La ciudad que viví

Los días de correrías por el barrio

Los chavales nos pasábamos el día jugando en la calle o por los campos de los alrededores, ya que no teníamos juguetes y nos los inventábamos nosotros con madera, hierro o un trozo de neumático viejo

29.11.2015 | 02:19

Nací en la calle Asturias, encima de la famosa sala de espectáculos Marux, aunque al poco tiempo de mi nacimiento nos trasladamos a la calle Noia. Mi niñez fue una época maravillosa de mi vida a pesar de que fueron unos años de recursos muy escasos, ya que no había ni juguetes ni nada de nada, salvo para aquellos niños de gente adinerada que no solían vivir en los barrios.

El resto de los chavales nos las teníamos que ingeniar con nuestra imaginación para divertirnos con las cosas más dispares y hacerlas parecer un juguete. Con cualquier trozo de madera hacíamos una pistola, con una tira de goma de un neumático viejo un tirachinas, con un simple hierro un che para clavar en la tierra y con las varillas de un paraguas viejo un arco y unas flechas para hacer campeonatos de tiro al blanco en la calle sobre cualquier puerta, aunque la mayoría de las veces los vecinos nos echaban la bronca.

También jugábamos a las chapas en los portales o en las calles que se acababan de asfaltar, sobre las que pintábamos carreteras con tizas para jugar a la Vuelta Ciclista a España. Recuerdo que había que juntar la paga de varios domingos para comprar una bujaina y luego tener la suerte de que no te la rompieran cuando jugabas al círculo o los patacones, que si se ganaban te permitían comprar después las trapalladas que se vendían en las librerías de la zona, como Aurorita o El caballito blanco, a las que solíamos ir a cambiar tebeos y novelas para pasar el rato e imaginarnos aventuras.

Mi pandilla estaba formada por Luis, Nando, Fernando, Dopico, Quintela, Pepe, Correa, Lucho, Vicente, Pascual, Chema y Rodrigo, a quienes permanecí unido hasta que nos casamos y por distintos motivos nos cambiamos de calles o fuimos a vivir fuera de la ciudad. Con todos ellos jugué por mi barrio y los campos de los alrededores, como los de la Peña, Ángel Senra, la Granja Agrícola, A Sardiñeira y Santa Margarita, así como las estaciones del ferrocarril del Norte y de Santiago, como llamábamos entonces a la de San Cristóbal. Frente a la estación había una gran hondonada en la que se echaba alquitrán a los postes del tendido eléctrico y de los teléfonos, por lo que muchos chavales del entorno íbamos allí y los usábamos como balancines, subiendo hasta media docena de chicos en cada extremo hasta que lográbamos tirar a los otros.

También solíamos jugar junto a la antigua fábrica de cerillas y el antiguo lavadero de A Falperra, así como a cazar cotobelos en el parque de Santa Margarita por las noches, juego con el que tratábamos de engañar a los amigos para que no se dieran cuenta de que era una gran mentira y les decíamos que eran unos animales cuya piel se pagaba muy bien. Algunas veces tuvo que ir la policía a echarnos una bronca por estar haciendo el tonto y a decirnos que estábamos siendo engañados por nuestros amigos.

Los carritos de madera con rodamientos de madera también nos hicieron felices durante mucho tiempo, ya que hacíamos carreras bajando las cuestas de las calles Vizcaya y Falperra, así como de la Unión, en las que al llegar abajo nos enganchábamos a un camión para subir de nuevo y volver a bajar.

No me puedo olvidar en aquellos años cuando nos enviaban a vacunarnos a la Casa de Socorro en Cuatro Caminos y nos encontrábamos con otros amigos que venían de vuelta, algunos de ellos llorando por lo mucho que dolían las vacunas, que dejaban una gran marca. Cuando llegaban las fiestas de la ciudad solíamos ir a casi todas, así como a los bailes, mientras que bajar al centro a pasear los domingos y días de fiesta consistía en dar vueltas de arriba a abajo por las calles Real, Olmos y Franja.

En verano nuestras playas favoritas eran Riazor, Lazareto, Santa Cristina y la barra de As Xubias, a las que íbamos tanto en pandilla como en familia y la mayoría de las veces andando. Alguna vez alquilábamos una lancha en la dársena para ir a Santa Cristina, aunque para regresar las pasábamos canutas por el viento y llegábamos tarde.

Tengo un recuerdo muy bonito de los momentos pasados con las películas de aventuras que echaban en cines de barrio como los España, Doré, Monelos, Gaiteira y Hércules, que eran los más baratos. Fui un chaval un poco travieso al que le gustaba jugar a todo lo que podía y que lo pasó muy bien con sus amigos hasta que me casé con una amiga de la calle llamada María de los Ángeles con la que tengo tres hijos: Juan, Alberto y Diego, quienes ya nos dieron dos nietos, Raúl y Olivia.

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