La ciudad que viví

Las cazas de cotobelos en Santa Margarita

Los chavales tomábamos el pelo a nuestros amigos llevándoles de noche al parque a coger supuestos animales de piel valiosa, para lo que les dábamos un saco mientras el resto hacíamos ruido y gritábamos

02.10.2016 | 03:02

Nací en Cabañaquinta, en Asturias, pero a los pocos meses de mi nacimiento mis padres, Antonio y Julia, me llevaron con ellos a Cuba, donde se fueron a trabajar en 1947 y permanecieron allí una década, aunque a mí me enviaron de vuelta antes a través de la asociación Emigrantes Cubanos, que me dio una beca para estudiar en los Dominicos de León, donde estudié dos años. Como no tenía vocación religiosa a esa edad, mi familia me envió a casa de mis tíos Severino y Rafael, aunque al poco tiempo ellos regresaron de Cuba para instalarse en esta ciudad, donde empecé una nueva vida a los diez años.

Mi padre trabajó en el Playa Club como encargado, mientras que mi madre lo hizo allí como cajera. Luego él fue factor en la empresa de transportes Pereira en el recorrido hasta Verín y después los dos acabaron trabajando en la confección hasta que se jubilaron.

Nos instalamos en la calle de la Paz y mi primer colegio en la ciudad fue el don Rafael Vidal, situado allí mismo, donde tuve como compañeros a los hermanos Tomé Aznar, Carlos Muiños, Veloso, Amador el hijo del zapatero, Ángel el de los vinos, los hermanos Mahía y Carlos Vidal Pita. Con todos ellos jugaba al fútbol en los recreos en la plazuela de la Paz, donde hacíamos partidos con cualquier cosa que se pareciera a una pelota, aunque teniendo cuidado para no romper un cristal de las casas, ya que después lo tenían que pagar los padres. A quien más molestábamos era al señor Choucelas, que tenía dos camiones guardados en un bajo cuyas puertas usábamos como portería, por lo que hacía todo lo posible por quitarnos la pelota.

Cuando terminaron de asfaltar la calle Vizcaya, la utilizamos para bajarla con los carritos de madera que fabricábamos. Recuerdo que en una carrera que hicimos contra unos amigos de la calle nos dimos un galletazo que nos dejó las rodillas arañadas por completo y cuando llegamos a casa a mí me pusieron fino por romper el pantalón y hacerme daño, por lo que me castigaron.

Para jugar íbamos al solar de San Pedro de Mezonzo, al campo de la fábrica de Ángel Senra y a la zona del centro cultural Santa Lucía, donde muchas veces fui con la pandilla a espiar a las jugadoras de baloncesto que entrenaban en la pista de ese club, cuya capitana, Marisol, sería luego la mujer del periodista deportivo conocido como Triave. También allí pudimos ver los combates de boxeo que se organizaban en los años cincuenta y sesenta, en los que participaban púgiles como Casal, Corral y Grandío.

Disfrutábamos a tope de las fiestas de los barrios, ya que venían familiares a casa y nos daban propinas para ir a las atracciones. También me acuerdo de las cacerías de cotobelos que se organizaban para tomar el pelo a los amigos, a los que se llevaba de noche a Santa Margarita diciéndoles que eran animales cuyo pelo se pagaba muy bien. Para hacerlo aprovechábamos el descanso de la orquesta en las fiestas del Gurugú y hacíamos subirse a un árbol al chaval que gastábamos la broma con un saco, mientras otros hacíamos ruido con una pota vieja y una cuchara, al tiempo que dábamos gritos. El problema venía cuando llegaba la policía y nos daban un tirón de orejas o una patada en el culo.

Cuando en la calle Vizcaya montaron un bajo con futbolines y máquinas electrónicas de bolas se convirtió en nuestro punto de reunión. Muchas veces le cogía uno o dos pitillos a mi padre para venderlos y poder jugar allí con los hermanos Lebedinsky, que lo hacían muy bien, aunque con ese dinero también me iba a veces al cine España, que era de sesión continua.

Como me gustaba el fútbol, entré en el Maravillas y luego en el Olímpico de Rutis, en los que estuve varios años, aunque lo dejé porque tenía muy mal genio y me expulsaban cuando me enfadaba. Seguí jugando en la peña Yatay, de Ramón Cabanillas, y me dediqué a salir con mi pandilla, formada por Eduardo Orosa, José María Villanueva, Faustino, José Antonio, Roca, Ángel y Moreno, con quienes estuve hasta que me casé con Conchita Díez, con quien tengo dos hijas, Silvia y Ana.

Al terminar el bachiller en el Instituto Masculino empecé a trabajar en el taller mecánico de Cabarcos, del que pasé a la gestoría Tubío hasta que fui a la mili. Al terminarla trabajé en El Pote, donde estuve hasta su cierre, y después en los efectos navales Hijos de Benito Díaz. De estos dos últimos trabajos guardo un gran recuerdo por los compañeros y jefes que tuve y lo bien que se portaron conmigo.

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