Por Olga López López.
Nací en el número 55 de la calle de A Falperra, en una familia en la que éramos tres mujeres y dos hombres, de los que hoy sólo vivimos nosotras. Mi primer colegio fue el Labaca, en el que estuve hasta los once años junto a mis hermanos. Mis primeras amigas fueron todas del barrio del Gurugú y de la calle Sinforiano López, entre las que destaco a María Piñeiro, María Correa, Carmiña y Fina.
Con todas ellas y con algunas más estuve saliendo hasta los veinte años, edad a la que me casé. Nuestros juegos los hacíamos en las inmediaciones del lavadero de A Falperra, que en aquella época estaba recién asfaltada, por lo que las niñas la aprovechábamos para pintar mariolas en el suelo, mientras que los chavales usaban latas de conservas como si fueran coches.
También jugábamos al tule con los niños de la calle escondiéndonos en los portales de la zona, que en esa época estaban siempre abiertos. Recuerdo que en el invierno cuando llovía siempre nos pasábamos el tiempo dentro de los portales, contándonos cosas y jugando también a las bolas.
Como la vida era muy dura en está época de gran penuria, la familia nos puso a trabajar a todos los niños a los doce años, en mi caso en la casa de un médico, donde me pagaban 40 céntimos al mes. Me dijeron que iba sólo para abrir la puerta de la consulta y al final acabé dando brillo al suelo de la sala y de los pasillos con un gran cepillo de hierro con el que extendía la cera.
Allí sólo estuve un año, tras lo que me llevaron a una casa de costura de Linares Rivas llamada Consuelo Gantes, en la que empecé de niña de los recados para entregar la ropa a los clientes de la casa y para llevar a forrar los botones. Estuve trabajando en ese lugar hasta los quince años, tras lo que pasé a otra casa de costura, donde me pagaban 60 pesetas por trabajar durante doce horas cosiendo, tras lo que luego tenía que fregar las escaleras y el taller.
Más tarde, entré en una empresa que estaba en la calle de la Galera, en la que cogía puntos a las medias, hasta que finalmente me puse a trabajar en mi propio barrio en la mercería Otero, donde estuve hasta que me casé en el año 1955. En aquellos años de mi juventud, acostumbraba a ir con mis amigas a San Pedro de Nós a pasear y sobre todo a coger fruta. Muchas veces teníamos que venir andando cargadas con la fruta porque no teníamos dinero para el tranvía, por lo que nos llevaba toda la tarde volver a la ciudad, aunque era la única manera que teníamos de comer alguna fruta.
Recuerdo que un día que estábamos cogiendo fruta en una gran finca de San Pedro, el guardián me sorprendió cuando estaba subida en la muralla y me dio un gran golpe que me hizo caer al suelo, por lo que mis amigas y yo salimos corriendo lo más deprisa que pudimos, tras lo que fuimos a otras fincas a coger faballones, tomates y mazorcas.
Antes de ir a trabajar, teníamos que levantarnos a las cinco de la mañana para ir a lavar la ropa de toda la familia en el lavadero de A Falperra, ya que había que hacer cola para coger sitio en los pilones, que desde muy temprano estaban ocupados por las lavanderas de la ciudad. Al casarme, dejé de trabajar y me fui a vivir a la travesía de Adelaida Muro, en una época en la que la vida seguía siendo difícil, aunque como nuestra casa era de la familia de mi marido, al no tener que pagar alquiler pudimos salir adelante. Tuvimos cuatro hijos, por lo que las diversiones para nosotros eran las mínimas, salvo en el verano que aprovechábamos para ir a las playas de Santa Cruz y Santa Cristina -casi siempre andando- con un matrimonio amigo y con los niños, cargando con las tortillas, el pan y un boliche de gaseosa.
Cuando volvíamos a casa estábamos muy cansados, pero era la única forma que teníamos de ir a la playa, ya que como éramos muchos, si cogíamos el tranvía se nos iba el sueldo. Cuando los niños fueron mayores, empezamos a pasear por los Cantones y la calle Real con mi cuñada y sus hermanos.
El ambiente de la ciudad era entonces muy tranquilo y lo echo mucho de menos porque hoy no hay más que gamberradas y casi no se puede ni salir a la calle, mientras que a la gente mayor no se la respeta.