La ciudad que viví

Una vida volcada en el fútbol modesto

De niño comencé a jugar en el equipo Parque, tras lo que pasé por otros muchos clubes en categorías de modestos y veteranos, a los que también entrené, por lo que la AFAC me entregó su medalla de oro

15.11.2015 | 02:51

Nací en Pontedeume, pero ya a muy temprana edad mis padres, Guillermo y Matilde, decidieron venir a la ciudad, donde tanto yo como mis hermanos -Manoli, Li, Tino, Berto y Juan- nos criamos. Mi padre trabajó como capataz en Construcciones Militares y mi madre de placera en el mercado de San Agustín. Hasta que me casé viví en la casa donde nos criamos, ubicada en la calle San Leandro, en el barrio de Santa Margarita, aunque más tarde nos trasladamos a la calle Prolongación de la Sagrada Familia, hoy llamada Antonio Carballo.

Mi único colegio fue el de don Abraham, una escuela municipal de O Ventorrillo, en la que estudié hasta los catorce años, tras lo que dejé los estudios para ponerme a trabajar y ayudar a mi familia, al igual que algunos de mis hermanos, ya que mis padres trabajaban mucho y en casa éramos muchas bocas para comer en unos tiempos difíciles que duraron casi hasta finales de los años cincuenta.

Mis primeros amigos fueron los que con los años fui haciendo en mi calle y sus alrededores, que aún estaban rodeados por huertas, campos y casas pequeñas. Entre ellos estaban Zurdo, Tata, Miguel, Manolín, Naya, Alonso, Zuli, Vilariño, Chuchi y Lupe, de muchos de los cuales fui compañero de colegio. Disfrutábamos mucho de nuestros juegos en las calles sin asfaltar, sobre todo con una pelota de goma maciza que tenía uno de nuestros amigos y que era un lujo para nosotros, ya que cuando las hacíamos nosotros mismos con papeles y un calcetín viejo apenas nos duraba un partido.

La calle lo fue todo para nosotros en aquellos años, ya que se podía jugar tranquilamente hasta la hora de volver a casa, a la que las madres nos llamaban a grito pelado desde la ventana y siempre nos enterábamos aunque estuviéramos alejados porque había poco tráfico y ruido. Los carritos de bolas fueron uno de nuestros grandes entretenimientos durante años, aunque para hacerlos teníamos que juntar entre todos los patacones con los que comprábamos rodamientos viejos en cualquier ferranchina. Les echábamos aceite o grasa de caballo para que pudieran girar, ya que estaban oxidados, y después hacíamos carreras por la cuesta de la calle San Leandro.

Los cines fueron otra de nuestras diversiones, aunque había que esperar al domingo o los festivos para poder ir a salas como España, Doré, Gaiteira, Monelos y Equitativa. En ese último nos metíamos con Chousa, el acomodador. Un día que estábamos viendo una película de vaqueros muy mala, gritamos: "¡Retirada!" e imitamos el sonido de una trompeta, por lo que Chousa subió al gallinero y nos echó a todos a la calle. Aunque era muy serio, lo cierto es que al poco tiempo se le pasaba el enfado y siempre que volvíamos al cine se acordaba de nosotros y nos pedía que nos portáramos bien.

Mi recuerdo de la Semana Santa es el silencio, solo roto por la música religiosa que ponían en la radio, aunque yo tenía la suerte de que mi familia se marchaba a casa de unos parientes en Pontedeume, donde yo ejercía de monaguillo en una iglesia, por lo que los curas siempre me daban alguna propina.

De niño estuve en el Frente de Juventudes, por lo que algunas veces nos mandaban ir a recibir a Franco, con lo que lo pasábamos fenomenal porque nos daban unos buenos bocadillos y refrescos. Muchos chavales entraban en esta organización porque tenía un centro social con futbolines, billares, pimpón, ajedrez y otros juegos, a lo que se unían las muchas excursiones que se hacían, por lo que no me arrepiento de haber pertenecido a ella.

La vida me cambió por completo cuando empecé a trabajar en la empresa Ninca como aprendiz y me jubilé en la misma como calefactor, con la suerte de que poco después de terminar mi actividad laboral cerró de forma definitiva, aunque tengo un gran recuerdo de todos mis compañeros, con quienes trabajé durante más de treinta años.

Como siempre me gustó el fútbol, cuando empecé a trabajar entré en el equipo Parque, que eran los juveniles del Santa Margarita. Después estuve en el Imperátor, en el Eume de Pontedeume, el Ponteceso y en el Hércules de San Pedro de Nós. Más tarde jugué con los veteranos del Carral, Santa Margarita, Almeiras e Imperátor, por lo que llegué a ser el jugador de más edad tanto en la categoría de modestos como en la de veteranos. Con el Imperátor jugué varios trofeos, como el Conde de Fenosa en el antiguo estadio de Riazor, que perdimos en los penaltis contra el Hércules.

También fui entrenador del equipo de fútbol playa Peluquería Antena, en el que jugó el mejor jugador del mundo de esta especialidad, Ramiro Amarelle, y ahora soy entrenador del equipo de veteranos del Imperátor. Por toda mi carrera deportiva recibí este año la medalla de oro de la Asociación de Fútbol Aficionado de A Coruña en reconocimiento a toda una vida dedicada al fútbol, que me fue entregada por el antiguo presidente de este colectivo, Ernesto Mariño.

Tras hacer la mili en Sanidad me casé con una amiga de la infancia de mi calle, Isabel Joglar Posada, con quien tengo dos hijos, Diego y Pablo, uno de los cuales nos hará abuelos en diciembre.

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