La ciudad que viví

Años de juegos en el antiguo Vioño

Mi infancia transcurrió en un barrio que en aquella época no eran más que cuatro casas rodeadas de monte y campos de cultivo, en el que los chavales jugábamos en la calle con cualquier cosa

11.09.2016 | 02:29

Nací y me crié en Vioño, cuando toda esta zona eran monte, campos de cultivo y cuatro casas. Mi familia la formaban mis padres, Alfonso y María, además de mis hermanos Carlos y Fina. Mi madre siempre se dedicó a las labores de la casa y el cuidado de los hijos, mientras que mi padre fue muy conocido en el barrio porque se dedicó a vender el cupón de la ONCE, ya que un accidente que sufrió arreglando un camión le dejó ciego y le impidió continuar ejerciendo su profesión de mecánico.

Mi primer colegio fue el Dequidt, al que me llevó un vecino llamado Jacobo hasta que finalmente ya pude ir yo solo. Allí estuve hasta los doce años, momento en que pasé a la Escuela del Trabajo, aunque no llegué a terminar los estudios porque no me gustaban, por lo que me tuve que poner a trabajar, lo que les causó un disgusto a mis padres, que querían que estudiara para que tuviera una profesión titulada. Comencé a trabajar en Estrella Galicia, donde desarrollé toda mi vida profesional durante 49 años tras haber empezado como aprendiz, luego repartiendo cervezas con una mula y un carro, luego con un camión por toda Galicia, y más tarde como promotor de la marca recorriendo restaurantes y locales comerciales.

Mis primeros amigos de la infancia y la juventud fueron Chirri, Chema, Raúl y Pepín, quienes también vivían en Vioño y con los que formé la única pandilla que tuve hasta que me casé, aunque seguimos manteniendo la misma amistad que entonces. Con todos ellos lo pasé fenomenal jugando con cualquier cosa en la calle, ya que en aquella época los juguetes eran solo para los niños ricos y a lo máximo que podíamos aspirar nosotros era a verlos expuestos en los escaparates de los pocos comercios que había en nuestro barrio. Teníamos que esperar a las navidades para que nos llevaran al centro para ver los juguetes que nos hacían tanta ilusión en comercios como El Arca de Noé, Moya, Tobaris y Estrada.

Lugares como la Granja Agrícola, los Estrapallos, A Torre das Vellas en Vioño, la fábrica de boliches de San Cristóbal y el campo de la fábrica de Ángel Senra fueron nuestros lugares preferidos para jugar a la bujaina, el che y sobre todo a la pelota, que casi siempre hacíamos nosotros mismos con un calcetín viejo relleno de papeles u hojas de pinos. Cuando no conseguíamos una pelota hacíamos pequeños safaris por la Granja Agrícola o el campo de la Peña, lugar sobre el que después se construyó el barrio de Os Mallos.

Recuerdo las fábricas de gaseosas El Obelisco, en la Cuesta de la Unión; La Revoltosa, en A Falperra, y la Lugo-Coruña en la calle Vizcaya, ya que íbamos muchas veces a ellas a pedir bolas de los boliches de las botellas rotas para jugar con ellas. También me acuerdo de los cines de barrio como los Gaiteira, Monelos, España y Doré, además de a los famosos acomodadores Chousa y Casimiro, este último del España y además el zapatero de A Falperra, mientras que su mujer era la taquillera del cine. Enfrente había un carrito en el que comprábamos pipas, pirulís y pitillos sueltos. Cuando llegó la televisión, los chavales solíamos verlas desde la puerta de los bares que la tenían, ya que al principio había muy pocas.

Empecé a jugar al fútbol en el Unión Sportiva, en el que estuve hasta los diecinueve años y después entré en el Deportivo, del que me cedieron al Órdenes. Tres años más tarde pasé al Vioño y luego terminé mi carrera en el Victoria, aunque luego practiqué el fútbol sala en los equipos Anduriña, Sureco y Lámparas Lladó y más tarde en los veteranos del Vioño mientras el cuerpo me lo permitió. Algunas veces aún organizamos algún encuentro entre viejas glorias del club para recordar los viejos tiempos, en los que hice grandes amigos y tuve la suerte de jugar con amigos de la infancia como Chirri y Manolito, además de otros como Pepín, Chito, Manel, Gelucho, Manolito el pintor, Pacuchín, Miguel y el gran Cedillo.

Me casé a los veinticinco años con María Luisa Freire, a quien conocí un día de paseo por la calle Real y con quien tengo dos hijos, Marta y Alfonso, quienes nos dieron dos nietas gemelas, Lucía y Carla, que son en la actualidad nuestro mayor pasatiempo.

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