La ciudad que viví

Los paseos en las lanchas del señor Onassis

Una de nuestras diversiones en los años de la infancia era alquilar en el puerto una de las barcas del hombre al que llamábamos como al armador griego para recorrer la bahía hasta el castillo de San Antón

13.09.2015 | 02:54

Soy un coruñés nacido en la calle Real, donde me crié hasta la edad de siete años, momento en que mi familia -formada por mis padres y mis hermanas Charo y Patricia-, se trasladó a Enrique Dequidt. Mi padre, Enrique, fue gerente de los laboratorios farmacéuticos Hosbon, ubicados en Juan Flórez, donde desarrolló toda su vida laboral, mientras que mi madre fue maestra, aunque nunca ejerció la docencia. Un dato curioso de mi familia es que heredó de los Doval, de los que mi abuela Antonia era sobrina, la playa de Santa Cristina, que en los años sesenta pusieron a la venta mi padre y sus hermanos Juan y Nena.

Mi primer colegio fue el de los Maristas, donde estuve siete años, tras lo que entré en el recién inaugurado Peñarredonda, en el que estudié hasta los diecisiete años. Al terminar el Bachiller ingresé en la Escuela de Empresariales y al terminar estos estudios comencé a trabajar en la empresa Motor Coruña como director comercial, ya que mi padre era uno de los socios. Dos años más tarde me ofrecieron hacerme cargo de un estanco en la calle San Andrés al jubilarse el antiguo propietario, por lo que me hice cargo del establecimiento, en el que aún continúo.

Entre mis amigos de la calle Real destaco a Sánchez de Neira, Javier Fernández Dopeso, y Manuel Oliveira Casas, mientras que de Enrique Dequidt lo hago con Javier Sanz, Miguel Teijeiro, Julián Tejero y Carlos Roca. Mi pandilla de juventud la formaron Rodolfo Caamaño, Jorge Peteiro, Javier Muñiz, Gelín y Alberto Isla, aunque durante mis estudios de Empresariales tuve como compañeros a Novás, Docal, Juan y Manuel, con quienes salía muchas veces.

Cuando era pequeño, mi familia me llevaba a jugar a los jardines de Méndez Núñez y tras nuestro traslado, lo hacía en los terrenos del antiguo Leirón del Casino en Juan Flórez, donde practiqué el frontón y el hockey, mientras que el fútbol lo hacía con los amigos en la plaza de Vigo, donde se organizaban grandes pachangas entre las pandillas, por lo que siempre estaba ocupada, incluso por equipos de fútbol que entrenaban allí.

También jugábamos a las bolas y las chapas, así como a hacer competiciones con carritos de madera bajando por la cuesta de la Unión. Otra diversión era alquilar bicicletas en la calle del Orzán para hacer carreras por las calles de la ciudad aprovechando que entonces había muy poco tráfico. En aquella época se acostumbraba además a alquilar una lancha de remos en la Dársena al señor Onassis, como le llamábamos nosotros, para dar una vuelta por la bahía hasta el castillo de San Antón, aunque aquellas barcas eran tan viejas que había que irlas achicando todo el tiempo con una lata.

Recuerdo que el primer pitillo que fumé lo hice en las rocas del castillo y que lo habíamos comprado a la señora que los vendía en un carrito en los soportales del teatro Rosalía, al que solíamos ir, aunque de chavales preferíamos los Doré, Equitativa y España, que eran los más baratos y los más cercanos a nuestra casa. Cuando empecé a estudiar Empresariales, mi familia se trasladó a vivir a Oleiros, aunque yo seguí saliendo con mis amigos de la ciudad, a quienes veía casi todos los días.

En esos años jugué al tenis y al hockey, al tiempo que comencé a practicar trial en Santa Cruz con los hermanos Del Río, Fraga y Juan La Rosa. Mi primera moto fue una Bultaco Lobito, a la que sustituyó una Ossa, que eran las marcas más conocidas entonces entre los aficionados, que solían practicar en el paseo de los Puentes, ya que en aquellos años era todo monte.

A partir de los quince años comenzamos a acudir a los bailes y fiestas de la ciudad y los alrededores, así como a recorrer las calles de los vinos, en las que siempre había un gran ambiente y nos conocíamos todos. Los veranos los pasaba siempre con la familia en Oleiros, donde nuestra playa favorita era Santa Cruz, donde con mi pandilla de allí iba a visitar en el castillo a las huérfanas de militares que pasaban el verano en el lugar, para lo que utilizábamos la lancha del señor Manolo, que era el encargado de traerlas a tierra y al que ayudábamos a remar para pasear con ellas.

En los años ochenta me casé con la betanceira Rosa Balado Pita, con quien tengo dos hijos, Rosa y Quique, que en la actualidad son ambos abogados.

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