El cuerpo y el alma

11.06.2017 | 01:52
El cuerpo y el alma

La restauración de viejos edificios y su readaptación para nuevos usos tiene una larga tradición en arquitectura. En nuestro tiempo, la conciencia del valor del pasado, ha hecho incontestable la necesidad de proteger el patrimonio construido. Un edificio no es una cáscara muerta, su valor arquitectónico no es ajeno a la vida e interacción que este tiene con su entorno. Por esto, para preservar, es necesario inyectar actividad, además de restañar heridas y reparar los daños del tiempo.

Conocemos bien los beneficios de volver a la vida a nuestros viejos edificios. La sede administrativa del gobierno gallego habita un antiguo cuartel de infantería, y nuestro parlamento está en lo que un día se construyó para ser facultad de veterinaria. La presencia y el valor de viejas arquitecturas en desuso se afirman y potencian a través de su rehabilitación, que añade nuevas capas de significación al edificio.

La rehabilitación arquitectónica no se refiere sólo a edificios. Nuestras ciudades y villas están llenas de espacios que necesitan ser intervenidos. El parque de Bonaval, en Santiago, construido sobre la abandonada propiedad del monasterio y de un denso cementerio, es un notable ejemplo de espacio público rehabilitado y transformado en su uso.

Rehabilitar no es fácil. Las exigencias técnicas contemporáneas y las transformaciones necesarias para hacer viables nuevos usos entran en conflicto con la naturaleza arquitectónica de espacios concebidos desde otras posibilidades constructivas y destinados a otros fines. Estos procesos complejos precisan de decisiones acertadas y valientes, y entre todas ellas, sin duda, una fundamental es el uso que pretendemos instalar en la pieza rehabilitada. Las posibilidades son amplísimas, pero un requisito imprescindible es la necesidad. Los usos impostados para justificar una intervención, que realmente no parten de una necesidad social, son un camino hacia el fracaso.

La cárcel de A Coruña aguarda su intervención, con la experiencia próxima de la de Vigo, ahora sede de un museo de arte contemporáneo, o la de Lugo, transformada en un espacio ciudadano dedicado a la preservación de la memoria de lo que allí se vivió. La Fábrica de Tabacos es ya la sede de la Audiencia Provincial y permanecen a la espera el edificio Avenida, con la valiosa sala de cine ya perdida y su hermosa fachada oculta. Otros no tendrán ya la oportunidad. Siempre lamentaremos la desaparición del Asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, aquel que donó Adelaida Muro, y que acabó siendo un montón de escombros, perdiéndose para poder rehabilitarse y mantener la memoria de una ciudad generosa y justa. En la futura transformación del espacio portuario, la Lonja del Gran Sol podrá ser una gran pieza monumental llena de vida y actividad para otros usos, pero que seguirá explicando el fuerte vínculo de la ciudad con el mar.

La rehabilitación arquitectónica es una cuestión de cuerpo y de alma. No sólo es necesario recomponer muros, rehacer cubiertas o sustituir carpinterías. También hay que impulsar significados, generar actividad y establecer nuevas relaciones con la ciudad. En la convencional disociación entre cuerpo y alma, en la que cuando potenciamos uno, descuidamos el otro, quizá debiéramos pensar en que están estrechamente vinculados. Lo material y lo esencial se necesitan mutuamente.

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