2015 | 13:06
Javier Sanz, en el centro, en su época de entrenador de fútbol del Liceo, en un acto con el director del colegio, Augusto César Lendoiro (derecha).

Nací en el barrio de Cuatro Caminos, aunque al poco tiempo mi familia se trasladó a Oleiros y luego a Betanzos, debido a que mi padre era militar y lo destinaron a esas localidades. En los años cincuenta regresamos de forma definitiva a la ciudad y nos instalamos en la calle Mariana Pineda, que entonces era conocida como la zona de San Cristóbal.

En Oleiros tuve como amigos a Tonecho, Concheiro, José Antonio Pardo, Carlos Montero, los hermanos Pepito y Martito, así como Juan y Alfonso Pena, de quienes guardo inolvidables recuerdos y con quienes sigo viéndome todos los años para recordar aquellos tiempos en los que los chavales nos las teníamos que ingeniar para divertirnos, aunque cualquier cosa nos valía, y además los alrededores de donde vivíamos eran todo campos y huertas.

En aquellos años mi playa favorita era la de Santa Cruz, por lo que en ella aprendí a nadar. También disfruté mucho del antiguo cine de Oleiros, propiedad de Eugenio Pardo, quien también tenía una sala de baile y una ferretería. Gracias a que mi padre era militar, pude entrar muchísimas veces gratis en aquel cine, en el que aún recuerdo la primera película que vi, Látigo negro, de la que nunca me olvidaré.

Al regresar a la ciudad mis padres me enviaron al colegio de don Rafael Vidal, en la calle de la Paz, donde conocí a nuevos amigos y formé parte de una pandilla integrada por Alfredo Golpe, Juan Tomé, José Cobas, Pepe Carballeira, Juan Tous, Chena, Emilio, Veloso y los hermanos Pocholo y Luis, hijos de Luis el sereno, que luego sería conocido por el ser el conductor del primer autocar del Deportivo.

En verano nuestras playas preferidas eran las del Lazareto, las Cañas, Santa Cristina y Bastiagueiro, donde organizábamos grandes pachangas de fútbol. A los catorce años mi amigo Alfredo me llevó a jugar con él en el Imperátor, en el que tuve como compañeros a Pedro Vieites, Pepe Taboada y Moll, aunque durante tres años tuve la ficha trucada porque no tenía la edad necesaria, una práctica habitual entonces para poder jugar en los equipos juveniles, en los que me conocieron como Lucho segundo. Más tarde pasé al Victoria, donde jugué con mi hermano Antonio, al que apodaban el Negro, y donde tuvimos como entrenador a Casteleiro.

Aunque ya me había retirado del fútbol, vinieron a buscarme para jugar con el Sporting de Sésamo, con el que disputé ocho partidos en los que marqué catorce goles, lo que ayudó a que el equipo no descendiera. Después fui entrenador del equipo de fútbol del Liceo durante trece años, así como de los cadetes del Ural. En esa etapa de mi vida me casé con Eva García, con quien tengo cuatro hijos. La conocí en el salón de baile Saratoga, que estaba junto al antiguo cine Monelos, del que tengo un gran recuerdo, así como de otros como el Gaiteira, el Doré y el España, donde el acomodador Casimiro tenía junto a la sala un carrito que hacía de zapatería.

En los años de mi juventud estaba de moda ir a cazar cotobelos al monte de Santa Margarita por la noche, que en realidad era un engaño que hacían todas las pandillas para hacer picar a otras y que recuerdo que también se hacía en el cementerio de San Cristóbal das Viñas.

El viejo tranvía Siboney y el autocar de A Nosa Terra nos valieron muchas veces para llegar enganchados a las playas de fuera de la ciudad, como Bastiagueiro. A la vuelta rematábamos el día en la terraza de la cervecería Estrella de Galicia en Cuatro Caminos, donde pagábamos a escote.

A los catorce años dejé los estudios para ayudar con mi hermano a la familia, ya que el sueldo de los militares era muy bajo en aquella época. Como casi todos los chavales, comencé como aprendiz y chico de los recados en un taller mecánico, para después pasar a un taller de automóviles que luego fue también concesionario y en el que desarrollé toda mi vida laboral.

Fueron unos años muy buenos que ahora quizás no sería posible vivirlos de la misma manera por las muchas carencias que había entonces y lo mucho que cambió la sociedad, ya que en nuestra época la amistad y la vida en pandilla era lo más importante en todos los barrios de la ciudad.

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