La ciudad que viví

La pandilla que jugaba en los muelles

Bajábamos desde nuestro barrio con frecuencia al puerto a coger plátanos para comérnoslos cuando los descargaban, a jugar entre las tablas de madera que se ponían a secar y a tomar el pelo a los carabineros

19.03.2017 | 03:15

Nací en el año 1930 en la calle Independencia, donde vivían mis padres, Pedro y Aurora, y mis cuatro hermanos: Fuensanta, Amparo, Manuel y Eladio. Era una época muy difícil, en la que a cualquier familia modesta le costaba mucho salir adelante, como era nuestro caso, ya que mi padre era portero del Hospital Militar y mi madre era ama de casa.

Mi único colegio fue el Saldaña, ubicado en Panaderas, en el que estuve hasta los catorce años, edad a la que me puse a trabajar. Mis compañeros de colegio fueron César, Luis y Emilio, aunque en la calle estaban también Paredes, Lavadi, Fernando, Adolfo, Julio, Rogelio, Toñín, Miguel, Alfredo y Roberto. Nos pasábamos el día jugando en la calle a todo lo que se nos ocurría, ya que no teníamos ningún juguete, por lo que íbamos a la calle de la Torre, avenida de Hércules y los campos de Marte y de la Luna, donde solíamos jugar al fútbol con una pelota hecha con trapos viejos o papeles que atábamos con una cuerda o con un calcetín viejo que rellenábamos con cualquier cosa.

Hacíamos escapadas a la zona de la Torre para cazar lagartos, aunque siempre nos decían que no nos paráramos en el Campo de la Rata, ya que allí habían fusilado a mucha gente. Había tanta falta de todo, que cuando aparecían por nuestra calle los gitanos con la cabra y el oso, los chavales les seguíamos por todo el barrio para conseguir alguna de las monedas que la gente les tiraba desde las ventanas. También lo hacíamos con los organilleros, que muchas veces traían a sus familiares para no que les quitáramos las monedas.

Cuando había descarga de plátanos en el muelle de los barcos Romeo y Escolano, bajábamos hasta allí para coger algunos y ponernos morados. Allí también descargaban barriles de alquitrán y, como llevábamos alpargatas de esparto, mojábamos las suelas en aquel alquitrán para que nos duraran más, ya que cuando se humedecían se deshilachaban. También solíamos jugar en el lugar donde se ponían a secar las tablas de madera y a meternos con los carabineros.

Un día nos dio por irnos al castillo de San Antón y nos sentamos en una pequeña barandilla de hierro que se dobló con el peso, con la mala suerte de que nos vio un guardia municipal y logró atrapar a uno de la pandilla, al que se llevó al Ayuntamiento. Nos presentamos todos allí y nos llevó a la comisaría de Linares Rivas en el tranvía, donde se montó un follón porque el cobrador quería que el policía pagase todos los billetes. Al final se arreglaron como pudieron y al presentarnos ante el comisario dijo que fuéramos a poner la pasarela derecha y que si no nos mandaría al reformatorio, lo que finalmente hicimos. Por si fuera poco, el guardia que nos atrapó vivía por nuestro barrio, por lo que a partir de aquel día le volvíamos loco cuando le veíamos.

A los dice años empecé a jugar al fútbol en el Buenavista, de Os Castros, y luego en El Canda, de la avenida de Hércules, en el Juvenil de Almeiras, el Marte, el Perillo y de nuevo en el Marte, tras lo que fui entrenador en varios equipos.

En verano íbamos a Santa Cristina en la lancha, donde hacíamos lo imposible por no pagar aprovechando que iba llena de gente. Uno de nosotros pagaba y se quedaba con la ropa de los demás, que antes de llegar a la playa nos lanzábamos al agua y llegábamos nadando. La vuelta la hacíamos andando o enganchados al tranvía Siboney.

Un día que habíamos ido a torear las olas al Orzán, donde la muralla de la fábrica de Cervigón, empezaron a llegar a la playa latas de crema Nivea que venían de un barco que se había hundido cerca de la ciudad. Nos hinchamos a cogerlas y durante una temporada no paramos de echarnos la crema por todo el cuerpo.

A los catorce años empecé a trabajar como aprendiz de fontanería en un taller de la calle del Orzán y luego pasé a una fábrica de brochas de afeitar situada en Adelaida Muro. Más tarde entré en la empresa Tageasa como chófer de camiones y terminé en una empresa que trabajaba para la Caja de Ahorros. Conocí a mi mujer, Dolores Sanjurjo, que trabajaba en la fábrica de confección Baola, en la sala de baile de As Xubias, y tuve con ella cinco hijos: Pedro, José Ramón, María Dolores, Sonia y Mario, quienes nos dieron tres nietos: Álex, Bruno y Adrián.

En 1964 marché con mi mujer a trabajar a Inglaterra y al pedir el pasaporte me encontré que tenía un expediente que decía que había estado en la cárcel de niño por el asunto de la barandilla, ya que alguien lo había puesto, por lo que tuve que ir al juzgado a aclararlo.

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