La ciudad que viví

La profesora que dio clase donde estudió

De niña fui alumna del colegio Tudes, una institución en el barrio de A Gaiteira, y cuando terminé Magisterio comencé a trabajar allí mismo, donde tuve alumnos con los que aún sigo teniendo relación

17.04.2016 | 03:00

Nací en la travesía de la avenida de Hércules entonces llamada Luis Cadarso y a los ocho años mi familia se trasladó a la calle de O Montiño, donde sigo residiendo. Mi padre, Manuel, era de Betanzos, y cuando vino a la ciudad trabajó en la fábrica de jabones Candado hasta que se quemó y luego puso un bar en la plaza de España. Más tarde, junto con mi madre, Lourdes, abrió otro llamado Casa Rilo en el que trabajó hasta su jubilación en el año 1974.

Mi primer colegio fue el de las hermanas Lilián y Amelina, en la calle Luis Cadarso, donde tuve compañeras a Mari Carmen y Pilarita, con quienes lo pasé muy bien. Cuando nos mudamos a O Montiño era aún una aldea con cuatro casas y huertas. Fui a clase con la señorita Oliva un año, para luego pasar al colegio Tudes, en la calle Posse, casi en el antiguo puente de A Gaiteira, que era famoso por las chiquilladas que se hacían allí.

En ese colegio estuve hasta que empecé el bachiller en el instituto Eusebio da Guarda, tras lo que estudié Magisterio. Al terminar la carrera comencé a trabajar en el Tudes, donde había estudiado durante diez años y del que tengo un gran recuerdo porque fue toda una institución en el barrio. Allí conocí a muchos alumnos con los que aún sigo teniendo relación, aunque años después pasé a ser secretaria del primer gimnasio y club de judo de la ciudad, el Judo Club Coruña, en que trabajé durante veinticinco años hasta que tuve que dejarlo para cuidar a mis padres y después me llegó la jubilación.

Entre mis amigas del barrio estaban Ana Longueira, Teresa Pozo, Carmen Sanmartín, Elena Piñeiro, Maribel Jaspe, Pili González y las hermanas Pili e Ivonne Crespo. Como tenía que ayudar a mis padres en el bar aprovechaba cualquier momento para jugar en la calle a la mariola y la cuerda, aunque siempre que podíamos íbamos al puente de A Gaiteira sobre el río de Monelos, donde había cantidad de ratas que perseguíamos y donde también jugaban muchos chavales.

Cuando nos daban propina el domingo, nuestros cines preferidos eran el Gaiteira y el Monelos, conocidos además por todos los niños por los chantillys de merengue que se vendían frente a ellos en dos pastelerías ya desaparecidas. Ya de mocitas empezamos a ir a los bailes y verbenas en pandilla porque a las chicas no nos dejaban ir solas. Recuerdo además que íbamos a todas las fiestas de los barrios andando, como las de As Xubias, A Gaiteira, Os Castros y las de Eirís. en las que hacíamos el estreno algún vestido nuevo para que lo vieran los chavales.

Cuando bajábamos al centro paseábamos por la calle Real, Cantones y la Franja, donde los domingos no se cabía por la cantidad de gente que había. Cuando podíamos, parábamos en la cafetería Linar o en la Tala, frente al cine Coruña, una sala que nos gustaba mucho por la gran pantalla que tenía. Me acuerdo que en ese cine pude ver por primera vez una película para mayores de dieciocho años gracias a que se había marchado de la puerta el inspector que controlaba que no pasaran menores. Se llamaba El manantial de la doncella y después pude ver también La gata negra, que me impresionó mucho. Años después pude ver con mis amigas la película Helga, el derecho de nacer, que era solo para mujeres y estuvo meses en la cartelera, por lo que casi todas las jóvenes fueron a verla acompañadas de sus madres, ya que se mostraba como era un parto natural.

En verano iba con mis amigas a las playas del Lazareto, las Cañas en San Diego y la barra de As Xubias, aunque para llegar a esta última había que esperar a que pasara el tren en el punto en el que había una señora que vivía allí y que era la guardabarreras. También tengo un recuerdo muy bonito de los carnavales, que aún estaban prohibidos cuando me fui a vivir a O Montiño. Cuando empecé a disfrazarme iba al baile de la Sociedad Recreativa Gaiteira y al de la Fábrica de Tabacos, aunque el más importante era el del Finisterre, donde en un cuarto nos quitaban las caretas y antifaces para vernos las caras.

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