Las caras de las entidades sociales de la ciudad

Pedir ayuda para resurgir

Marcelo Deliens colabora con el Comité Antisida, que le ofreció un techo y apoyo para reinventarse cuando perdió su casa

21.08.2016 | 19:13
Marcelo Deliens, en la sede de Casco, con uno de sus logotipos.

El fuerte de Marcelo Deliens son "los números", no en vano es "matemático" y, además, un luchador, de esos que se levantan y buscan ayuda cuando las cosas vienen mal dadas. A finales de noviembre de 2015 Marcelo se quedaba sin vivienda, fue a Servicios Sociales, que le derivó al Comité Cidadán Antisida da Coruña (Casco) y, a los cuatro días, ya estaba viviendo en uno de los pisos tutelados que tiene la institución. Estaba en el paro, se le había acabado la prestación y hubo un momento en el que los ahorros no le dieron para más, sin embargo, recuerda que no se rindió, que le echó "ganas" para salir de esa situación y para volver al punto en el que las cosas se habían torcido.

"Cuando te ves en una situación así tienes dos opciones: caerte en un pozo y sentarte a que la vida se te caiga encima o sacar fuerzas de donde sea y tirar para adelante, si solo no puedes, tienes que pedir ayuda, que siempre va a haber alguien, en mi caso, la gente de Casco", comenta Marcelo, que ya tiene un empleo y que está intentando ahorrar para enfrentarse a la vida más allá del piso tutelado.

Recuerda que, antes de encontrar trabajo empapeló de currículos "toda la ciudad" y que contestó a todas las ofertas de trabajo que se le ponían por delante hasta que, un día, le llamaron, primero por una semana, después por un poco más hasta ahora, que sigue trabajando. Recuerda que no se rindió, que le habían concedido la Renda de Inclusión Social de Galicia (Risga), pero que lo vio como un "salvavidas". "Yo no me apalanqué, hay gente que sí que lo hace, pero yo quería un trabajo, porque, además, no puedo estar sin hacer nada", recuerda. Esas ansias de buscar algo en lo que emplear los días le llevaron a ofrecerse como voluntario en la entidad que le había dado un techo en el que vivir. "Empecé a echar una mano en lo que hacía falta y en Casco, como en todas las asociaciones, la gente que ayuda, siempre es bienvenida", explica Marcelo. Entre las tareas que recuerda haber hecho está "montar una carpa en Lalín", la rememora y sonríe.

En el futuro no descarta que su implicación vaya más allá, como, por ejemplo, ofreciendo su experiencia para ayudar a otros chicos que, como él, estén viviendo en la casa de Casco. "En este piso están personas en situación de inserción social que, por un motivo u otro, se han quedado sin trabajo, sin vivienda, sin familia... Lo que necesitan es apoyo y una guía, que fue lo que hicieron conmigo, decirme: 'vamos a tirar por aquí' y, para eso, hay todo un equipo. Son gente que te dice que hay que espabilar, que hay que hacer cosas y que no puedes estar tirado en el sofá, que tienes que buscar una solución, porque si no la buscas tú, no te la va a buscar nadie", resume Marcelo, que no sabía ni que existía Casco hasta que necesitó sus servicios.

La mano que le tendió a él la entidad se la devuelve como puede, ayudando en lo que sea, porque no se le olvida que lo más importante fue "el apoyo" que le dieron. Recuerda en especial el momento en el que le preguntaron cuál era su objetivo, a dónde quería llegar, y cómo empezaron a levantar puentes para conseguir "volver a la vida normal", a la que había tenido siempre, con un trabajo, con una casa, con independencia. Dice que, tanto en los pisos, como en la asociación, se crea "una gran familia", porque pasan mucho tiempo juntos.

Marcelo tiene muy claro que, "algún día" se irá del piso, que hará su vida, pero que seguirá en Casco. No le importa que le digan que esa promesa ya la han oído antes y que nunca se cumple. "Ellos son ellos y yo soy yo, y yo voy a seguir aquí dando la vara", sonríe Marcelo, que cree que hay que ser agradecido y mostrar con su experiencia que, "con ganas, se sale de todo".

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