CARMEN VILLAR SANTIAGO
-Su obra mezcla memoria y creación, dice usted. ¿No es toda autobiografía eso?
-Toda memoria es creativa porque depende de la fragilidad de la propia memoria. La memoria no copia, no es mimética, no reproduce. Te da subsidios con los cuales se tiene una idea de lo que se vivió. Es tremendamente imprecisa.
-Dice que el privilegio del escritor sería inventar sin sanciones morales. ¿Nunca hay censura?
-Puede existir cuando no se no sabe en qué medida se es víctima de un prejuicio, de un preconcepto, del miedo, esa es inevitable. No siempre la selección de lo que debe quedar en un texto es censura. Puede ser una opción estética, una opción que busca dar una emoción.
-Me refería a limitaciones morales...
-En ese caso el escritor no debe tener escrúpulos morales o miedos morales, religiosos, teológicos, canónicos. Debe conocer esos miedos, pero escribir igual.
-Habla mucho de la memoria en esta obra. Dice que fue bendecida por los recuerdos. El olvido entonces ¿es una maldición?
-No, maldición no, pero puede ser una defensa porque no se soporte convivir con un determinado hecho que te hiere. Pero ¿cómo se puede mandar en el olvido? Apagar la memoria, a conciencia? Olvidar puede ser también un deliberado propósito de decir que la vida, la tragedia humana, no te interesa.
-Hace mucho énfasis en su oficio. Dice que hizo del verbo su razón de ser y que toda la vida pasa por el tamiz verbal. ¿No es una visión determinista del lenguaje?
-No lo veo así porque la palabra es muy rebelde. La palabra tiene un aspecto poético y lo poético es desordenado, desmedido, no puede ser controlado. Es llama. -Le entendí que tal vez los escritores sean más bienaventurados por poder manejarlas...
-No creo. La palabra del escritor está al servicio de un texto que pertenece a la comunidad humana. Lo que hace que el lector acepte o no un texto es algo colectivo. Si no, la literatura sería esquizofrénica, neurótica, cansaría, y no estremecería el corazón de las gentes. Si el lector no empatiza con la obra, la deja. La obligación de un escritor, entre otras cosas, es seducir, crear la imagen de la ilusión para que el lector acepte aquella obra como si fuese suya.
-En eso de la seducción, dice en el libro, tiene una deuda con su abuelo, que la enseñó.
-La seducción no es algo espurio, no es para comprar al otro, para violar, para cosas terribles. No, es seducir como homenaje a alguien, a la vida. Porque creo que cuando se seduce a alguien, se reverencia a la persona, se la legitima. Nos estamos acostumbrando a no cumplimentar ya a las personas. Se pierde la cortesía y la delicadeza que los seres humanos aprendieron a lo largo de la civilización como contrapunto a la barbarie
-Asegura que todo se lo debe a la literatura.
-Y digo más: la literatura no me debe nada a mí. Yo no reclamo nada. Porque la literatura me ha dado todo y yo aprendí con ella. Aprendí por ejemplo que puedo rozar con la mano a un hombre desconocido que me gusta en un bar y que un gesto mío nunca va a ser malinterpretado. Y ese gesto lo aprendí del arte. Porque la literatura es vida.
-Después de conocer Galicia afirma tener el deber de interpretarla hasta el fin de su vida. No obstante, en este libro confiesa que pasa algunos veranos en Cataluña. ¿Por qué no en tierras gallegas?
-Al conocerla me enamoré de Galicia, pero son las circunstancias profesionales y las facilidades las que impiden que esté. Si fuera una campeona que pudiera permitirme comprar una casa deslumbrante aquí, lo haría. Vengo mucho a Galicia y hablo con mucha pasión de ella, pero voy a Cataluña porque mi agente, Carmen Bacells, es una gran amiga y me quedo en su casa. Es como una familia. Su tercera nieta lleva mi nombre.