La ciudad que viví

Toda una vida entre camisas

A los trece años tuve que ponerme a trabajar para ayudar a la familia y lo hice en la camisería Carbajo, donde estuve treinta años, tras los que pasé a una frutería y luego volví a la confección hasta mi jubilación

31.01.2016 | 03:07

Aunque nací en Lugo, mi familia se trasladó a esta ciudad cuando yo era aún muy pequeño, ya que a mi padre, Jesús, le ofrecieron un puesto de barrendero en el Ayuntamiento, trabajo que desarrolló toda su vida, mientras que mi madre, Carmen, se dedicó a cuidar a sus cuatro hijos, ya que tengo como hermanos a Amador, José María y María de las Nieves.

Hasta venir a la ciudad, mis padres se dedicaron a trabajar la tierra junto a mis abuelos, José y Dolores, por lo que tengo que agradecerles lo mucho que trabajaron para sacarnos adelante , mientras que a los vecinos de Monte Alto les doy las gracias por lo bien que se portaron con mi padre, que fue conocido en el barrio como O barrendeiro debido a que fue la zona en la que estuvo destinado y en la que vivimos.

Mi primer colegio fue el de la Caja de Ahorros, situado en la calle Alcalde Abella, en el que estuve hasta los trece años, edad en la que al igual que mis hermanos no tuve más remedio que empezar a trabajar, ya que el sueldo de mi padre era una miseria, por lo que hacía horas extras descargando barcos en el muelle. Recuerdo que cuando la carga era de maíz, mi padre recogía con una escoba lo que quedaba por el suelo y lo traía a casa en los bolsillos para dárselo a las gallinas que teníamos y que matábamos en las fiestas familiares.

Empecé a trabajar en la camisería Carbajo, en la calle Real, como niño de los recados y trabajaba hasta los domingos, en los que iba a poner cortinas de tela en los escaparates para que no les diera el sol a las prendas. Por la tarde iba a quitarlas y dejarlas hasta el lunes en la cafetería Compostela, que estaba frente a Porvén y por La Marina miraba al teatro Colón. Estuve en esa camisería durante treinta años, de los que solo falté los tres meses de campamento de la mili, en los que mi jefe, el señor Carbajo, siguió pagándome el suelo, ya que se portó muy bien conmigo y puedo considerarlo como un segundo padre, por lo que aún mantengo una gran amistad con él.

Cuando cerró el comercio por su jubilación, decidió abrir una frutería en la Sagrada Familia en la que trabajé durante dos años, hasta que mis amigos Ricardo y Marisol me ofrecieron hacerlo en la camisería Elkar, ya que era la ocupación que me gustaba, por lo que permanecía en ella hasta mi jubilación.

Me casé con Magdalena, natural de Pastoriza y a quien conocí a través de un cuñado en una boda. Tras dos años de noviazgo, nos casamos y tuvimos una hija, Beatriz, que es estudiante de Terapia Ocupacional y además trabaja como azafata de congresos.

El trabajo en la camisería me dejó poco tiempo para disfrutar de mi infancia y juventud, en la que tuve como amigos de la calle a Juan, Manuel, Luis, Amil, mientras que en el colegio fueron Jesús, Juan, Antonio y Manolo. Recuerdo que jugábamos todo lo que podíamos y en plena calle, ya que los alrededores eran campos. Nuestras zonas preferidas eran As Lagoas, el Matadero, el Campo de Marte y el de la Luna, mientras que en los alrededores de la Torre de Hércules eran las casas del farolero y del cantero, además del hogar de Sor Eusebia.

Fruta y patatas

Íbamos a robar fruta y patatas a las muchas huertas que había en la zona para después comerlas asadas, al igual que los mejillones y lapas que cogíamos detrás de la antigua cetárea de Posse y bajo el chalé de los Mariño. También solíamos jugar a la pelota en la pequeña explanada donde estuvo el secadero de pieles, junto a la playa del Matadero, para lo que teníamos que tener la suerte de que la trajera un amigo de la calle, al que tratábamos muy bien, ta que tener un balón en aquella época era un lujo, al igual que los juguetes, ya que todos mirábamos los escaparates con ilusión esperando el día de Reyes para ver si nuestros deseos se hacían realidad.

Recuerdo que en navidades bajábamos al centro para echar la carta y que había buzones en las principales tiendas de juguetes, como Moya, El arca de Noé, Tobaris, Estrada y el Bazar de Pepe, cuyos escaparates nos hacían poner los ojos como ruedas. Aquellas fiestas eran de mucha ilusión y gran ambiente en las casas y en las calles, puesto que se podía comer un poco de turrón y de dulces.

Otro de los lujos para nosotros era ir al cine a ver aquellas películas de indios y vaqueros, sobre todo en el cine Hércules, de cuyas butacas de general se salía siempre con pulgas y con las pipas que escupían los chavales que se sentaban detrás.

En la actualidad, ya jubilado, me sigo viendo con mis amigos de siempre, con quienes organizo comidas y cenas para recordar los viejos tiempos. Ahora vivo en Pastoriza, en cuyo centro social hago un curso de informática para ponerme al día de las nuevas tecnologías y otro de pastelería para tener la mente despejada.

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