La ciudad que viví

El rescatador que trató de salvar al chino

Fui uno de los fundadores de la Cruz Roja del Mar en la ciudad y colaboré en el rescate de 34 personas de un buque que se hundió en la bahía, aunque no logré convencer a un tripulante para que se salvara

03.04.2016 | 03:32

Nací en el conocido como Barrio de las Perlitas, el famoso corralón que existía al lado del cuartel de la Guardia Civil en Juan Flórez, donde muchos años después se construyeron los grandes almacenes El Pote y cuya parte trasera daba a la desaparecida plaza de toros.

Mi familia la formaban mis padres, Manuel y Pilar, y mis hermanos Manuel y Consuelo. Mi padre falleció cuando yo solo tenía ocho meses, por lo que tuvo que ser mi madre quien nos sacara adelante, para lo que trabajó hasta su cierre en la fábrica de telares La Primera Coruñesa, situada tras la plaza de toros.

Mi primer colegio fue el de don Santiago, en la plaza de Pontevedra, en el que estuve hasta los catorce años, edad a la que me enviaron al de las señoritas Rubinos, en la calle Arturo Casares, donde estudié dos años más hasta que me puse a trabajar. Mis amigos de la infancia fueron Pernas, Jorge Borrajo y Luis Alba, con quienes jugaba en la calle.

Uno de los lugares que me acuerdo de aquellos años era el bar Gasógeno, que estaba junto a la entrada del Corralón, por lo que allí se pedían las comidas que llevaban a los presos del calabozo del cuartel de la Guardia Civil. Como conocía al dueño del bar, muchas veces le ayudé a llevar los bocadillos al calabozo y así ganarme una moneda o un bocadillo. De ese modo conocí al famoso preso conocido como Jalisco el mexicano, que había matado a su mujer, su suegra y su cuñada en Arillo, quien me causó una gran sensación.

A los doce años me apunté en el Frente de Juventudes, lo que me permitió jugar al baloncesto, hacer pequeñas excursiones a Sada y Gandarío y bailar folclore gallego con la Sección Femenina, con la que participé en las demostraciones sindicales que se hacían ante Franco en el estadio de Riazor. Los chavales lo pasábamos muy bien allí, ya que además nos gustaba fardar delante de las niñas cuando íbamos de uniforme por la calle.

En verano nos gustaba ir a playas como Riazor, Lazareto, las Cañas y Santa Cristina. A la última de ellas íbamos enganchados en el tranvía Siboney o en las lanchas conocidas como La Ferrolana y La Chinita, aunque también llegamos a ir a Ferrol en otra lancha en la que cuando había algo de mar se pasaban canutas al llegar a la isla de A Marola.

Empecé a trabajar como chaval de los recados en el ultramarinos La California, en la plaza de Lugo, donde estuve hasta los veinte años aprendiendo el oficio. Después me ofrecieron en la misma empresa llevar la representación de coloniales en las tiendas de la ciudad. A pesar del trabajo, pude estudiar el curso de soldador en la Escuela de Formación Profesional de Someso y al terminar la mili navegué durante dos años en la naviera Ponte Naya, lo que me permitió adquirir experiencia para trasladarme a Holanda y embarcar en otros buques, con los que conocí bastante mundo. Cuando me cansé de navegar decidí volver a la ciudad y me ofrecieron trabajar en la construcción de la refinería, periodo en el que me casé con Marina. Al término de esas obras entré en la factoría de Emesa y posteriormente fui ordenanza en la Universidad Laboral, donde pude obtener el título de mecánico naval.

Al cabo de ocho años, pasé a trabajar en el Banco Español de Crédito, donde terminé mi vida laboral. A pesar de que había dejado la marina mercante, no abandoné de todo este mundo, ya que con mis amigos Juan Trigo, Manolete, Trillo, Guillermo, Yegua, Camarero y otros fundamos la Cruz Roja del Mar en la ciudad, de lo que me siento muy orgulloso, ya que además recibí la primera medalla de salvamento que se concedió aquí por haber participado en el salvamento de 34 tripulantes de un mercante que se hundió en la bahía coruñesa. A aquel barco se le conoció como el del Chino por uno de sus tripulantes de esa nacionalidad que se ahogó al hundirse con el navío, ya que no quiso abandonarlo por mucho que le insistí. Llegué a agarrarlo con fuerza y hasta le di patadas en el trasero para que se tirara al mar conmigo, pero no hubo manera, por lo que tuve que lanzarme sin él para poder salvarme

Fueron unos años de los que tengo un gran recuerdo, además de grandes amigos que fueron voluntarios conmigo en los inicios de la Cruz Roja del Mar y de su famosa embarcación, la Blanca Quiroga. En la actualidad me reúno en la explanada de la Fábrica de Tabacos con una pandilla de amigos y también recibo clases de acordeón y pandereta en Follas Novas.

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