Crítica

Hambre y sed de zarzuela

25.09.2015 | 01:11

Es preciso reiterarlo: en esta ciudad hay una enorme afición a la zarzuela que, por desgracia, raramente encuentra satisfacción. Por eso, el Rosalía se hallaba abarrotado el pasado miércoles; y veinte minutos antes de dar comienzo la función apenas quedaban localidades libres. El público mostró un entusiasmo extraordinario, llegando en varias ocasiones a la aclamación. Hubo un precioso programa; pero, los no conocedores, deben saber que, con tanta o mayor calidad, podrían realizarse muchos otros conciertos sin repetir una sola obra; tal es la riqueza del género. Sólo un pequeño reproche: sería una muestra de cortés elegancia incluir en el programa alguna pieza de zarzuela gallega. Los intermedios de Maruxa, de Vives, y de La meiga, de Guridi, así como la alborada, de El señor Joaquín, de Fernández Caballero, son páginas de muy alta calidad. Y hay romanzas muy bellas en la misma Maruxa, en La chula de Pontevedra, de Luna, y seguramente en algunas más. Javier Galán es un barítono lírico, voz apropiada para el repertorio de zarzuela de los años veinte y treinta del pasado siglo; la época que tuvo a Marcos Redondo -barítono lírico, a veces definido como "tenor corto"- como su máximo representante y para quien se escribieron muchas de las más conocidas zarzuelas. Al igual que el célebre cantante de Pozoblanco, Javier Galán destaca por la claridad del fraseo y la facilidad para abordar el registro agudo, brillante, poderoso y con belleza tímbrica; en el centro de la voz y hacia la zona del paso, se advierten ciertos apoyos engolados que no le favorecen. Su éxito fue rotundo y completo. Sobre todo, con las preciosas romanzas de La del soto del parral, de Soutullo y Vert, Katiuska (Calor de nido), de Sorozábal, y Maravilla, de Moreno Torroba; esta última, muy bella y brillante, suscitó una aclamación, al igual que la de Don Manolito, de Sorozábal; ésta, sobre todo, por motivos más actorales y humorísticos. Un solo bis (podrían haber sido más): la romanza de La canción del olvido, de Serrano. La Banda, muy bien dirigida por Represas, además de realizar una impecable -y nada fácil- labor de acompañamiento, estuvo espléndida en las partes instrumentales, entre las que destacaron el admirable preludio de El tambor de granaderos, de Chapí, La leyenda del beso, de Soutullo y Vert (¡qué gran requinto!) y El baile de Luís Alonso, de Giménez.

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