La ciudad que viví

El tren del escaparate de El Arca de Noé

Los niños de mi época no teníamos juguetes y esperábamos con ansia las Navidades para que nos regalaran algo y ver lo que se exhibía en esos días en las mejores tiendas del centro de la ciudad

09.10.2016 | 02:58

Nací en la calle Marconi, pero al poco tiempo mi familia se trasladó a Ángel Rebollo, donde viví con mis padres, Ángel y Aurita, y mis hermanos Mari Carmen y Javier. A mi padre lo sacaron de casa en la Guerra Civil con dieciocho años para llevarlo al frente de Teruel y a la vuelta se casó y empezó a trabajar en los Almacenes María Pita, donde estuvo muchos años, hasta que se dedicó a ser representante de fábricas de géneros de punto.

Mi primer colegio fue el de Tonecho, en la calle Adelaida Muro, donde estudié hasta los doce años, para luego ingresar en la Escuela de Comercio, donde hice los estudios de Peritaje y Profesor Mercantil, lo que logré con el sacrificio de mis padres, ya que en aquella época costaba mucho estudiar. Mis primeros amigos fueron de mi calle y el Campo Volante, entre los que destaco a Fernando Díaz, Carlos Muñoz, Miguel Caridad, Guillermo y Gelín, con quienes formé mi pandilla.

Jugábamos con cualquier cosa, ya que los chavales de mi época no teníamos nada para hacerlo porque los juguetes eran un lujo y solo se podían conseguir por Reyes, aunque nunca nos daban lo que pedíamos. En Navidades íbamos hasta San Andrés para ver el escaparate de la tienda El Arca de Noé, que siempre ponía un tren eléctrico que nos hacía soñar. También íbamos al almacén de la Cooperativa Cívico Militar para ver el gran nacimiento que instalaban y los juguetes que se vendían allí.

Cuando los domingos en casa nos daban una propina, la gastábamos en el cine Hércules o alquilando una bicicleta en la tienda del señor Tomás, y si nos sobraba algo, comprábamos palo de algarroba. También nos íbamos de aventuras por la zona de la Torre de Hércules para cazar lagartos o al Matadero para cazar ratas.

Como otros muchos chavales, también recorríamos las calles para buscar chatarra o puntas que vendíamos en la ferranchina de la señora Balbina para luego jugar al futbolín en el bar de Suso, en Ángel Rebollo, donde las partidas nunca se terminaban por las trampas que hacíamos hasta que el dueño se daba cuenta y nos echaba a la calle.

Recuerdo que recorríamos las fiestas de todos los barrios y los bailes más conocidos de la ciudad y los alrededores, como La Granja, Finisterre, Sally, Danubio, El Seijal y El Moderno. Para salir de la ciudad cogíamos el tranvía Siboney, al que nos enganchábamos hasta que nos echaban. En verano íbamos a las playas del Matadero, Orzán y San Amaro, donde se podían comer sin problemas mejillones, lapas y minchas tras cocerlas en fuegos que hacíamos en las rocas. Uno de mis recuerdos de aquellos años es la Tómbola de Caridad, en la que como premio especial se rifaba una bicicleta Orbea, que era la marca más famosa de la época.

A partir de los dieciséis años comencé a jugar al fútbol en el club Marte, que dejé a los veintiuno porque fui a la mili, que hice como voluntario en la ciudad para que no me mandaran a África, que en aquel tiempo era una aventura, por lo que durante ese tiempo seguí jugando al fútbol, aunque en otros clubes, ya que pasé al Oza Juvenil y luego al Unión de Cee, equipo en el que me retiré a los treinta años porque el trabajo no me permitía dedicar tanto tiempo al deporte. En esos años como jugador fui varias veces campeón de la Liga de la Costa con el Cee e hice grandes amigos, ya que tuve como compañeros de equipo a Patiño, Boliche, Otero, Gilberto, Sele, Pepucho y Cholo.

Mi primer trabajo fue el de administrador de un armador de pesca, tras lo que trabajé en la fábrica Aluminios de Galicia hasta que terminé mi vida laboral. En mi primer empleo conocí en Ribeira a mi mujer, Paquita, con quien tengo tres hijos -Ángel Manuel, Ana y Eduardo-, quienes nos dieron dos nietos, Alejandro y Cristina.

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