LOS PELIGROS DEL `BOTELLÓN´ PARA LOS JÓVENES

Una generación de bebedores

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Un 45,8% de los menores entre 12 y 18 años consume alcohol, un 11,8% lo hace de forma habitual y el hospital Juan Canalejo registra alrededor de 200 casos de comas etílicos cada año.

Pablo López.A Coruña

Además de las molestias que el fenómeno del botellón ocasiona a los vecinos de la ciudad, el consumo indiscriminado de alcohol puede provocar graves enfermedades y adicciones a un elevado número de jóvenes, que todos los fines de semana deciden tomar las calles y plazas con un único objetivo: emborracharse.

Los datos de un informe sobre drogas elaborado por la Xunta de Galicia revelan que un 45,8% de los menores entre 12 y 18 años consumen alcohol, al menos una vez todos los meses, y que un 11,8% lo hacen de forma habitual, con un promedio diario de 53,7 mililitros de alcohol puro, lo que contienen dos copas de licor con refresco. Entre los 19 y los 24 años, el porcentaje de bebedores alcanza el 65,4%, de los cuales un 27,6% ingieren una media 61,9 mililitros, aproximadamente dos copas y una cerveza.

Los promedios diarios no reflejan con exactitud la realidad, pues la mayoría de los menores y jóvenes concentran el consumo de bebidas etílicas durante los fines de semana, por lo que el riesgo de que sufran una intoxicación es muy elevado.

Una media diaria de 53,7 mililitros equivale a 375,9 mililitros semanales. En el caso de las personas que sólo beben las noches de los viernes y de los sábados, la cantidad real ingerida cada día efectivo de consumo de alcohol pasa a ser de 187,95 mililitros, unas 6 copas, cifra que sobrepasa en más de 30 mililitros los registros diarios de un bebedor calificado médicamente como de gran riesgo.

Las estadísticas sobre consumo explican los más de 200 ingresos anuales por coma etílico que se registran en el hospital Juan Canalejo y el hecho de que un 7% de los habitantes del área sanitaria coruñesa sean considerados bebedores abusivos.

Los médicos informan de que el estado comatoso por el alcohol, al igual que la sobredosis por otro tipo de drogas, conlleva un alto riesgo de muerte y de que las intoxicaciones, menos graves pero igualmente preocupantes si se estudian a nivel global, provocan todos los fines de semana varias decenas de visitas a urgencias.

Las conclusiones del informe demuestran también la trascendencia que ha alcanzado el fenómeno del botellón, el 31,8 % de los menores entre 12 y 18 años y el 35,5% de los jóvenes entre 19 y 24 reconocen haber consumido alcohol en la calle.

El hecho de que en la encuesta tan sólo un 7,6% del grupo englobado entre los 25 y los 39 años admita beber en el espacio público demuestra que el botellón es un fenómeno eminentemente juvenil.

Los expertos que han analizado a fondo el problema del alcoholismo han establecido una serie de cantidades de ingesta orientativas que, aunque varían en función de factores como la talla y la masa corporal, permiten conocer la frontera entre el consumo tolerable por el organismo y el irresponsable.

A partir de los 150 mililitros diarios, en el caso de los hombres, y de 100 en el de las mujeres, que toleran peor la bebida, los médicos hablan de gran riesgo. Estas cifras se alcanzan tras el consumo de cinco cubalibres, por lo que un elevado número de los que participan en el botellón están ubicados dentro de esta categoría, aunque sólo beban durante los fines de semana.

Estos índices hacen referencia a los individuos con un claro riesgo de desarrollar una adicción pero, según las autoridades sanitarias, el consumo comienza a considerarse alto en la franja de los 76 a los 100 en los varones y de 51 a 75 en las mujeres. Tomar más de tres copas por noche, unos 101 mililitros, aparece en las tablas como consumo excesivo.

Los mensajes más pesimistas, transmitidos por algunos médicos y psicólogos, advierten sobre la existencia de una "generación perdida", para referirse a la gran cantidad de individuos que en el futuro pagarán las consecuencias de sus excesos juveniles.

El deseo de perder la timidez, la búsqueda de nuevas sensaciones o la necesidad de imitar conductas grupales, son los motivos por los que los adolescentes deciden tomar sus primeras copas pero, tras varias noches consumiendo alcohol, una gran parte de los jóvenes llegan a asociar diversión nocturna con bebida y, desde ese momento, son incapaces de pasarlo bien en una fiesta o reunión de fin de semana sin emborracharse.

El plan sobre drogas de la Xunta refleja que, de los individuos que participan en el botellón, un 59% lo consideran algo importante en su forma de vida.

Los motivos para recurrir al consumo de alcohol en la calle en lugar de buscar otras alternativas de ocio nocturno responden, según los que lo practican, a tres causas fundamentales: el elevado precio de las copas en los locales, motivo que esgrimen un 23,8%; la posibilidad de estar con los amigos en un espacio agradable, lo más importante para un 23,6%; y pasarlo bien, para un 18%.

Los efectos negativos del alcohol sobre la salud son observados por los bebedores juveniles como algo lejano en el tiempo, a pesar de las advertencias de sus familias y profesores. Lo único que les preocupa en el momento de servirse las copas en un botellón es obtener lo más rápido posible las sensaciones de valentía y euforia que, sin embargo, acabarán convirtiéndose en lentitud de reflejos y pérdida del equilibrio.

Un ejemplo de la desinformación de los jóvenes con respecto a los riesgos que conllevan las intoxicaciones etílicas es el hecho de que el alcohol, tratándose de una sustancia depresora del sistema nervioso central que bloquea el funcionamiento de una parte del cerebro, es utilizada como un estimulante.

A la sensación inicial de desinhibición, le sigue un estado de cansancio y merma de las facultades físicas que ocasionan, entre otras cosas y como demuestran las estadísticas de siniestralidad, numerosos accidentes de tráfico.

Algunos de los efectos de una noche regada con todo tipo de preparados etílicos aparecen a corto plazo, normalmente al día siguiente. Sin embargo, la acidez de estómago, los vómitos ocasionales, la diarrea o el dolor de cabeza no preocupan a los potenciales alcohólicos que destrozan su hígado en las plazas de Azcárraga y el Humor o en los locales de copas del Orzán.

Estas dolencias, consideradas por los bebedores de fin de semana como una especie de peaje que es necesario pagar por una larga noche de diversión, pueden desembocar con el paso de los años en graves enfermedades que, como ocurre en los cada vez más frecuentes casos de coma etílico, pueden conllevar la muerte.

La corta de edad de algunos de los bebedores, que además son más vulnerables por no haber desarrollado por completo su organismo, hace que un hábito claramente nocivo sea percibido como algo lúdico cuyas consecuencias carecen de importancia. Un 44,1% de los menores de entre 14 y 16 años manifiestan haber probado ya alguna bebida alcohólica, aunque los más precoces se inician entre los 11 y los 13, con un 6,5%, e incluso antes, con un 0.9%.

Aunque las enfermedades hepáticas son las que aparecen con mayor frecuencia asociadas a la bebida, el alcohol es una sustancia que afecta a la práctica totalidad del organismo. Pocos minutos después de su ingesta, llega al torrente sanguíneo y, a través del mismo, extiende sus devastadores efectos por todo el cuerpo.

El hígado, que cumple con la misión de transformar el alcohol en otras sustancias menos perjudiciales, tiene una capacidad limitada y únicamente puede metabolizar entre 20 y 30 gramos por hora. Mientras tanto, la bebida circula por la sangre dañando al resto de los órganos vitales con los que entra en contacto. Las copas, cuanto más rápido se tomen, más dañinas resultan.

La lista de enfermedades ligadas al consumo irresponsable de sustancias etílicas es larga: degeneración cerebral, cirrosis, alteraciones cardiovasculares, gastritis, úlceras, inflamación del páncreas, trastornos intestinales... Los médicos advierten de que estas dolencias, aunque no suelen observarse en pacientes jóvenes, pueden afectar en el futuro a varios de los bebedores que consumen sustancias etílicas de forma irresponsable.

El alcohol puede suponer también el origen de numerosos trastornos neuronales y desequilibrios psíquicos. El más importante es el denominado síndrome de abstinencia, que se produce cuando una persona alcohólica deja de beber durante un determinado período de tiempo.

La Fundación de Ayuda contra la Drogadicción, asociación acostumbrada a trabajar con este tipo de casos, informa de que el síndrome comienza a manifestarse, en forma de ansiedad y nerviosismo, doce horas después de que el alcohólico tome su último suministro etílico. Después del segundo día, y tras varias horas sufriendo dolores musculares y náuseas, surge el llamado delirium tremens, caracterizado por una confusión mental y fuertes alucinaciones, que requieren atención sanitaria urgente.

Aunque los llamados bebedores de fin de semana no se consideran a sí mimos como adictos, los médicos advierten de que la gran mayoría de ellos se aburrirían por la noche si únicamente consumieran bebidas inocuas y que, algunos, serían incapaces de relacionarse de la misma manera sin alcanzar el estado de desinhibición que proporciona el alcohol.

A las enfermedades y trastornos mencionados hay que añadir otros peligros derivados de la modificación de la conducta que experimentan los jóvenes después de consumir varias copas durante las noches del fin de semana.

A los accidentes de tráfico, primera causa de mortalidad juvenil en España, se unen los actos vandálicos y las peleas, consecuencia de la sensación de valentía y agresividad que se produce después de que la parte del cerebro encargada de regular la atención y el control social sea desactivada por la acción del alcohol. Resulta llamativo, por ejemplo, que los pediatras de la ciudad asocien el aumento del número de embarazos no deseados en menores a la desinhibición sexual de éstos cuando salen de borrachera.

Los propios participantes en el botellón reconocen los problemas sociales que rodean al fenómeno. Así, siempre según los datos del plan sobre drogas de la Xunta, el 26,9% reconocen haber visto riñas y peleas, el 21,2% comportamientos sexuales desinhibidos, el 9,4% discusiones con vecinos y el 7% destrozos en el mobiliario urbano, datos todos ellos que confirman los sucesos denunciados por los vecinos de las zonas de botellón.

A pesar de estos aspectos negativos, el 84% de las personas que consumen alcohol en la calle manifiestan sentirse satisfechos con el botellón. Según las estadísticas, los menores son los que le conceden una mayor relevancia como forma de ocio.

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