La ciudad que viví

El niño salvado por la penicilina

Durante mis primeros años de vida apenas pude salir de casa para jugar debido a la mancha que tenía en los pulmones y de la que solo pude curarme gracias a los antibióticos que nos mandó mi tío de Argentina

03.12.2017 | 18:48

Nací en Mesoiro, donde vivían mis abuelos maternos, Antonio y Agustina, y mi tía Luisa, aunque mis padres, Antonio y Nieves, lo hacían en O Martinete junto con mi hermana Nieves. Mi primer colegio fue el de don Agustín, el practicante, que estaba en A Cabana, donde hoy está la Escola de Imaxe e Son. Estuve allí desde los siete a los once años, edad a la que pasé al colegio de O Penedo, situado en O Birloque, hasta que a los catorce años me puse a trabajar para ayudar a la familia.

Mi padre fue zapatero en la fábrica de Ángel Senra y mi madre trabajó en la fábrica de salazones de Pescados Salgueiro y después en Pebsa. Mi primer trabajo fue en la empresa de construcción Rodolfo Lama como chaval de los recados, por lo que iba a Torres y Sáez a buscar herramientas y electrodos para soldar. Luego aprendí a soldar y a hacer otros trabajos, por lo que luego entré en la empresa Viuda de Juan Chas como soldador hasta los veintiún años, edad a la que hice la mili en Madrid.

Al terminarla volví a esa empresa hasta que entré en Metaco, una empresa de construcciones metálicas, para participar en la instalación de la refinería. Luego pasé a la construcción de la nueva fábrica de Estrella Galicia en A Grela, empresa que me contrató como encargado de mantenimiento y en la que terminé mi vida laboral como encargado de envasado. Al casarme me fui a vivir a la calle San Jaime hasta que en 2010 falleció mi mujer, con quien tuve dos hijos, Víctor Manuel y Roberto, y en la actualidad resido en la calle Francisco Catoira.

Mis primeros amigos, que lo siguen siendo, fueron Francisco Hermida, Paco, Lorenzo y Luis, con quienes pude disfrutar poco, ya que desde muy pequeño tuve una mancha en el pulmón y la pleura que no pude curar hasta los once años, cuando mi tío Luis, que estaba en Argentina me mandó penicilina desde allí. En esos años apenas pude salir de casa por lo débil que estaba y a partir de que me curé fue cuando pude jugar con los amigos por los campos de Mesoiro.

A los catorce años entré en el Unión Sportiva y al cabo de un año pasé al Mesoiro, donde estuve seis temporadas hasta que fiché por el Santirso de Mabegondo. Al volver de la mili entré en el Sigrás y al cabo de cuatro años en el Vioño, en el que jugué muchos años como modesto y veterano, además de en la peña Palleiro. En la actualidad sigo siendo socio del Vioño, en el que me reúno con muchos compañeros que jugaron conmigo, como Manuel, Balay, Fernando, Otero, Casas, Gelucho, Laureano y José María, este último antiguo entrenador del Fabril.

Recuerdo que cuando jugaba en el Santirso me pagaban treinta duros por partido, que luego me gastaba en el baile de El Seijal, en el que había un gran ambiente y al que iban muchos jugadores de la ciudad, aunque en muchas ocasiones teníamos que volver andando desde allí. También íbamos mucho al Saratoga, en Monelos, donde tocaba mi tío Antonio Mallo con su orquesta, por lo que nos dejaban entrar sin pagar, al igual que en los bailes de carnaval.

El único cine al que iba era el Monelos, en el que antes de entrar siempre compraba un chantilly en la dulcería que había enfrente y que tenían mucha fama entre los chavales. Cuando empecé a trabajar iba muchas veces con mi pandilla a alquilar bicis en el taller de Regueira en la calle del Orzán para irnos hasta O Burgo o San Pedro de Nós. También salía con los jugadores del Santa Margarita, ya que uno de ellos, Lorenzo, era amigo mío desde la infancia. Recorríamos las calles de los vinos y parábamos en el bar A Nosa Casa porque era de una vecina de Mesoiro.

En verano solíamos ir a la playa de Santa Cristina en la lancha que cogíamos en la Dársena y, cuando iba a la casa de mis abuelos en Peruleiro, lo hacía en el tranvía número tres y luego volvía andando atravesando campos y fincas, además de la Granja Agrícola para atajar, para lo que atravesaba su gran alameda.

Tengo que destacar lo bien que los pasábamos en fiestas como las de Mesoiro, Palavea, A Cabana, San Cristóbal, A Grela, A Silva y Eirís, además de en las centro de la ciudad.

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