Crítica

Dos más dos no son cuatro

11.09.2016 | 01:36

Dos más dos no son cuatro cuando las cantidades de la adición son heterogéneas. Las coreografías de Iker Gómez utilizan como base musical la partitura de Vivaldi; las de Kenneth Tindall, una obra tan singular como Las cuatro estaciones de Vivaldi reconstruidas, del compositor contemporáneo Max Richter. Primera providencia: ¿por qué hay que reconstruir (¿deconstruir?) una obra maestra absoluta como la de Vivaldi, que ha sobrevolado intacta los procelosos acontecimientos de casi tres siglos de historia? Ni siquiera estaría justificado practicar intervención alguna sobre ella, por más respetuosa que fuere. Es como si quisiéramos reconstruir Don Quijote o Macbeth o La Ilíada. Hay que hablar también de las dos diferentes puestas en escena. En el caso de las de Iker Gómez, las proyecciones sobre una pequeña pantalla situada a cierta altura del ciclorama no constituyen un acierto. Y no precisamente por su calidad estética (la papiroflexia; la belleza de las flores -maravillosas peonías, rosas, lirios, fucsias, pasionarias, orquídeas, cactus- en su glorioso tránsito del capullo al esplendor de su plenitud), sino porque resulta prácticamente imposible contemplar al mismo tiempo la sucesión de tales imágenes y las evoluciones de los bailarines. Su planteamiento coreográfico, muy difícil; y, en mi criterio, utilizando en demasía la dislocación de las distintas figuras, y un tempo excesivo, incluso en los dos largos centrales. Las composiciones del inglés Tindall, como grupos escultóricos, de notable interés (algunas, recuerdan ciertas coreografías clásicas contemporáneas, como por ejemplo para La consagración de la primavera, de Stravinsky). La actuación de los bailarines, sobresaliente. Fueron aclamados tras saludar al final de una representación que transcurrió entre aplausos. Muy numerosos y merecidos para Mercedes Suárez. Y también para coreógrafos y otros responsables de una puesta en escena singular que gustó mucho al público. ¡Ah! Música "enlatada". Se había pensado en la Orquestra de Cámara Galega, que dirige Rogelio Groba. Excelente idea, pero?

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