La ciudad que viví

La casa del cruce de los tranvías

Mi familia vivía frente al lugar donde los Siboneys hacían el cambio de vías al llegar a Os Castros, por lo que los chavales nos poníamos allí a ver como los vehículos maniobraban para dar la vuelta

06.12.2015 | 02:13

Nací y me crié en la calle General Sanjurjo, donde viví con mis padres, Luis y Viruca, y mi hermana Margarita. Mis padres fueron muy conocidos en el barrio porque él era sastre y ella modista. Mi madre trabajó en casa, mientras que mi padre lo hizo en el comercio Nuevo Mundo Simeón, aunque más tarde abrió su propia sastrería, llamada Joel, en la calle San Andrés, donde desarrolló el resto de su vida laboral.

Mi primer colegio fue el de la profesora Magdalena Garrido, situado en las llamadas Casas del Portugués, cerca de la antigua explanada de San Diego. Allí estuve dos años, tras los que pasé al colegio de la profesora Maruja, ubicado en General Sanjurjo y en el que estudié hasta los nueve años. De allí me fui al colegio Dequidt, donde hice hasta segundo de bachiller, y luego a la Academia Galicia, donde terminé esos estudios. Posteriormente hice dos años de Comercio en una academia que me permitieron trabajar como contable en la empresa Ponte Naya y luego en Pesquera Arcade, aunque terminé mi vida laboral en el colegio de La Grande Obra de Atocha.

Nuestra casa estaba casi al final del barrio de Os Castros, por lo que frente al portal estaba el cambio de vías del tranvía Siboney, del que guardo un gran recuerdo de mis años de niñez, ya que para todos nosotros era un espectáculo ver todos los días verles hacer el cambio de vías, en el que muchas veces uno de los vehículos tenía que parar para dejar pasar a otro. También allí estaba el ultramarinos El Cruce, por lo que los chavales aprovechábamos para colocar en las vías chapas y arandelas para que el tranvía las aplastase.

Mis amigos de aquellos años fueron José Luis Gestal, Nicandro, Francisco y Luis, con quienes jugaba en las calles del barrio y buscaba chatarra para venderla y conseguir algunos patacones que luego gastábamos en los futbolines o en comprar chucherías como pipas, chufas, pirulíes o postalillas.

En lo que luego sería el Mirador de Os Castros, que entonces era todo monte y huertas, empezaron a llegar camiones del Ejército trayendo escombros para rellenar esa zona. Llegaron a tirar incluso botas viejas, por lo que nosotros les quitábamos las hebillas metálicas para venderlas y comprar luego ruedas de rodamientos de acero con las que hicimos carritos de madera para participar en las competiciones contra chavales de otras calles bajando las cuestas.

Otra de nuestras diversiones favoritas era el cine, por lo que fui mucho con mis padres al Monelos, Gaiteira, España y Doré, que los días festivos estaban llenos de chavales en las sesiones infantiles, a las que nos llevaban para luego dejarnos solos dentro y recogernos al terminar la sesión, mientras que más adelante ya me dejaron ir con mi pandilla.

A partir de los quince años comenzamos a acudir a la playa del Lazareto, donde teníamos que esperar en el parque del Puntal a que las monjas se llevaran a comer a los niños de las colonias del Sanatorio de Oza. Bajar al centro los días de fiesta era toda una aventura, ya que unas veces lo hacíamos por el muelle desde A Palloza y otras por Cuatro Caminos. Una vez allí dábamos unas cuantas vueltas por la calle Real para ver a las chavalas, que también hacían lo mismo, por lo que después de gastar tanta suela al final nos conocíamos de vista y le decíamos adiós a casi todas.

Otro de los lugares que recuerdo de aquellos años es la cafetería Otero, donde parábamos a tomar las tapas de calamares, y el bar Villar y Paco, donde daban los famosos tigres rabiosos. También íbamos a la cafetería El Alcázar, donde también paraba mi padre, por lo que un día que coincidimos allí me dio unas pesetas para que compráramos rifas de la Tómbola de Caridad y tuve la suerte de que me tocara una bicicleta Orbea, con la que disfruté mucho.

Al hacer el servicio militar me destinaron a Sanidad, por lo que tengo un buen recuerdo de ese periodo, ya que tan solo tuve que formar parte del cordón de seguridad en las procesiones de Semana Santa. A partir de los dieciocho años comencé a ir a las fiestas y bailes, sobre todo a los de La Granja, con la pandilla formada por José Luis Pérez, Paco Novoa, José Enrique Vega, Pablo Lázaro y Juanjo Botana, con quienes conocí a la que sería mi novia y después mi mujer, Lola Platas, con quien tengo tres hijos: María Dolores, Luis José y Beatriz, quienes nos dieron dos nietos, Carmen y Nicolás, a los que en breve se sumará otro que llevará el nombre de Tobías.

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