Construir, habitar, compartir

17.07.2017 | 02:06

A lo largo de tres décadas de actividad del centro de acogida e inclusión social Sor Eusebia, sus responsables se encontraron con la dificultad de hacer llegar su ayuda a aquellos que no estaban dispuestos a plegarse a las normas del centro de acogida, renunciando a parte de su libertad. La frustración de no poder ayudar a aquellos en situación de extrema necesidad, que prefieren su libertad a su seguridad, alumbró una idea simple y poderosa: ofrecer un refugio-hogar individual, mínimo e independiente. Los impulsores de la idea están convencidos, desde su larga experiencia, que la sensación de pertenencia que experimentarán los habitantes de estas "casitas" generará un efecto benéfico en su situación, más allá de la protección y seguridad que les ofrecerá el nuevo espacio.

Para impulsar la construcción de este proyecto, los responsables del Hogar Sor Eusebia solicitaron la ayuda de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de A Coruña. Desde la primera reunión supimos que necesitábamos convocar un concurso de arquitectura para resolver el grupo de "casitas", al que se refería el presidente del Hogar Sor Eusebia. El proyecto no era sencillo. Diseñar para unos usuarios de los que sabemos tan poco, y que están tan alejados del estándar social, implica trabajar con parámetros nunca ensayados. Existen numerosos referentes arquitectónicos de refugios para personas sin hogar, pero la iniciativa denominada Micasita no se parece a ninguna otra, ni en nuestro país, ni en otros. El trabajo de los arquitectos implica siempre un alto grado de empatía con los futuros usuarios de sus obras. Entender y asumir las necesidades y perspectivas vitales de personas sin hogar exige un esfuerzo de observación, análisis y comprensión, que no resulta sencillo. Si estas personas sin hogar, además, no están dispuestas a renunciar a su total libertad para acatar las normas de un albergue, situándose en una marginalidad severa, las claves para entender sus repuestas y necesidades dificultan enormemente el proceso de diseño.

El concurso se convocó abierto, sin inscripción y con la única doble condición de que cada equipo que se presentase debía contar, al menos, con un arquitecto con capacidad para responsabilizarse del diseño y de la dirección de la obras y, también, como mínimo, con un estudiante de arquitectura. Los equipos empezaron a trabajar en los plazos previstos. En medio del proceso, convocamos una reunión con técnicos y expertos en inclusión social, con larga experiencia en ayudar a personas sin hogar, en la calle, en estado de extrema necesidad. Aquella reunión fue necesaria, interesante y emocionante. Allí entendimos todos lo poco que sabíamos del problema, la complejidad de lo que tratábamos de hacer y las ganas de poner nuestro oficio al servicio de los que menos tienen. Y los que menos tienen carecen de recursos y de hogar, claro, pero tampoco tienen familia, ni amigos, ni expectativas. Aproximarse a esta realidad oculta fue sorprendente. Abordar un diseño arquitectónico para ellos, resultó un reto.

Fueron 25 las propuestas presentadas una vez cumplido el plazo. El jurado estaba integrado por arquitectos, más los responsables del Hogar Sor Eusebia, con voz, pero sin voto. Todos los profesionales representábamos a las diferentes instituciones colaboradoras: Xunta, Concello de A Coruña, Escola de Arquitectura, más la presencia de Manuel Gallego Jorreto, que respondió generosamente a nuestra invitación. Su trayectoria y prestigio profesional completó un jurado competente y con ganas de identificar la mejor propuesta. La tarea no fue fácil. Los debates y argumentos para defender unas y relegar otras fueron sustanciosos. Muy pronto entendimos que algunos valores que harían situarse bien a algunos proyectos en un concurso más habitual, eran deméritos tratándose del objetivo buscado. Estudiamos diseños atractivos, de interés espacial y constructivo, que no habían asumido, totalmente, para quiénes estaban trabajando. Tras una larga sesión, y con el total acuerdo de todos los miembros del jurado, se señaló el proyecto ganador y los premiados.

Micasita es el resultado de la voluntad de ayudar a los que no se podía ayudar, poniendo a su servicio todo lo que sabemos.

En la conferencia de Martin Heidegger, Construir, habitar, pensar, dictada en Darmstadt en 1951, el filósofo identifica el habitar como permanecer seguro y libre, relacionándose positivamente con el entorno y reconociendo al otro. Además, el habitar implica ocupar un lugar en un espacio y un tiempo particulares. Dichos espacios, constituidos por los lugares, se fundamentan en las construcciones. Construir es, por tanto, condición esencial del habitar. La brillante y trascendente aportación de Heidegger a la idea de habitar, señala una forma esencial de estar en el mundo: construir. Y no sólo construyen los canteros o albañiles, con sus manos y sus máquinas, o los arquitectos con sus conocimientos y creatividad: aquellos que desean, imaginan, impulsan y disponen, también construyen y, por tanto, habitan. Como todos los que han hecho posible un edificio para los que todo lo han perdido, construyendo, habitando, pensando y ayudando.

Este artículo de Fernando Agrasar figura como prólogo en el libro editado por la Universidade da Coruña con las propuestas para el concurso 'MiCasita'

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