La ciudad que viví

El chico al que no aplastó el tranvía

Uno de mis recuerdos de la infancia fue el día en que jugando en mi calle, Fernández Latorre, caí bajo las ruedas del tranvía, con la suerte de que no me alcanzaron y resulté ileso para sorpresa de todos

11.10.2015 | 02:51

Nací en la calle Fernández Latorre, frente al bar O Lionardo, un bar al que siempre acudían los seguidores del Athletic de Bilbao cuando su equipo venía a la ciudad a jugar contra el Deportivo. En esa calle viví desde 1944 a 1961, año en que mis padres, Miguel y Rosa, decidieron que nos mudáramos a la avenida del General Sanjurjo.

Mi padre fue muy conocido en Cuatro Caminos y el muelle pesquero porque durante muchos años tuvo un taller de reparaciones de maquinaria que trabajó mucho para los barcos. En ese taller también trabajé yo durante unos cuantos años junto a mi padre, hasta que se retiró y decidió construir un edificio en General Sanjurjo en cuyo bajo abrió un garaje con tren de lavado y servicios de mecánica llamado Garaje Diesel, del que fui encargado hasta 1995, año en que decidimos cerrarlo y alquilar el local a una cadena de supermercados.

Mi primer colegio fue el de los Maristas, en la calle Teresa Herrera, donde estudié tres años, tras lo que me enviaron a los Escolapios de Monforte, donde estuve interno hasta los diecisiete años. Posteriormente estuve un año en el colegio Dequidt y terminé los estudios en la Academia Galicia.

Mis mejores amigos fueron casi todos de mi calle y los alrededores, como Alejandro, Manuel Cousillas, Pancho el del Fabril, Suso Rebollo, Tito Ramallo (padre del que fue entrenador del Fabril), Jesús Mariñas, Franqueira, Mundo, Lupa, Pacuchín, Valiente el afilador y Coche. De todos ellos guardo un grato recuerdo por los días que pasamos jugando en la calle, sobre todo en el monte de Teixido, como se le llamaba al terreno lleno de rocas en el que años después se construiría la nueva iglesia de San Pedro de Mezonzo. Pero también jugábamos en la Fábrica de Cerillas, en la escalinata de Santa Lucía, el entorno del edificio de las Cigarreras y A Palloza. En esos lugares jugábamos a las bolas, la bujaina, el che y la pelota, sobre todo frente a la Fábrica de Tabacos.

En esos años vimos cómo se montó la barraca de madera de A Palloza en la que se instaló la churrería del señor Esmorís y su mujer, que fue un referente para todos los trabajadores del muelle y de la zona, ya que solían acudir allí muy temprano porque estaba abierta a todas horas. También me acuerdo de cuando venía allí el Teatro Chino de Manolita Chen, que era una chica española que trabajaba en esa compañía. Allí también trabajaban los rederos, a los que cogíamos los trozos de cuerda que les quedaban tirados por allí para venderlos en la ferranchina de Maruja en San Diego, el lugar donde se jugaron los partidos del fútbol modesto hasta que se construyeron los campos de La Granja y el pequeño de Riazor.

Nuestros cines preferidos eran los España, Doré, Gaiteira, Monelos y Finisterre, en los que algunas películas infantiles las proyectaban por capítulos en días diferentes, por lo que recuerdo haber visto La mujer tigre en tres domingos diferentes. Recuerdo que frente a los cines Monelos y Gaiteira había pastelerías que vendían unos grandes pasteles chantillys que nos duraban toda la película y de los que usábamos trozos para tirárselos a los chavales que estaban en el patio de butacas.

Uno de mis recuerdos de niñez fue cuando hacíamos una carrera en Fernández Latorre y me atropelló un tranvía, aunque tuve la suerte de que quedé debajo del mismo y entre las ruedas, sin que me pasara nada, por lo que el conductor se llevó un susto mayor que el mío, hasta el punto de que no se creía que hubiera salido ileso. Fue toda una aventura que sirvió para que la comentáramos durante mucho tiempo entre los miembros de la pandilla.

En verano mis playas preferidas fueron las de Lazareto y la de San Diego, conocida como de las Cañas, donde estaban las ruinas del antiguo castillo, a las que muchas veces llegábamos enganchados en el tren de vapor que salía del muelle y pasaba por detrás de la Fábrica de Tabacos para llegar a la Estación del Norte. También nos bañábamos en la zona del muelle donde años después se construyó la factoría de Pebsa.

A los quince años empecé a jugar al fútbol en los juveniles del Victoria y luego en los modestos, aunque con la edad trucada en la ficha. Después de cinco años en el club pasé al Finisterre, con el que participé en la primera Liga de la Costa, en la que fuimos subcampeones. Más tarde estuve en el Unión Sportiva y en los años sesenta volví al Victoria, en el que me retiré cuando ya estaba casado.

Fiestas y bailes

En mi juventud acudí con mi pandilla a toda cuanta fiesta había en la ciudad y los alrededores, así como a salas de baile como La Perla, en Mera, y El Seijal, donde vi actuar a un Raphael que todavía era un jovencito. Para llegar a ese local íbamos en el tranvía Siboney y en el autocar A Nosa Terra, unas veces pagando y otras enganchados. Algunas veces que fuimos a Sada y perdimos el último autocar volvimos en el coche de las lecheras, que era una auténtica carraca, al igual que el autocar que iba a Sigrás, conocido como la Cucaracha, y el que iba a la Ciudad Escolar y Mariñeiros, al que llamaban la Pachanga.

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