Crítica

El sonido y el silencio

15.05.2016 | 02:38
Slobodeniouk, de espaldas, dirige el ´Réquiem´ al frente de la OSG.

En el Palacio de la Ópera, finalizaba el Réquiem de Verdi, el sonido, tal como había previsto su autor, se desvanecía hacia el silencio; pero, llegado este, Dima Slobodeniouk mantuvo los brazos en el aire durante unos segundos. Bastantes segundos, los suficientes para dar la sensación de que son muchos más. Y se produjo ese milagro que define a un público: ni un aplauso, ni una exclamación inoportuna, ni una tos extemporánea. La sala, cautivada, permanecía en un mutismo absoluto. Hasta que el director bajó los brazos. Entonces, una enorme ovación estalló en todo el auditorio. Porque los oyentes habían escuchado una soberbia versión de esta magna obra sinfónico-coral y lo corroboraban con una impresionante manifestación de entusiasmo. El Coro de la Sinfónica estuvo en uno de sus grandes momentos. Con un mérito añadido: el elenco habitual de setenta coristas hubo de reforzarse hasta alcanzar el número de 112, con cantores de muy distintas procedencias: del Coro Joven, de antiguos miembros de la Coral y diversas personas de toda Galicia, seleccionadas para colaborar en esta extraordinaria oportunidad. El director, Joan Company, ha realizado un extraordinario trabajo para conseguir que toda esta amalgama de voces funcionase como un todo y además lo hiciese a la perfección. La Sinfónica, también reforzada con veinte instrumentistas que elevaron el total de profesores hasta sobrepasar la centena, se mostró al nivel de los grandes retos. Es bien conocida su capacidad para crecerse cuando se enfrenta a programas de notable dificultad. Dima Slobodeniouk ha demostrado en varios conciertos de esta temporada -y de manera muy especial en éste- que su contratación ha sido un gran acierto. Fue toda la obra, desde luego; pero si se ha de seleccionar un pasaje como botón de muestra, mi elección sería para el comienzo del Réquiem que Dima condujo con maravillosa sensibilidad obteniendo excepcionales pianísimos de los arcos y de la coral. Los solistas, aun siendo cantantes de reconocida valia, no alcanzaron el mismo nivel. El cuarteto vocal resulta un poco desequilibrado, con unas voces masculinas más potentes e incisivas que las femeninas, si bien la mezzo mostró en momentos puntuales cualidades muy estimables. En los pasajes a capella de los cuatro, no siempre fue perfecta la afinación. Es verdad que son de difícil entonación, que falta el apoyo orquestal y que, además, el compositor hace uso reiterado de este recurso expresivo. En conjunto, la valoración del acto musical fue sobresaliente.

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