Crítica

Cuestión de talento

06.09.2015 | 01:54

En las notas de programa para este recital se recoge una certera opinión de la gran artista y maestra de canto, Lili Lehmann: "Lo primero que ha de tener un cantante es un enorme talento". Y esa es precisamente la clave del éxito de Leo Nucci. En esta ocasión, las aclamaciones no cesaban, se produjeron aplausos rítmicos y el público, puesto en pie, continuó expresando su admiración a este excepcional cantante que llevó su generosidad al extremo de ofrecer cuatro bises; y no precisamente de trámite, piececillas amables y de escasa dificultad; por el contrario: cuatro grandes fragmentos de lo más granado y difícil del repertorio. La célebre salida de Figaro, en El barbero de Sevilla, de Rossini, verdadera creación de Nucci que mereció una exclamación -"¡Grande!"- de un oyente inspirado; la gran escena -recitativo y aria- de Don Carlo, de Verdi, celebrada con aplausos rítmicos; la de Un ballo in maschera, de Verdi -también, recitativo y aria, como la siguiente-, uno de los más bellos ejemplos baritonales, que alcanzó un éxito inenarrable; y, en fin, la escena de Andrea Chénier, de Giordano que cerró, de modo inolvidable, un recital extraordinario. El inteligente planteamiento del acto musical -que fue de menor a mayor exigencia- y los interludios pianísticos permiten a Nucci controlar la fatiga vocal que inevitablemente produce un concierto largo y comprometido, extenso e intenso. Sobre todo cuando ya no se tienen veinte años. Lo que el cantante hace a su edad es un milagro. Un milagro de inteligencia y de sabia administración de las facultades. No quisiera que desmereciese la calidad de una primera parte, con canciones religiosas y profanas de Bellini y Verdi; pero no alcanzó el interés de la segunda donde el conmovedor monólogo de Guillermo Tell, de Rossini, "Resta immobile", fue traducido con gran emotividad; el aria "Ah! Per sempre", de I Puritani, de Bellini, constituyó una lección de canto; como asimismo el precioso fragmento de La favorita, de Donizetti, "Vien Leonora". Ramón Tébar destacó como pianista acompañante y también a solo. Es un músico, tanto delante el piano como cuando se sitúa al frente de una orquesta. Cuestión de talento. Se mostró impecable en el desempeño de su cometido con el cantante. Y sus versiones de obras de Chopin tuvieron refinamiento y expresión. Fueron éstas: Vals en Mi menor y tres preludios, los números 15, 20 y 22.

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