ANTONIO BOÑAR
Siempre me explica con dulzura que las mujeres tienen que tener las caderas anchas para poder procrear como dios manda, que es algo genético y que la naturaleza es muy sabia. Dice que lo escuchó en el programa de Punset, que no es una de esas mentiras piadosas que argüimos para consolarnos a nosotros mismos o a la gente que queremos. Dice que en Redes aseguraban que, desde el principio de la humanidad, los hombres siempre han preferido mujeres obesas, por eso mismo, porque son más adecuadas para perpetuar la especie. También dice que es una conducta atávica y que la obsesión por tener cuerpos delgados sólo es pasajera. ¿O es que no has visto las mujeres que pintaban Rubens y Goya? Pues entonces, anda, no seas boba y deja ya de llorar, que no me gusta verte triste o acomplejada por esa tontería, que los problemas de verdad son otros, añade. Sí, me dice todo eso, pero no me toca. Luego me da un beso en la mejilla. Ya son las doce, buenas noches cariño, le escucho decir antes de irse a la cama. Y yo sólo pienso: hoy tampoco me ha tocado. Y aún sigo llorando un rato más, en silencio. Las imágenes catódicas que brotan del televisor derraman una luz nerviosa y caleidoscópica sobre la sala. Zapeo sin ton ni son, e imagino con lacerante ironía lo que ocurriría si un buen día el mando a distancia dejase de funcionar y, cada vez que quisiera cambiar de canal, tuviera que hacerlo levantando toda mi gordura del sofá. Renuncio a buscar una respuesta que ya conozco y, esbozando una triste sonrisa, murmuro: soy la definición exacta y hecha carne de la palabra indolencia. Aunque, casi al instante, mi rostro se ilumina de nuevo. Ya está bien de fustigarme, afirmo con determinación. Luego recojo los pedazos de dignidad esparcidos por el suelo y me recompongo animosamente para ir a la cocina en busca de la tableta de chocolate que duerme en la alacena, bajo una caja metálica en la que guardo las infusiones.
El primer trozo lo devoro con urgencia. El segundo también, pero ahora cierro los ojos mientras se disuelve dentro de mi boca. El tercero ya lo disfruto de vuelta en el sofá. Total, no nos engañemos, si ya sé que me la voy a jalar enterita. No pienso perder ni un segundo en elaborar estériles justificaciones que distraigan mi conciencia, hoy no, esta noche paso de farsas, que mi conciencia y yo ya nos conocemos de sobra, me reafirmo mientras devoro con regocijo el siguiente pedazo. Cuando aún voy por la mitad de la tableta recuerdo aquello que dijo Oscar Wilde: "Puedo resistirlo todo, excepto la tentación". Otra pastilla, y una más, y luego otra que mastico abriendo la boca y haciendo ruido con exageración. Cuando llego al penúltimo cuadradito de chocolate pienso: pues menuda bobada la cita esa de Wilde. El último trozo no lo como inmediatamente, lo abandono sobre la mesa unos minutos, para que crezca el anhelo por introducírmelo en la boca y bañarlo con mi saliva, para comprobar como el deseo puede ser tan enorme como la tentación. Finalmente alargo la mano y, con un fulminante gesto de depredadora, acabo con los restos de cacería.
Ya son las dos y media. Soy insomne, y eso me provoca una ansiedad que únicamente sacio comiendo. Sólo ha sido un poco de chocolate, no creo que por darme este gustazo se acabe el mundo. Además, así de claro: que le den morcillas a la puta dieta y al terapeuta. Total, nadie se va a enterar. A ver si ahora va a resultar que son los demás, el resto del mundo, los que van a imponer lo que yo haga o deje de hacer con mi vida y en mi propia casa. Es más, cuando lleguen los anuncios me hago unas palomitas en el microondas. Y voy a pillar también una cervecita.
Hace rato que terminó la comedia romántica que echaban por la tele. ¿Qué hora será? Joder, estoy tan gorda que hasta me cuesta alcanzar el móvil que está sobre la mesa. Soy una auténtica foca. Y claro, las chicas que salían en la peli eran todas guapísimas y con unos cuerpazos de muerte. No te fastidia, que si que más da, que si lo importante es la belleza interior, que si sólo estas un poco rellenita? Odio esa palabra: rellenita. Además de ser la más estúpida de las mentiras piadosas es una cursilería. Y por eso no paso, es como cuando para describir a alguien feo decimos que es riquiño. En fin, me voy a la cama, mañana será otro día, mañana pienso machacarme en el gimnasio.
Gordos es una estupenda cinta, una historia escrita de forma deslumbrante que merodea con audaz tino por las afueras de la tragicomedia sin desplomarse nunca hacia territorios grotescos. Daniel Sánchez Arévalo utiliza la obesidad como metáfora narrativa para diseccionar los complejos y contradicciones que nos asolan. Porque no pesan los kilos, pesan todas esas mentiras con las que tejemos nuestro disfraz para andar por la vida.
http://blogs.laopinioncoruna.es/ enelcinenollueve
Gordos
Producción: gallega. 2009. Director:Daniel Sánchez Arévalo. Intérpretes: Antonio de la Torre, Raúl Arévalo, Verónica Sánchez, Teté Delgado y Pepón Nieto. Guión: Daniel Sánchez Arévalo.