La ciudad que viví

El hijo y nieto de conductores de tranvías

Mi padre y mi abuelo fueron tranviarios, por lo que cuando mi pandilla se enganchaba al Siboney para ir a la playa miraba si el conductor era mi padre, ya que si me sorprendiera me echaría una bronca fenomenal

28.08.2016 | 03:06

Nací en el Campo de Artillería, donde viví con mis padres, Adolfo y María José, mis abuelos maternos, José y Maruja, y mis hermanos Luis y María José. Mi padre y mi abuelo fueron conductores de los tranvías, tanto de los Siboney como de los que circulaban por la ciudad, hasta que fueron sustituidos por los trolebuses, en los que se jubilaron. Esto hizo que ambos fueran muy conocidos en el barrio y por toda la gente que transportaron durante su trabajo en la Compañía de Tranvías.

Mi primer colegio fue La Grande Obra de Atocha, en el que estuve hasta los doce años, para luego pasar al colegio Vázquez y después a la Academia Cervantes, situada en Ramón del Cueto y donde estudié por nocturno mientras trabajaba en la joyería de Benito Dans como aprendiz. Antes había querido ser mecánico electricista, pero me ofrecieron ese empleo en la joyería, en la que trabajé hasta que cerró en los años noventa, momento en que pasé a la de Ferreño Oro, un almacenista al por mayor con el que trabajé como administrativo hasta mi jubilación.

Mis amigos de la infancia fueron Chemi Macho, los Patricios, los Mareque, los Bermejo, Ángel y Paco Carro, y otros muchos con los que jugué en el Campo de Artillería, la plaza de María Pita y el atrio de la iglesia de San Jorge, en cuyo coro entré a los ocho años y estuve hasta los quince, cuando me cambió la voz. Tuve como compañeros a los hermanos Caridad, Martínez y Yáñez, quienes gracias al coro hicimos excursiones y recibimos regalos de algunos feligreses y los curas por cantar, lo que nos permitía comprar tebeos o ir al cine, sobre todo al Hércules.

Siempre comprábamos la entrada de general, también conocida como el gallinero, donde nos encontrábamos con otros conocidos y montábamos follón siempre que podíamos para meternos con Chousa, el acomodador, que aguantaba de todo, aunque cuando se enfadaba de verdad subía con la linterna y sin decir ni una palabra hacía una selección entre los chavales y los ponía en la calle sin contemplaciones.

De mi etapa en el coro recuerdo con mucho cariño al cura José Luis Blanco, que se portaba muy bien con nosotros y cuyos padres eran los propietarios del hotel Primitiva Luz, hoy sede del periódico LA OPINIÓN. Para jugar a la pelota, que hacíamos con trapos, íbamos al Campo de Artillería y a un lateral del Ayuntamiento en el que había un gran tubo, por el que nos tirábamos después de subir las escaleras del atrio de San Jorge.

Cuando salíamos a recorrer los campos de la Torre y sus alrededores, comprábamos entre todos en la tienda del señor Tomás el pegamento Vizgo, con el que se atrapaban los jilgueros que vendíamos en esa misma tienda, en la que también se compraban palo dulce, algarrobas, anzuelos y tanza para pescar.

Cuando teníamos dinero en verano, alquilábamos una lancha en la dársena para hacer salidas fuera del puerto, aunque algunas veces encallamos en las rocas que había en la playa del Parrote y luego nos costaba mucho salir. También alquilábamos bicicletas para divertirnos y construíamos los carritos de madera con los que nos lanzábamos por la cuesta de la calle del Hospital hasta los Salesianos haciendo competiciones contra otras pandillas, ya que entonces apenas había tráfico.

A partir de los quince años empezamos a ir a playas de las afueras, como Santa Cristina y Bastiagueiro, a veces enganchados al tranvía para no pagar el billete. Aunque yo podía ir gratis por ser hijo de tranviario, iba también enganchado con mis amigos, aunque con cuidado de que no que fuera mi padre el conductor, ya que si llegara a sorprenderme me echaría una bronca fenomenal.

El carnaval fue la fiesta que más disfrutamos, ya que nos disfrazábamos tanto la familia como los amigos. Más adelante conocí a los Torres, Rafa el peluquero, Santi, Luis, Fandiño y José Antonio Blanco, con quienes competí en concursos de disfraces en bailes de toda Galicia y con quienes gané de 1994 a 1996 en A Coruña y en otros concursos en Ourense, Pontevedra y Lugo.

En una excursión que hice con La Grande Obra de Atocha a Iñás cuando tenía dieciocho años conocí a la que sería mi mujer, Estrella, con quien tengo tres hijas, Sandra, Paula y Ruth, quienes ya nos dieron cuatro nietos. En la actualidad, continúo la afición de mi niñez cantando en La Grande Obra y en Follas Novas, en el que estuve veintiocho años y tengo grandes amigos.

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