La ciudad que viví

El cantante de la Vereda del Polvorín

En mi juventud empecé a actuar en guateques y cuando viví en Inglaterra me gané la vida cantando en restaurantes - Ahora sigo componiendo por afición y en diciembre publicaré mi quinto disco

24.09.2017 | 17:54
El autor, en una actuación musical en su juventud.

Nací en la Vereda del Polvorín, conocida entonces como la calle de la mierda, donde mis padres, Elías y Ángela, tenían un bar con el nombre de la calle. Mi primer colegio fue el de la profesora Beba, tenía una pequeña mercería en una de cuyas habitaciones daba las clases. Más tarde pasé al colegio de la calle Forcarei, conocido como el de la Caja de Ahorros, donde estuve hasta los trece años, edad a la que murió mi madre y tuve que ponerme a trabajar, aunque seguí estudiando en la academia de don Sergio en la avenida de Hércules.

Ayudé a mi padre en el bar hasta que marché a Inglaterra, donde estuve trabajando ocho años, primero en la cocina de un colegio de la Armada en el que también trabajaba mi hermana Josefa, y luego cantando con mi guitarra en restaurante españoles de Londres, como el Costa Brava, Don Pepe y el Centro Gallego. Esa actividad me permitió conocer el país y pude vivir bien, aunque echaba de menos la ciudad y mis amigos, por lo que decidí regresar.

Comencé a trabajar de pintor por mi cuenta y luego como panadero, tras lo que fui taxista con mi cuñado Marcial, que era el propietario del vehículo. Más tarde pasé a la empresa de alquiler de coches Auotur y finalmente a Diageo, dedicada a la distribución de bebidas alcohólicas, en la que fui el gestor hasta mi jubilación.

Mi pandilla de juventud estaba formada por Mechoso, que tocaba conmigo de chaval, Jorge, Varela, Malvís el de la tienda de comestibles, José Andrés y Moncho. Nuestros lugares para jugar eran el Campo de Marte, el de la Luna, la fábrica de gafas de la calle Ángel Rebollo, el secadero de pieles, la Torre de Hércules y la cuesta del Matadero, donde jugábamos a todo lo que se nos ocurriera.

Cuando se pusieron de moda las carreras con carritos de madera, nos teníamos que ingeniárnoslas para conseguir el material para construirlos, sobre todo las ruedas de acero, para lo que recorríamos los talleres o recogíamos chatarra para venderla en la ferranchina de la señora Balbina, que también nos compraba trapos, goma y zapatos viejos. Con las pocas pesetas que nos daban, comprábamos allí mismo las ruedas o jugábamos al futbolín durante unos días, aunque también podíamos cambiar tebeos y novelas.

En verano íbamos a las playas de San Amaro, Amorosas, Orzán y Riazor, mientras que entre los cines nuestro favorito era el Hércules, que nos parecía grandísimo. También nos gustaban los Doré, Monelos y España, pero estaban lejos de nuestro barrio y, ya de jóvenes, fuimos a los del centro, como el Coruña, Rosalía, Avenida y Colón.

Con trece años comencé a jugar en el Marte y luego en el Torre, aunque dejé de jugar cuando marché a Inglaterra y volví a practicarlo, aunque como árbitro hasta que una lesión me obligó a retirarme. A partir de los quince años comenzamos a ir a los bailes, como El Edén, Tío Guay, Don Quien, La Granja, Santa Lucía y Saratoga, además de El Seijal. En algunas ocasiones formé un grupo musical con el que actué en guateques con canciones compuestas por mí y en gallego, por lo que también nos llamaron de locales de Monte Alto para que tocáramos.

En carnavales también lo pasábamos muy bien, por lo que toda la pandilla esperaba a que llegara esa época del año. Siempre me acordaré del día en que me disfracé de mujer con una combinación de mi hermana y en el que me cogí un buen resfriado que me dejó en la cama varios días.

Me casé con solo diecisiete años y tuve cinco hijos: Sonia, Ángela, Belén, Ángel y Brais, quienes ya me dieron siete nietos: Candela, Adrián, Lucía, Paula, Aitana, Roi y Brais. En la actualidad me dedico a componer canciones y espero publicar a finales de año mi quinto disco, A ledicia do galego, que presentaré en la Televisión de Galicia.

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