La ciudad que viví

La costurera que llegó a empresaria

Vine de Ortigueira de jovencita para aprender a coser y trabajé muy duro para ganarme la vida durante años hasta que pude montar mi propio taller de confección, en el que acabé por tener catorce empleados

03.01.2016 | 02:42
Luisa, en una imagen de su juventud en el Campo de Marte.

Nací en el lugar de O Viso, en Ortigueira, donde vivían mis padres, Vicente, que trabajó toda su vida como herrero, y Teresa, y mis hermanos Manuel, Carmen y José. Me puedo considerar coruñesa, ya que desde muy niña veníamos a la ciudad muchas veces a visitar a familiares, como mi prima Leocadia y mi madrina Predestina , en cuya casa precisamente me quedé a vivir para aprender el oficio de costurera y tejedora en la camisería Pumar, situada en la calle del Orzán, al tiempo que hacía los estudios primarios en La Grande Obra de Atocha en horario nocturno.

Allí tuve como compañeras a Mari, Pili, Manolita, China y Mucha, con quienes solía salir los fines de semana cuando me lo permitía el trabajo, ya que lo hacía todo el día y tan solo me llegaba para pagar mi habitación y la comida, por lo que fue una etapa de sacrificio en la que me perdí los mejores momentos de mi juventud. Las propinas que me daban de vez en cuando me permitían salir con mis amigas algunas veces al cine o darme algún capricho, aunque nadie sabe lo mal que lo pasé y lo que eché de menos a mis padres y hermanos.

Esta situación cambió cuando empecé a trabajar en un taller de punto situado en la calle San Antonio, donde comencé a cobrar un salario y a disfrutar un poco de la vida, así como a ahorrar hasta que me casé con Jesús García, trabajador de la fábrica La Artística, a quien conocí un día con mis amigas en el desaparecido baile de La Parrilla y con quien hoy tengo dos hijos llamados Pablo y Marcos que ya nos dieron una nieta llamada Helena.

Tengo un gran recuerdo de mi noviazgo, con quien tuve mi primera cita en el bar 7 Puertas y tenía que llegar a casa de mi madrina como un reloj a las diez de la noche. Fueron unos años en los que nadie me dio nada y tuve que buscarme la vida por mí misma, para lo que recorrí puerta a puerta las consultas de los médicos pidiendo trabajo como recepcionista, lo que conseguí con el doctor José Luis Vázquez Iglesias, conocido como Manito, con quien estuve mucho tiempo y se portó muy bien conmigo. Cuando dejé este trabajo decidí abrir una pequeña empresa de confección, arreglos y peletería en la que empecé a trabajar con una simple máquina de coser a pedales y en la que llegué a tener 14 empleados.

Antes de conocer a mi marido salía siempre con mis amigas Mari y Mucha, a las que perdí la pista porque se casaron y se fueron a vivir fuera de la ciudad, pero se puede decir que cuando empecé a disfrutar de la vida fue en mi noviazgo. Luego conocí a otros amigos de mi marido como Visi, Luis y Josefa, con quienes salíamos a pasear por las calles Real, Olmos y Estrella en compañía de otros conocidos. Una de nuestras aficiones era ir al cine los fines de semana, sobre todo al Rosalía y Colón por las buenas películas que proyectaban, ya que estaban mucho tiempo en la cartelera a causa del éxito que tenían.

Tampoco me puedo olvidar de las fiestas de la ciudad, ya que en la zona del Kiosko Alfonso se instalaban las barracas de feria y casi ni se podía andar por la cantidad de gente que se reunía allí. También me viene a la memoria cuando de jovencita me llevaron andado varias veces hasta Pastoriza de peregrinaje, al igual que cientos de coruñeses, y veía la iglesia rodeada de mendigos mancos, cojos y con otras taras físicas de nacimiento o por accidentes.

Otro de mis recuerdos son las llegadas de Franco a la ciudad en verano, ya que se engalanaba todo con banderas y la gente bajaba al centro para tratar de verle cuando iba al Náutico a presidir la tradicional regata de traineras. Cuando yo trabajaba en el Orzán, había en la zona muchas tiendas de antigüedades y la mujer de Franco, acompañada de sus escoltas, pasaba por ellas para ver qué tenían. Aquel barrio era todo de calles estrechas de casas pequeñas en las que no había cuarto de baño, por lo que al pasar había que tener cuidado, ya que algunas veces tiraban por la ventana todo tipo de aguas sucias sin ni siquiera mirar si pasaba alguien por debajo.

En la calle del Orzán solían parar las vendedoras que venían de las aldeas próximas con sus burros y mulas cargadas hasta arriba para vender castañas, piñas, leche, moras y miel gritando a toda voz para que se enterara la gente.

Los veranos solía ir con mi novio y otras parejas a las playas del Orzán y Matadero, donde algunas veces nos bañamos con el agua llena de sangre cuando hacían limpieza en el antiguo Matadero municipal, del que las aguas salían directamente al mar, aunque la gente se bañaba sin importarle eso. Cuando queríamos ir a Santa Cristina cogíamos la lancha o un autocar en la Dársena, donde había que tener una gran paciencia por la cantidad de gente que se reunía. Fueron unos tiempos muy bonitos de los que hoy en día guardo un gran recuerdo por la gran tranquilidad y educación que había entonces.

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