ANTONIO MARTÍN GUIRADO | LOS ÁNGELES
Bruce Springsteen, uno de los mayores símbolos de EEUU, cumple hoy 60 años, embarcado en la gira por su último trabajo, Working on a Dream, donde agolpa ilusiones y nuevas esperanzas para su país tras haber sido firme estandarte de campañas "antiBush".
El Boss parece estar más de moda que nunca. No le basta con ser el autor de uno de los álbumes más vendidos de la historia (Born in the USA, 1984), ganar el Oscar (por Streets of Philadelphia, 1994) o canalizar las emociones tras el 11-S en un poema lleno de optimismo y espiritualidad (The Rising, 2002). En los últimos meses hizo campaña a favor de Barack Obama y participó en el concierto multitudinario de Washington justo antes de la investidura de éste como presidente de EEUU, pero también tocó ante una audiencia de cerca de 100 millones de espectadores en el descanso de la pasada final de fútbol americano.
Ha vendido más de dos millones de entradas de su actual gira, que concluirá en noviembre, y el próximo mes de diciembre recibirá el homenaje por parte de Kennedy Center, de Washington, "por haber contribuido significativamente a la vida cultural" de EEUU y del mundo.
Springsteen, qué duda cabe, es una gran estrella del rock, pero no responde al arquetipo de la celebridad transformada por la riqueza, la fama y el dinero, como fue el caso de su ídolo, Elvis Presley. "La música me salvó", dijo a la revista Time en 1975. "Si no hubiera encontrado la música, no sé qué habría hecho. Nunca fue un hobby para mí, siempre lo vi como una razón para vivir", añadió.
Al contrario que otras celebridades, que sucumbieron a las mieles del éxito o estuvieron al borde del abismo, siguiendo aquel ideal romántico del rock, ideado por Niel Young, según el cual era mejor "quemarse que consumirse lentamente", a Springsteen no le va ni lo uno ni lo otro. El Boss ha elegido seguir en la cima.