LOS DEBATES DE LA OPINIÓN

El problema social de la bebida precisa soluciones con consenso y a largo plazo

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Las consecuencias sobre la salud de los jóvenes y los problemas de orden público hacen necesaria una actuación conjunta de la Administración y los profesionales sobre el fenómeno del `botellón´.

José Manuel Gutiérrez.A Coruña

La polémica sobre el botellón se centra en las molestias que esta práctica genera entre los vecinos de los barrios donde se lleva a cabo, pero deja de lado habitualmente las consecuencias que tiene sobre la salud de los jóvenes. Un sociólogo autor de trabajos sobre este fenómeno, un psicólogo clínico y un ex alcohólico conversan en estas páginas acerca de esta cuestión y sobre las fórmulas para actuar sobre el botellón.

M. Lage: Se está hablando mucho de las molestias que genera el botellón, que son ciertas, pero se olvida preguntarse por qué hemos llegado a una situación en la que parece que la única posibilidad de ocio que tienen los jóvenes es salir a embriagarse, no a beber, sino a buscar el efecto droga de la bebida. En los foros de internet he visto como jóvenes participantes en botellones dicen que a la sociedad le preocupa más el ruido y la suciedad que el que la gente beba, así como que no hay alternativas, porque un botellón les cuesta cinco euros, mientras que una entrada de cine ya les vale ocho. También hay que preguntarse qué pasa en las familias para que los chavales estén en la calle hasta altas horas de la madrugada.

J. A. López: El problema del ruido es el que más llama la atención porque es el que más molesta. El conflicto generado por el botellón es directamente proporcional a la cantidad de gente que lo hace, de alcohol que se consume, de residuos que deja, de ruido que genera... cuanto más aumenta una de estas magnitudes, más conflicto hay. En cuanto al problema sanitario, hay que tener en cuenta que hay jóvenes que sí tienen pautas de ingesta de alcohol peligrosas, pero sí es mayor de edad lo es a todos los efectos, mientras que si un chaval de catorce años bebe como un cosaco es mucho más preocupante. La sociedad no tiene la misma autoridad para pedir que no beban a los jóvenes de veinte años, que son la mayoría de quienes hacen botellón, ya que la venta de alcohol en establecimientos es un negocio.

A. Soto: Los jóvenes que beben y que hoy tienen quince años, dentro de dos tendrán diecisiete y van a ser iguales que los que hoy tienen veinte. Ellos dicen que ahora sólo beben un día o dos a la semana, pero llegará un momento en el que beban todos los días de la semana, porque yo fui alcohólico y también empecé bebiendo sólo un día a la semana. Llevo dieciséis años en la asociación y he conocido a muchas personas que piensan lo mismo: quien empieza bebiendo un día a la semana acaba por beber todos. La sociedad se preocupa por el ruido pero no por lo que le va a pasar a los jóvenes que lo causan.

J. A. López: El problema de orden público deben resolverlo los ayuntamientos y en el caso coruñés pasa mucho tiempo hasta que se moviliza y al final tiene que tomar soluciones drásticas, mal planificadas y no consensuadas. En el problema sanitario los interpelados son los padres de hijos adolescentes que permiten que no tengan horario de llegada a casa o que sea muy laxo. En el estudio que hicimos en Extremadura nos dimos cuenta de que tener un horario y unas normas claras se correlacionaba con una menor percepción del consumo de alcohol.

M. Lage: A nadie se le ocurre dejar que un señor pilote un avión sin que tenga la formación suficiente e igual debería ocurrir con otras actividades peligrosas como el consumo de alcohol. La primera norma en la educación para la salud sobre este asunto es que los menores de edad no pueden consumir alcohol. En el programa Futuro que se hizo en Extremadura hay una norma inflexible que es la persecución de la venta de alcohol a menores y el consumo por parte de ellos. Este programa incluye también la habilitación de áreas para beber y una vigilancia policial que reduce notablemente el abuso del alcohol. La actuación sobre los menores debe comprender a las familias, las escuelas y los medios de comunicación para informar de que el alcohol es una sustancia peligrosa y para enseñarles a beber de una manera responsable cuando sean mayores de edad. Esa es la política que

hay que aplicar, porque las me-

didas represoras generan confrontación y pueden aumentar las conductas perniciosas.

J. A. López: El botellón surge en el contexto de una sociedad que bebe y que celebra cualquier cosa bebiendo y que tolera que en ocasiones los menores beban. En las encuestas se revela que antes se empezaba a beber en casa y que los padres sabían lo que iba a pasar. Con el botellón, lo que está pasando es que los jóvenes se están socializando en el alcohol de una forma muy semejante a la de otras drogas, de forma que desaparece la familia como agente socializador que enseña para bien o para mal. Otra cuestión que demuestra que la sociedad cambia es que las niñas ahora empiezan a beber a la misma edad que los niños. A esto hay que sumar los estilos de beber, porque dicen que el nuestro es el mediterráneo, que no ha desaparecido, sino que se suma al nórdico en el que se basa el botellón, basado en beber hasta caer completamente borracho. El joven hace economías con el botellón, que le sale mucho más barato y después va a los pubs para continuar la noche.

A. Soto: No estoy de acuerdo en que los jóvenes hagan botellón por economía, sino porque la sociedad les lleva a eso. Me gustaría ir al botellón que había en Sarria el día que hubo el accidente en el que murieron los dos chicas y ver los coches que tenían allí. Para mí, hacen botellón en la calle porque allí pueden montar la juerga que no podrían organizar en un pub o una discoteca. El origen del botellón no es que no tengan dinero para pagar una copa en un pub y el que los vecinos protesten no es más que un aliciente para ellos. Yo fui a buscar a mi hija a la discoteca durante tres años a las siete de la mañana y vi a muchísimos chavales con coches que metían miedo.

J. A. López: El botellón no es una cosa monolítica, porque todos los jóvenes no consumen de la misma manera. Hay grupos de chicas, otros de chicos, otros de más chicas que chicos, otros de más chicos que chicas y otros prácticamente mixtos y cada miembro del grupo consume de manera diferente. Incluso hay gente que es abstemia y que va al botellón porque es el espacio que tienen los jóvenes para socializarse. Las parejas no se hacen en el cine, pero sí en el botellón, donde la gente se encuentra y está desinhibida por el alcohol. La mayor parte de quienes van al botellón no son conflictivos ni vándalos. También hay que advertir de que una persona serena y en solitario no es conflictiva, pero borracha y en manada actúa de forma gregaria. No entro a juzgar el botellón, porque tendría que juzgar también los bares y los pubs, que son el ocio de los mayores. De una u otra forma, botellón lo hay en todos los países desarrollados, pero el problema es que en España tenemos una tolerancia altísima al ruido y a los horarios.

M. Lage: En los foros de internet he podido leer que los jóvenes dicen hacer botellón porque es algo más, ya que se puede conocer a más gente que un pub y charla con los amigos más tranquilamente que en un local donde la música tan alta lo impide. Una de las cosas que hace el botellón es juntar a tres mil personas y, aunque uno esté en un grupo, puede ir saltando de uno a otro y tiene más posibilidades de tener intercambios que si están en un local. Es cierto que los jóvenes de ahora tienen más recursos que los que teníamos nosotros, pero todavía hay muchos que no tienen el mismo dinero que otros. Hay que señalar que el botellón no es algo nuevo, porque beber en la calle en España es una tradición, lo que pasa es que ha cambiado el modelo de consumo desde el mediterráneo hacia el anglosajón, en el que embriagarse no es un accidente, sino un objetivo, pero aún así, el delegado del plan de drogas en Cataluña, Josep Rovira, dice que el 96% de los jóvenes entre 14 y 18 años no tienen problemas de drogas. Hay un problema y es preocupante, pero lo que hay que hacer es como en Extremadura, primero una investigación y después poner de acuerdo a todos los sectores implicados.

J. A. López: Ese trabajo se tiene que adaptar a cada circuns-

tancia.

M. Lage: Yo creo que aquí no hay recetas mágicas ni soluciones salomónicas y que nadie tiene la única responsabilidad.

J. A. López: En 1997, en el parque de A Maestranza veíamos a pandillas que se reunían para beber y fueron dispersados por la policía. Al año siguiente, esta gente se fue al sitio donde se bebe en la calle, la plaza del Humor, junto a las calles de los vinos. Lo que es aberrante es que desde 1998 que los vecinos denuncian este problema, todavía no se ha solucionado. No es cuestión de incapacidad o de falta de información, porque dio tiempo a hacer una investigación por cada barrio. En A Coruña, con tantos años de un Gobierno de un mismo color y con un alcalde que era tan sensible a los problemas de los ciudadanos, no es de recibo que las quejas sobre el descanso de los vecinos no fueran atendidas. Puede que piensen que aplicar medidas restrictivas les va a suponer la pérdida de los votos de 3.000 jóvenes que hacen botellón, frente a los 400 de los vecinos afectados. Si no es ésa la explicación, el problema es de incompetencia y de no preocuparse por la convivencia.

A. Soto: Estoy totalmente de acuerdo en que el problema es de tipo político y a lo que llegarán como mucho es imponer multas a los padres de los jóvenes que hagan botellón, pero sólo para recaudar, porque en nueve años se podía haber hecho algo más de lo que se hizo. Acerca de lo que decía Manuel de que sólo hay un 4% de jóvenes de menos de 18 años que tienen problemas de drogas, hay que recordar que hay muchos alcohólicos de sólo 20 años y que no llegaron a esa situación de golpe, sino que venía de atrás y que el porcentaje sube mucho más entre los 25 y los 30 años.

J. A. López: Lo que está claro es que el botellón pone en situación de riesgo a una mayor cantidad de jóvenes. Si creemos en la responsabilidad de la gente, tenemos que dejar que decida, por eso me parece muy razonable lo que hicieron en Extremadura, donde se vetó el alcohol a los menores de edad, pero una vez alcanzada la mayoría, todo el mundo es muy libre de decir si se quiere tirar por un barranco. Estamos hablando del Ayuntamiento, pero a quien hay que interpelar es a los padres porque ha habido unos cambios en la familia que están influyendo muchísimo. También hay que tener en cuenta que ahora hay muchos jóvenes de 25 años que viven con sus padres, quienes entienden que no pueden exigirles que lleguen a una hora determinada a casa. Pero una cosa es eso y otra es que un padre permita eso a un chaval de 14 años, porque es un irresponsable y lo sabe. En Extremadura había padres que nos decían que no había actividades alternativas al botellón para chavales de doce o trece años, a lo que contestábamos que un crío de esa edad no tiene que estar en la calle a las dos de la madrugada.

M. Lage: Tenemos que hacer una distinción entre los menores y los mayores de edad. Siendo menor de edad no hay discusión posible: no puede beber alcohol ni se le puede vender.

A. Soto: Pero eso es responsabilidad de los padres.

M. Lage: De los padres y de la Administración, que tiene que velar porque se cumpla la Ley.

J. A. López: Hay un porcentaje de padres que cree que sus hijos no están en el botellón cuando en realidad sí que están, así como otros que prefieren no saberlo. Cuando eres adolescente, la primera norma es engañar a los padres, y todos sabemos que hay quienes se dejan engañar y quienes no.

M. Lage: Hay chavales que se plantean el botellón como una actitud de protesta y como un reto a sus padres y a la autoridad.

A. Soto: Eso es lo que comentaba yo antes sobre por qué se hace el botellón. Si en una discoteca arman un follón, viene el guardia de seguridad y les echa fuera.

J. A. López: Una de las cosas que vimos en el estudio de Extremadura que más prevenía el consumo de alcohol y drogas era el conocimiento por los padres de los amigos de sus hijos. Quienes más amigos conocían, sus hijos tenían menos problemas.

M. Lage: Es que el botellón cumple tantas funciones que no se le puede buscar una única solución. Los seres humanos siempre intentamos buscar una sola explicación para todos los problemas cuando hay un montón de ellas, por lo que tenemos que involucrarnos todos los profesionales afectados y la Administración para solucionar este problema. Con una medida administrativa y con una medida policial no se va a arreglar. Tiene que haber un consenso entre todos y sentarnos a hablar no con opiniones, sino con datos de un estudio serio de cuáles son las razones y las alternativas para esto. Además, habrá que asumir que habrá un grupo determinado de población que, hagamos lo que hagamos, va a acabar generando problemas porque tiene un comportamiento antisocial.

A. López: Estoy seguro de que la presencia del problema en los medios de comunicación en las últimas semanas está causando un efecto llamada, como pasó con la famosa competición entre los botellones de Granada y Sevilla. Pero eso no es una razón para que esta situación no aparezca en los medios, porque es el único recurso que tienen los vecinos de todas las zonas donde se hace botellón. Si aparece en los medios, está en la agenda y si es así, obligan a los políticos a que esté en la suya y si se sale un suficiente número de veces, pueden forzarles a que tomen medidas. Si no fuera así, estarían desamparados y podrían llegar a pensar que tienen que resolver el problema ellos mismos mediante brigadas vecinales, lo que sería un peligro.

A. Soto: Pero es que efecto llamada lo genera ahora cualquier cosa, porque estoy convencido de que cuanto más se habla de un problema, más grande es, como ocurre con ETA. Estoy seguro de que si dejara de hablarse de ella, se acabaría con el problema.

M. Lage: La información es imprescindible y uno de los valores a los que no podemos renunciar de ninguna manera.

A. Soto: Por supuesto, eso no debería producirse jamás.

M. Lage: Ese efecto llamada, aunque perjudique en este momento, sirve para que solucione el problema a medio o largo plazo, no podemos pensar a corto plazo.

J. A. López: El problema generado por el efecto llamada queda compensado por la atención que produce sobre un problema real para mucha gente.

M. Lage: En Estados Unidos tienen la buena costumbre de que al financiar las campañas sociales, se hace un estudio sobre su impacto, de forma que si no es efectiva, su promotor no recibe más fondos. Hace muchos años ya que comprobaron que las campañas contra la cocaína no sólo no habían reducido, sino que habían hecho aumentar su consumo, por lo que el Congreso de Estados Unidos, que había aportado muchísimo dinero, dejó de hacerlo. Las campañas preventivas tienen un efecto positivo a corto plazo, pero a largo plazo la gente se acostumbra a ellas e incluso son negativas.

J. A. López: Las medidas a corto y a largo plazo no son incompatibles, pero para eso hay que estudiar cómo se desarrolla el problema. En la plaza de Azcárraga las jovencitas van vestidas de punta en blanco porque en A Coruña se es muy pijo a la hora de salir. Pero yo no he visto a las niñas vestidas de la misma forma en la plaza del Humor, por lo que es fácil que haya diferentes botellones y diferentes grupos. En Cáceres el botellón era más masculino y con chavales que estaban en paro o trabajaban, mientras que en Badajoz el ambiente era de tipo universitario y con más igualdad entre chicas y chicos. Las soluciones tienen que afectar también a los hosteleros, no sólo a quienes venden alcohol en tiendas de conveniencia, sino a quienes lo hacen en las zonas de vinos y en los pubs, así como a los colegios con la aplicación de planes integrales. Hay que implicar a todos los nudos que intervienen en el problema para empezar a solucionarlo a largo plazo, pero mientras tanto se puede regular. Yo no estoy a favor de la prohibición porque al final lo que se consigue es dispersar el problema y marginalizarlo.

M. Lage: A mí lo que más me preocupa es el problema de salud y que el día de mañana podamos tener una situación grave por el consumo excesivo, que además causa alteraciones importantes de la conducta y más graves que en bebedores de otras generaciones. Eso sólo se puede lograr con medidas en profundidad y que estén respaldadas por la mayor cantidad posible de agentes sociales. No nos podemos rasgar las vestiduras por el hecho de que la gente vaya a beber, sino pensar que, ya que va a hacerlo, enseñarle a beber con el menor perjuicio posible para su salud y para las personas que están a su alrededor. Un bebedor afecta como mínimo a tres personas más de su entorno familiar y laboral, que se ven perjudicados por su trastorno adictivo.

J. A. López: Poner un botellódromo en una ciudad de 240.000 habitantes me parece una estupidez, prefirieron la medida extremeña de situarlo a más de cien metros de las viviendas. Las patrullas policiales lo que deben hacer es vigilar cuando se empieza a formar el botellón en el casco urbano y decir a los jóvenes que allí no pueden hacerlo pero que a corta distancia tienen un sitio donde pueden hacerlo. Si ven que en ese lugar no tienen problemas, al final acabarán yendo allí de buenas maneras. Esa medida se puede adoptar de un día para otro y si rebaja el nivel de conflicto con los vecinos, el resto de las soluciones pueden ser más trabajadas.

A. Soto: Si para hacer botellón en esas zonas alejadas van a llevar los coches, ¿en qué estado van a salir después de allí?

A. López: No digo que se vayan fuera de la ciudad, sino al dique de abrigo, por ejemplo, donde no tienen por qué ir en coche. Los que están en la plaza del Humor incluso podrían irse un poco más allá del centro de ocio del puerto.

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