La ciudad que viví

Los chavales del barrio de la estación

Desde mi infancia vivo en la calle Marqués de Figueroa, donde los niños teníamos como uno de nuestros lugares favoritos para jugar la gran explanada que había junto a la desaparecida estación del Norte

21.02.2016 | 03:45

Nací en la calle Brasil, en Monelos, aunque al poco de nacer mi familia -formada por mis padres, Marcelino y Rosario, y mi hermana Manolita- se trasladó a la calle Vizcaya, donde estuvimos viviendo varios años. Tanto mi hermana como yo fuimos al colegio El Despertador, que estaba encima de la panadería Porfirio. Cuando yo tenía diez años nos mudamos a la calle Marqués de Figueroa, en la que sigo residiendo.

Con este cambio, pasé al colegio Concepción Arenal, aunque más tarde estudié en los Maristas y finalmente en el colegio El Ángel, situado en la plaza de Lugo. Al terminar el bachiller empecé a trabajar de aprendiz en una empresa de montajes eléctricos, donde aprendí todo lo que tiene que ver con las instalaciones eléctricas, lo que después me sirvió para montar mi propia empresa, llamada Emea, en la que trabajé hasta mi jubilación.

Mi pandilla estaba formada en su mayoría por chavales de la calle Vizcaya, como Veloso, Manuel Expósito, Manolín, Daniel, Fuciños, Carlos Muiños y José Luis, con los que conservo la amistad por lo bien que lo pasé en aquellos años, en los que nos las teníamos que ingeniar para jugar con cualquier cosa. Lo bueno era que todos los chavales del barrio nos conocíamos, por lo que a veces cambiábamos de pandilla, ya que yo también tenía amigos en las calles San Luis y Ángel Senra, como Milito, Víctor, Cuqui, Geluco, Longueira, Yuli y Carrancholas.

Nuestros juegos los hacíamos en calles que aún estaban sin asfaltar, por lo que se podía jugar al che y las bolas, así como a la cuerda y la mariola con las chavalas, con las que no teníamos ningún problema para jugar, ya que ellas también lo hacían con nosotros al corre que te pillo y al escondite, al que llamábamos el tule. Uno de los lugares en los que jugábamos era la plaza de la calle de La Paz, donde estaba el famoso colegio de don Rafael Vidal, quien nos echaba muchas broncas cuando dábamos con la pelota en las ventanas del centro.

También íbamos al campo de la Peña, una zona de monte y huertas que luego se convertiría en la avenida de Os Mallos y en la que podíamos jugar a nuestras anchas. Otro lugar muy bueno para nosotros era la arboleda y el campo de la antigua fábrica de calzado de Ángel Senra, así como la explanada de la estación del Norte, en la que había muchas pandillas de todo el barrio jugando.

Una de nuestras diversiones era construir los famosos carritos de madera con ruedas de acero para hacer competiciones bajando cuestas como las de la Unión o la calle Vizcaya cuando las asfaltaron, para lo que teníamos la suerte de que apenas había tráfico, por lo que lo más peligroso que nos podía pasar era darnos un batacazo entre todos los que bajábamos. Muchas veces íbamos hasta cuatro chavales montados en el mismo carrito y cuando hacíamos esas carreras algunos compañeros se ponían al final de la cuesta para avisar a la gente y a nosotros por si venía algún coche, así como para ayudarnos a parar.

El problema es que para conseguir las ruedas de acero teníamos que comprarlas en alguna ferranchina, para lo que recorríamos las calles buscando chatarra y reunir así algo de dinero. También tengo muy buenos recuerdos de cuando iba al cine a ver películas de vaqueros, romanos o piratas. Los cines que más me gustaban eran el Monelos, España, Doré, Gaiteira y Equitativa y siempre pedíamos la entrada más barata para que nos sobrara algo para comprar chucherías, como los grandes chantillys de merengue que vendían por un real en las dulcerías situadas frente al Gaiteira y el Monelos.

En verano íbamos a las playas de Riazor, Las Cañas y Lazareto. En esa última aprendí a nadar a la fuerza, ya que entre los amigos había la costumbre de tirar al agua a los que no sabían desde las escaleras del lugar llamado O Puntal, de forma que no te quedaba más remedio que dar a los brazos y piernas como un loco para no ahogarte.

Empecé a jugar al fútbol en los juveniles del Maravillas y del Batallador, pero a los veinticuatro años tuve que retirarme por una grave lesión en la rodilla. Durante mi etapa en el Batallador fui el máximo goleador durante cuatro años. Tras dejar de jugar me case Julia, vecina de Monelos, con quien tengo una hija llamada Diana María. En 1978 comencé a jugar en la peña Los Tempraneros para jugar en la playa de Bastiagueiro y mantenerme en forma, lo que aún sigo haciendo hoy en día y me permite recordar los tiempos en que íbamos a jugar en campos en los que no había ni agua caliente y en los que a veces teníamos que salir corriendo, al igual que los pobres árbitros, cuando los lugareños no estaban de acuerdo con el resultado.

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