La ciudad que viví

Los juegos en la Estación del Norte

Nuestro lugar preferido para jugar era la explanada de la antigua terminal ferroviaria, de la que recuerdo el gran incendio que la destruyó, que costó varios días apagar y que atrajo a muchas personas a presenciarlo

16.07.2017 | 03:03

Nací en la calle Fernández Latorre, donde viví con mis padres, Manuel y Joaquina, y mis hermanos Manolo, María Ángeles y María Jesús. Mi padre trabajó en la empresa pesquera Rey, situada en el muelle de A Palloza, mientras que mi madre se dedicó al cuidado de la familia.

Mi único colegio fue el Concepción Arenal, en el que estudié hasta los catorce años, edad a la que me puse a trabajar al igual que otros muchos chavales de mi edad para ayudar a la familia y tener algo de dinero para los fines de semana. Empecé a trabajar en el almacén de relojería Vázquez Cazón en Marqués de Pontejos, en el que estuve hasta que fui a la mili en el Parque de Automóviles, donde lo pasé bastante bien.

Al terminar, entré en la recién abierta tienda de electrodomésticos GEF, situada en Menéndez Pidal, en la que ingresé como repartidor y acabé como vendedor. Desarrollé mi actividad profesional durante treinta y tres años en las diferentes tiendas que la empresa tuvo en la ciudad, ya que fue una de las más importantes hasta su desaparición en 2008. Me casé con Carmen Galán, con quien tengo dos hijas, Laura y Rebeca.

Mis primeros amigos fueron los de mi barrio, como los gemelos Miguel y Pepe, Cameselle, Gelo, Luis, Antonio, Toto, Javier, Moncho, Currito, Traba, Suso, Nano, Manolita, Carmen, Merche, Lolita, Pachi, Raúl y Toni. Nuestra zona preferida para jugar era la explanada de la antigua Estación del Norte, a la que acudían muchas pandillas y donde jugábamos a las bolas, la bujaina, el che o la cuerda, además de a hacer el Tarzán con unas cuerdas que atábamos a las ramas de los árboles que rodeaban la estación, de la que recuerdo cuando ardió y lo que le costó a los bomberos apagarla. Durante varios días gente de toda la ciudad fue hasta allí para verla arder y las ruinas del edificio.

Más tarde nos fuimos a jugar a la los solares de las iglesias de los Redentoristas y de San Pedro de Mezonzo, así como a los de la factoría de Wonenburger en Cuatro Caminos. También íbamos al campo de San Cristóbal y a la Granja Agrícola, que entonces estaban rodeadas de campos que desaparecieron cuando se acabó de construir la avenida de Lavedra.

Los cines que más recuerdo fueron los Monelos, Gaiteira, Doré y España, que eran los más baratos para nosotros y en los que los acomodadores echaban antes y después de la película el famoso insecticida ZZ. Como me gustaba mucho el fútbol, empecé a jugar en el Santa Margarita, en el que estuve hasta los veinticinco años, tras lo que fiché por el Imperátor y luego por el Cambre. Después jugué en los veteranos del Santa Margarita tres años hasta que me retiré por una grave lesión al romperme una pierna. Como compañeros de equipo tuve a Suso, Guillermo, Vitolis, Frigo, Copa, Mella y Moncho Galán, con quienes formé la Peña A Zoca, en la que nos reuníamos habitualmente.

Cuando jugaba con el Santa Margarita, al terminar los partidos solíamos ir a la terraza de la cervecería de Cuatro Caminos, que siempre estaba llena y en la que se podían llevar bocadillos. Allí también íbamos después de ir a las playas del Lazareto o Santa Cristina, por lo que casi todos nos conocíamos, al igual que la churrería El Timón, en A Palloza, donde también se instalaban el Teatro Argentino y los carruseles y barracas que nos gustaban de niños.

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