La ciudad que viví

El pintor de la calle del Orzán

Empecé a trabajar de niño ayudando a mi madre a hacer camas en la pensión Ortigueira, en la calle Fita, y poco después trabajé en un taller de pintura hasta que, aún en mi juventud, monté uno por mi cuenta

06.03.2016 | 03:20

Nací en la calle del Orzán, donde vivían mis padres, Constantino y Carmen, y mi hermana Cecilia. Mi madre fue muy conocida en el barrio, ya que trabajó en la pensión Ortigueira, que estaba situada en la calle Fita, conocida entonces como la Cuesta de la Mula y que comunica San Andrés con la calle Orzán. Desde pequeño ayudé a mi madre haciendo camas en la pensión y por la noche iba al instituto, aunque al igual que muchos niños me tuve que poner a trabajar a los diez años para ayudar en casa, ya que mi padre había fallecido.

Empecé como chaval de los recados en los talleres de pinturas Iglesias, en la calle del Orzán, y como era el niño más pequeño en edad y estatura que estaba trabajando, desde entonces se me conoció por el apodo de El Pintor, del que me siento muy orgulloso. Recuerdo que fueron unos años muy duros por la falta de muchas cosas que era necesarias para vivir, por lo que muchas familias tenían que hacer milagros para salir adelante.

A pesar de todo, yo trataba de divertirme con mis amigos del barrio, como Titolas, Pepín, Siso, Guerra, Chalo, Benito, Pepe Velo, Antonio, Vaquero, Tonecho, Rafa y Jaime Rey, Gelín, Soto y Manolete, con quienes formé una pandilla muy grande y además muy conocida. Cuando teníamos un patacón íbamos al futbolín que había en el bar de don Pío en la calle del Vista, que siempre estaba ocupado por otras pandillas, por lo que había que esperar para jugar.

Para reunir unos pocos patacones nos íbamos al monte de San Pedro a buscar casquillos de las balas que disparaban en el campo de tiro del Ejército para luego venderlos en las ferranchinas de la zona, aunque teníamos que tener cuidado con los soldados que hacían guardia en el monte y que nos echaban broncas.

Otra manera de divertirnos era ir al cine, ya que uno de los mejores recuerdos que tengo es el viejo cine Hércules, donde íbamos a las butacas del gallinero, que eran las más baratas y las que más nos gustaban. También me acuerdo de Chousa, el acomodador que tanto aguantó a varias generaciones de chavales en esta sala, así como de las sesiones que había en la iglesia de Santo Tomás, donde muchas veces hice de monaguillo. Tampoco me puedo olvidar de la plazoleta de San Nicolás, donde muchas veces jugábamos a la pelota con los niños bien que había allí, aunque algunas veces se la quitábamos para jugar con ella, ya que ellos tenían muchas más, pero luego se la devolvíamos sin que pasara nada y quedábamos como amigos.

En aquellos años yo trabajaba como un negro, ya que hacía jornadas de doce horas en talleres de pinturas hasta que a los veinticuatro años decidí instalarme por mi cuenta y hoy en día sigo al frente de mi propio taller. A partir de los quince años comencé a jugar al fútbol en el Orzán, del que pasé en juveniles al Torre, en el que estuve cinco años, tras lo que ingresé en el Deportivo Ciudad, donde permanecí cuatro años.

Luego estuve en el Montrove y en el Unión Sportiva, donde tuve como entrenador a Humberto y como directivo a Parodi. El último equipo en el que jugué fue el Sin Querer, que dejé a los 33 años y donde tuve como amigos a Chispa, Lorenzo, Manolete y Pintor, además de a Cedillo como entrenador. Luego pasé a jugar en el equipo de fútbol sala de Chocolates Nestlé y más tarde fui entrenador del Boimorto, el Rutis y el Mesón do Vento, en el que terminé mi carrera.

A los veinticuatro años me casé con Pilar García, una coruñesa del Campo de Artillería que trabajó en la farmacia Moyano de Riego de Agua y con quien tengo dos hijos llamados Javier y Marcos, quienes nos dieron dos nietos, Mario y Anxo. En mi época de entrenador abrimos un bar que durante veinte años regentó mi mujer y que fue conocido en toda la ciudad por hacer las mejores patatas rellenas, por lo que acudían a degustarlas conocidos futbolistas, atletas, boxeadores y otros deportistas.

En la actualidad me reúno con mis amigos en la pulpeira A Xeitosa, donde tiene su sede la peña deportivista Mosquera y la peña Pinta, que durante los últimos veinte años organizó el trofeo memorial García Rodríguez, en homenaje al primer árbitro internacional que tuvo la ciudad y el fútbol gallego.

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