La ciudad que viví

Los viajes en el tren de la Termac

Los niños de Monte Alto nos enganchábamos a los vagones que llevaban las piedras desde la cantera de Adormideras al dique de abrigo para ir hasta la poza de los carabineros, junto a las rocas de As Ánimas

30.08.2015 | 02:13

Nací y me crié en la calle San Antonio, en el barrio de Monte Alto, donde viví hasta los diez años, edad a la que mi familia -formada por mis padres, Manuel y María, y mis hermanos Miguel y Juan- se trasladó a la calle Santo Tomás. Tanto mi padre como mi abuelo Faustino fueron muy conocidos en la ciudad en los años cincuenta, ya que el primero fue propietario de la orquesta Siboney y el segundo, compositor de música gallega.

Mi padre acabó vendiendo la orquesta y se fue con mi madre y otros miembros de la formación a trabajar a Inglaterra, donde estuvieron tocando muchos años en clubes españoles y venían varias veces al año a la ciudad, donde yo me crié con mis abuelos. Mi primer colegio fue la academia Vázquez, situada en la calle Orillamar, donde estuve dos años y de la que pasé a la Vazper, dirigida por don Sergio, quien era muy bueno, aunque cuando nos portábamos mal nos ponía en fila y nos daba unos buenos azotes con una regla a los que no dábamos importancia porque al poco tiempo nos habíamos olvidado de ellos.

A los trece años me puse a trabajar para ayudar en casa y porque no me gustaba estudiar y comencé a hacerlo como chico de los recados en Auto Gestión, en San Andrés, donde estuve un año. Luego pasé a la tapicería Nogueira y a los dieciséis años decidí irme con mis padres a Inglaterra, donde estuve hasta los veintitrés años, periodo que me sirvió para formarme y aprender inglés, lo que era muy importante en los años setenta.

Hasta que me fui a Inglaterra jugué en el equipo de fútbol Marte y al volver me reincorporé al club. Cuando regresé a la ciudad me casé con Adela Berdeal, con quien tengo un hijo llamado José Manuel, y empecé a trabajar en la empresa Samlor y después en la recién inaugurada compañía de electrodomésticos GEF, en la que fui director administrativo hasta su cierre, después de haber sido una empresa emblemática coruñesa, en cuyo equipo de fútbol también jugué. Posteriormente abrí mi propia empresa de informática, llamada Full Time, que hoy en día sigo dirigiendo junto con mi mujer.

Mi pandilla de la infancia estaba formada por Carlos Vázquez, Ventureira, Manolete, Pepe Taboada, Lucho, Aneiros, César, Luis Taboada, Manolo, Meijide y Toño, con quienes pasé unos años inolvidables jugando en lugares como los campos de la Luna, de La Coruña y Marte, así como en la cantera de la Termac en Adormideras, de donde salía el viejo tren que llevaba las piedras para la construcción del dique de abrigo, al que muchas veces nos enganchábamos en el último vagón para llegar hasta la poza de los carabineros, que estaba cerca de las rocas de As Ánimas. Muchas veces teníamos que tener cuidado con la pareja de la Guardia Civil que estaba en una caseta en esa zona y que nos reñía si nos veía.

Jugar a la pelota era lo más habitual en nuestros juegos, aunque también el futbolín en el bar de César, situado en el Campo de la Luna, al que íbamos después de vender en la ferranchina de la señora Balbina las chatarra y puntas de las obras que recogíamos por el barrio y por las que nos daban unos patacones. También hacíamos carreras con carritos de madera y ruedas de acero bajando las cuestas del Matadero y la calle Faro. Las ruedas las comprábamos en la ferranchina y en la tienda del señor Tomás, que también vendía gramiles para cazar gorriones, alpiste y todo lo que hacía falta para cogerlos, por lo que fue muy conocida en la calle de la Torre.

Tampoco me puedo olvidar de los buenos ratos pasados en el cine Hércules, donde siempre íbamos a la entrada de general, el gallinero como le llamábamos los chavales, que también comprábamos pipas en el carrito del señor Juan, situado frente a la taquilla. Cuando nos hicimos mayores comenzamos a ir a las fiestas y bailes de la ciudad, así como a recorrer las calles de los vinos, donde nuestro punto de encuentro era el bar Faustino.

Ahora, ya jubilado, sigo conservando la amistad de los amigos de la pandilla de mi infancia, con quienes me reúno siempre que puedo para organizar cenas y comidas para recordar nuestras andanzas de los viejos tiempos, de los que guardamos un gran recuerdo.

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