ANTONIO BOÑAR
Así comienza el primero de los cinco capítulos en que se divide Malditos bastardos, el esperado filme de Quentin Tarantino: érase una vez, en la Francia ocupada por los nazis? El título no es casual y esconde un guiño a su admirado Sergio Leone al evocar aquel otro de Érase una vez en America (1984), la última y mejor obra del director italiano. Un pequeño homenaje que no se queda únicamente en las palabras y que cobra todo su sentido cuando vemos como, en esa estupenda introducción, Tarantino traslada con brillante descaro los paradigmas estéticos del más puro spaghetti-western a esa Francia ocupada por los nazis.
Es en este poderoso arranque donde conocemos a los dos grandes personajes de la película: la bella y fatal Shosanna, interpretada por una magnética Mélanie Laurent, y, sobre todo, Hans Landa, ese impagable coronel nazi que se apodera del relato desde su primera aparición en pantalla, cuando nos habla de la diferencia entre las ratas y las ardillas para explicar delirantemente su eventual oficio de "cazajudíos", y que eleva el tono del mismo hasta cotas magistrales en todas y cada una de las escenas que protagoniza posteriormente. Además del citado prólogo, y entre esos destellos que iluminan intermitentemente la cinta, destaca por encima del resto la larga secuencia del café, treinta minutos de sutil comicidad y tensión que este crítico ya guarda en el cajón de la memoria que reservamos para esos minutos de metraje que forman parte de nuestra biofilmografía más admirada e íntima, los mismos que explicarían por qué se ha acuñado esa expresión que vincula las palabras magia y cine. Christoph Waltz, galardonado en la pasada edición del Festival de Cannes con el premio al Mejor Actor, evoca con su caracterización del disparatado e inquietante Hans Landa al mejor Peter Sellers, a esos desquiciados personajes que interpretó para Stanley Kubrick en Lolita (1962) o ¿Telefono rojo? Volamos hacia Moscú (1963).
También, con ese título que encabeza el primer episodio del filme, Tarantino ya nos avisa sobre el carácter fantástico de lo que vamos a ver a continuación. Porque Malditos bastardos está muy lejos de ser una recreación histórica. No, aquí la II Guerra Mundial es únicamente un marco de realidad determinado y reconocible por todos en el que Tarantino derrama con una prodigiosa capacidad de invención sus grotescos personajes, su despliegue deliberadamente estridente de recursos visuales y musicales, su inagotable y brillante abanico de diálogos imposibles, su violencia pop o su gamberro sentido del humor. Por fin y después de aburrir al personal con infumables y vacuos ejercicios de estilo como Kill Bill: Volumen 1 (2003), Kill Bill: Volumen 2 (2004) o Grindhouse: Death Proof (2007), en muchos momentos de Malditos bastardos nos reencontramos con el añorado e inspirado tipo que también fue capaz de firmar, hace ya unos cuantos años, aquellas dos joyas que revolucionaron con refrescante audacia los anquilosados y repetitivos modelos narrativos de la época: Reservoir dogs (1992) y Pulp ficción (1994).
Malditos bastardos es una película tan seductora como irregular que se nutre de numerosas referencias cinematográficas que van desde la obra de Leni Riefensthal a la ya mencionada de Sergio Leone o de filmes bélicos, como Doce del Patíbulo (1967), a comedias como Ser o no ser (1942). Y quizás el mayor merito de Tarantino es la libertad creativa que demuestra al disolver distintos géneros o al atreverse a reinventar la historia y proponer otras realidades. Sólo por eso, y a pesar de que la cinta adolezca de cierta arritmia narrativa o deje algunos personajes sin perfilar (los bastardos que dan título al filme más que malditos sólo llegan a ser anodinos), ya podemos asegurar que estamos ante una gran película. No es redonda, pero es cine del bueno.