La ciudad que viví

Cuando Vioño era una aldea coruñesa

Viví en Vioño hasta que derribaron las antiguas casas de lo que entonces era un núcleo rural del municipio y en cuyo club de fútbol jugué de chaval, fui entrenador y ahora soy el presidente

28.02.2016 | 03:16

Nací y me crié en Vioño cuando todavía era una aldea en la que vivían mis padres, Antonio y Josefa, y mis hermanos Antonio, Ángel y Nieves. Vivíamos en la casa de mis abuelos Enrique y Josefa, hasta que en 1971 se derribaron las casas para urbanizar lo que después sería el parque de Vioño, por lo que nos trasladamos a las Casas de Franco, donde vivo en la actualidad.

Mi primer colegio fue el Castilla, situado en la calle A Falperra, donde estuve poco tiempo debido a que mi padre era militar y le trasladaron a varias guarniciones de otras ciudades, hasta que en 1952 se quedó definitivamente aquí. En ese momento me enviaron a un colegio de Monelos en el que estudié hasta los catorce años, edad a la que me puse a trabajar porque no me gustaba estudiar.

Entré de aprendiz en los talleres Chas, donde me aconsejaron que volviera a estudiar si quería subir de categoría, por lo que me matriculé por nocturno en la Escuela del Trabajo, donde saqué le título de tornero fresador. Estuve en Chas hasta 1962, año en el que pasé a la empresa Gefico Enterprise, situada entonces en A Grela, en la que trabajé hasta mi jubilación.

Mis amigos de la infancia y la juventud fueron todos de Vioño, como los hermanos Manuel y Maniche Lagoa, Juan el chatarrero, Míguez, Julio, Carral, Freijido, Julio Roa, Casas, Juan y Quique Polo. Nuestros juegos los realizábamos en la calle y en plena naturaleza, ya que donde nacimos era una aldea rodeada por montes y huertas, así como con apenas comunicación, por lo que teníamos que ir a todas partes por corredoiras que en los inviernos eran casi intransitables por el barrizal que se formaba con las lluvias.

Como no había agua corriente, teníamos que ir por esos caminos a buscarla con una sella de madera hasta una fuente de la que se abastecía toda la aldea, aunque también había otra en un lugar llamado Pénjamo a causa de una canción, aunque mucha gente lo conocía como la aldea de Infesta. Jugar a la pelota era una de las diversiones preferidas de la pandilla, para lo que la hacíamos con un calcetín viejo relleno de todo lo que encontrábamos y que reforzábamos con una cuerda. Cuando hacía buen tiempo, muchas veces bajábamos a jugar con las pandillas de otras zonas, contra las que organizábamos grandes partidas.

Cuando teníamos algunos patacones nos íbamos hasta el Orzán para alquilar una bicicleta y hacer con ella una excursión por toda la ciudad. Una de nuestras mayores ilusiones era que nos dieran algo de dinero el fin de semana para ir al cine y vivir aquellas películas de aventuras en blanco y negro que nos abrían los ojos y nos hacían soñar en cines como el España, Finisterre, Monelos, Gaiteira y Doré.

En verano nuestra ilusión era bañarnos en la playa del Lazareto, donde aprendí a nadar, aunque también íbamos a Bastiagueiro, muchas veces andando o enganchados en el tranvía, aunque también íbamos en autocares como el de A Nosa Terra.

A los quince años comencé a jugar en el Oza Juvenil, aunque al año siguiente se creó el Vioño de juveniles, por lo que casi toda la pandilla fichamos por el club, en el que estuve dos años, aunque me cedieron al Relámpago de Elviña para ver si mejoraba. Luego pasé por otros equipos hasta que a los treinta y un años me retiré en el Racing de Eirís, del que me hice cargo como entrenador durante un año. El Vioño vino luego a buscarme para que fuera su entrenador y que pusiera en marcha la categoría de infantiles, tarea que desempeñé hasta 1996, en el que me hicieron presidente, cargo que sigo ocupando en la actualidad.

En la misma época en la que empecé a jugar al fútbol también comencé a ir con mi pandilla a las fiestas y bailes de la ciudad y las afueras, aunque también bajábamos al centro a tomar los vinos, donde parábamos en El Disco, La Bombilla y El Siete Puertas. También íbamos por la calle Real y los Cantones a ver a las chavalas que paseaban y también nos miraban a nosotros. Recuerdo que cuando queríamos fumar íbamos a comprar pitillos sueltos a los soportales del teatro Rosalía, donde Manolita tenía una gran cesta en la que vendía caramelos, pipas, cerillas y toda clase de cosas.

Todo esto terminó cuando me casé con Amparo, a quien conocí en Elviña cuando jugaba con el Relámpago. Tengo dos hijos, María del Mar y Julio, que nos dieron nieto llamado Rolando Joaquín, conocido por Roli y que es capitán en el Vioño, donde me reúno con mis viejos amigos.

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