La ciudad que viví

Los zapatos destrozados en las cuestas

Los chavales de mi barrio competíamos a carreras con carritos de madera por las calles con más pendiente y nos rompíamos el calzado al frenar, por lo que en casa luego nos reñían y castigaban

12.11.2017 | 03:34

Nací y me crié en la avenida de Finisterre, donde viví con mis padres, Modesto y Celsa, y mi hermana Marta. Mi primer colegio fue el de doña Pepita, en el que estuve hasta los ocho años, para luego pasar al de don Edmundo en la ronda de Nelle. A los doce años entré en la Escuela del Trabajo, ya que mi padre quería que fuera electricista, pero yo estudié a trancas y barrancas y al cabo de dos años dejé la escuela para entrar de aprendiz en la imprenta Lorman en la calle de la Franja, ya que era el oficio que me gustaba.

Allí aprendí todo lo necesario para dedicarme a esta profesión, en la que pasé por conocidas imprentas como López y Ferman y tuve como compañeros a Mundo y Paco. Dejé esta actividad al aprobar unas oposiciones de Correos, donde transcurrió el resto de mi vida laboral, primero en San Sebastián, luego en Santiago y finalmente en esta ciudad. Me casé con María Varela, con quien tengo dos hijos, Juanjo y Ana, y un nieto, Cristian.

Mi pandilla de amigos de la infancia y la juventud estaba formada por Tino, Loleto el de Río Tinto, los hermanos Cancela, Goliath, Merza, Melchor, Fernando, Richard, Toñito el joyero, Carlos, Santos, Alvarito, Lolo el de Cofaga, Pili la pulga, Mari Carmen, Marisol e Isabel. Jugábamos en el solar que había al lado de Casa Peón y en la zona de Santa Margarita donde estaban los camiones alemanes que usaba Radio Nacional para emitir. También jugábamos en la explanada próxima al paseo de los Puentes y en la Imprenta Roel, a la que llamábamos la Fortaleza, donde también había un gran lavadero de ropa al que iba mucha gente del barrio y de la pequeña aldea que había en los Puentes, que entonces eran todo campos donde íbamos a coger fruta.

A partir de los doce años comenzamos a jugar a batallas a pedradas y a carreras con los carritos de madera bajando las cuestas con más pendiente que estuvieran asfaltadas, como la avenida de Finisterre y la Cuesta de la Unión, que, aunque todavía tenían adoquines, permitían coger bastante velocidad. El único freno que teníamos era un palo o nuestros zapatos, que solíamos estropear, por lo que cuando llegábamos a casa nos echaban la bronca y nos castigaban.

Muchos domingos nos gastábamos la paga en alquilar bicicletas en el Orzán para recorrer la ciudad e incluso ir hasta San Pedro de Nós, ya que apenas había coches y, como también había poca policía, a veces íbamos hasta tres en la bici. También me acuerdo del tranvía de Riazor a Puerta Real y del Siboney, en el que mi padre me llevaba de pequeño y en el que años más tarde iba enganchado con mi pandilla hasta El Seijal, la playa o el baile de As Xubias.

Nuestros cines preferidos eran el España, Doré, Finisterre y Santa Margarita, al último de los cuales pasábamos gratis muchas veces porque los padres de mi amigo Tino trabajaban allí, por lo que nos hinchamos a ver películas. Cuando después le cambiaron el nombre por el de Rex, pudimos ir a ver algunas de las películas para mayores que se proyectaban allí. En mi juventud formé un equipo de música con algunos amigos y tocábamos en la calle, aunque también fui vocalista en la orquesta Estela de Santiago. Con mi amigo Julio, que era vocalista de la orquesta Finisterre, participé muchas veces en el famoso programa de radio Desfile de Estrellas, que se realizaba el teatro Rosalía de Castro y en los cines Equitativa y Alfonso Molina.

Jugué al fútbol en el Santa Margarita y luego en el Unión Sportiva, del que mi padre era directivo, aunque al empezar a trabajar tuve que dejarlo. Mientras trabajé en Guipúzcoa, jugué en el Beasain y al regresar aquí hice el examen de entrenador y lo fui en el Deportivo Ciudad, aunque también jugué al fútbol de peñas. Al jubilarme entré como tenor en Follas Novas, donde continúo en la actualidad.

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