La ciudad que viví

La familia de las alpargatas de esparto

Mis abuelos y luego mis padres se hicieron populares por ofrecer en sus zapaterías de la Marina y Riego de Agua un calzado muy demandado, que mi hermano y yo seguimos vendiendo hasta los años ochenta

05.03.2017 | 03:34

Nací en la calle del Parrote, en una casa del siglo XIX en la que también vivieron mis abuelos y mis padres, Manuel y Carmen, y donde me críe con mi hermano Manolo. Mis padres fueron conocidos en la Ciudad Vieja y el centro gracias a los comercios de zapatos y zapatillas que tuvieron en La Marina y Riego de Agua, llamados Calzados Lantes, en los que se vendían las famosas zapatillas de esparto que se fabricaban en Logroño y que fueron usadas por muchos coruñeses.

Recuerdo que en mi infancia venían a comprarlas las cigarreras de la Fábrica de Tabacos, las pataconeras, los trabajadores de la Campsa y los del muelle, así como gente de toda la comarca, por lo que siempre teníamos grandes cantidades y en verano teníamos que pedir más. Como estábamos en la Marina, los que llegaban a la Dársena en las lanchas de Ferrol y Mera venían directos a comprarlas, al igual que los que venían en los autocares que paraban allí mismo.

Mi padre fue un ferviente republicano, por lo que al poco de empezar la guerra los falangistas le detuvieron en el cine Savoy cuando estaba con mi madre, que aún era su novia, y le metieron en la cárcel hasta que terminó la contienda. Luego se casó e hizo que las zapaterías siguieran al nombre de mi abuelo Maximino, ya que él no podía ser propietario de ningún negocio.

Años después mis padres pudieron ponerlos a sus nombres y en los años sesenta mi hermano y yo continuamos con ellos hasta finales de los ochenta, momento en que los dejamos debido a los cambios que se produjeron en el comercio y a que la gente dejó de comprar las alpargatas.

Fue entonces cuando comencé a trabajar en el Ayuntamiento como coordinador de fiestas gracias a la llamada de Celso Madriñán del Valle, hasta que en 1995 pasé al teatro Rosalía de Castro como encargado de la tramoya y la maquinaria hasta mi jubilación.

Mi primer colegio fue el de los Tomasinos, ubicado frente a la Casa Cornide en la Ciudad Vieja, cuya profesora, Pilar Mosquera, nos trataba muy bien. A los ocho años pasé a la Academia Mercantil y luego hice el bachillerato en el Instituto Masculino. Al terminarlo llegué a matricularme en la Escuela de Náutica, pero como mis padres no querían que hiciera esos estudios, los dejé y estuve sin hacer nada hasta que hice la mili. Una vez que la terminé, navegué durante casi dos años como marino mercante para conocer mundo y ganar algo de dinero, y también fui al Gran Sol porque me gustaba el mar.

Mis primeros amigos de la infancia fueron los hermanos Alvarado y Cendán, Moncho y José Manuel, Mosquera, Jorge, Vara, Rebollito, Herrerita y Arturito, con quienes formé una de las pandillas más conocidas de la Ciudad Vieja. Los lugares donde más jugábamos eran la plaza de María Pita, el jardín cerrado de la Dársena y la zona situada frente a La Solana, donde hacíamos partidos de fútbol con pelotas de trapo.

Nuestra playa preferida era la del Parrote, donde muchas veces comíamos berberechos e incluso ostras, ya que el agua estaba limpísima. Cuando la marea estaba alta, íbamos nadando hasta las escaleras de La Solana que daban al mar y nos colábamos en la piscina sin que nos viera Antonio, el vigilante, a quien volvíamos loco.

Los domingos solíamos ir a Bastiagueiro en el antiguo tranvía Siboney. mientras que a Mera lo hacíamos en el viejo autocar de la empresa A Nosa Terra, aunque casi siempre sin pagar. Algunas veces también fuimos en la lancha de vapor Júpiter, que iba abarrotada de gente con empanadas y cestas de comida.

Durante la construcción del dique de abrigo nos enganchábamos al tren que llevaba las piedras hasta allí bordeando la costa desde la cantera de la Termac en Adormideras, por lo que cuando llegábamos al cuartel de la Maestranza, los soldados que estaban de guardia nos echaban la bronca desde las garitas para que no nos bajáramos en la muralla de la zona militar, e incluso un día nos dispararon un cartucho de sal que a uno de la pandilla le alcanzó en el culo, por lo que lo tuvo que poner a remojo un día entero para que le bajara la hinchazón.

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