ANTONIO BOÑAR
La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina no es otra que Lisbeth Salander, esa improbable heroína a la que Stieg Larsson supo dotar de un extraño y fascinante carisma, el suficiente como para transformarla en una figura icónica de la novela negra más reciente. En la crítica de Millennium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres (2009), publicada en el blog de cine que pueden encontrar en la versión digital de este mismo periódico (http://blogs.laopinioncoruna.es/enelcinenollueve/), aparece un comentario firmado como Robert Smith que resume estupendamente la fuerza del personaje: "Lo importante no es la película, ni siquiera el libro. A mí (que disfruté del libro muchísimo, como lo que es: un gran best seller) lo único que se me ha quedado grabado en la memoria es Lisbeth Salander: oscura, libre, bisexual, superdotada, estúpidamente rechazada? Me enamoré de esa mujer desde el primer momento."
En esta segunda entrega Salander no sólo acapara protagonismo en el título sino que se erige como reina absoluta de la función, convirtiéndose en ese elemento central alrededor del cual gravitan todas las peripecias y el resto de personajes de la trama, ya definitivamente secundarios y eclipsados bajo su poderoso magnetismo. Sin duda, una parte del mérito de ese inmenso atractivo que desprende Salander debemos otorgárselo a Noomi Rapace, la mujer que le pone rostro en la versión cinematográfica. Una actriz que, por cierto, es de nacionalidad sueca pero hija de un cantaor de flamenco de Badajoz, un tal Rogelio Durán. Desconozco si esto último tiene alguna relevancia respecto a la estupenda caracterización que hace de esa niña que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Me refiero al porcentaje de culpa que pudo haber tenido su ascendencia latina en esa turbadora intensidad que irradia en la gran pantalla. Pero en fin, dejémoslo: entretenerse más de dos líneas elucubrando sobre soberana estupidez sería, además de un claro y penoso ejercicio de demagogia barata, un esfuerzo tan inútil y absurdo como la conclusión a la que presumiblemente llegaríamos.
En cualquier caso, iluminada por Rogelio Pérez o por Perico de Los Palotes, lo que es innegable es que la actriz sale airosa del peliagudo empeño que supone interpretar a un personaje que, millones de personas en todo el mundo (tantas como lectores de la novela), ya habían dibujado en su imaginación con anterioridad. Porque, si bien es cierto que el malogrado escritor construyó un personaje tan sólido como para brillar igual de bien en las páginas de un libro o sobre una pantalla, Rapace solventa el reto apoderándose con naturalidad del alma de Salander, y confiriéndole nuevos matices que trasladan y prolongan su capacidad de seducción al cine. Así explicaba Rapace en una entrevista promocional cómo fue finalmente elegida para el papel: "El director estuvo mucho tiempo buscando una actriz. Vio a un montón de actrices suecas, pero era complicado. No me había visto en ninguna película y, cuando me conoció, me dijo que era demasiado guapa para el papel. Pero, después de hablar un buen rato, dijo que en mí había algo oscuro, un interior explosivo y confuso, que le gustaba. Y habló de mi mirada, dijo que ocultaba cosas, y que sabía cosas de mi personaje que él no había llegado a descubrir."
Por lo demás, este segundo episodio baja muchos enteros respecto a la cinta de Niels Arden Oplev. Y es el fallido resultado que se obtendría al aunar todos los defectos que encontrábamos en la primera entrega y olvidar sus valores: se acentúa el aire televisivo y la simpleza formal; se abandona la disección moral de esa Suecia oscura y abyecta que tan bien reflejó Larsson en sus libros y que sí captó en parte Oplev; no hay personajes ni motivaciones (excepto, claro está, la reiterada Salander) y a Daniel Alfredson sólo le preocupa rodar, con tanta mezquindad de recursos como rutinaria pasión, una trama que, aunque sigue siendo entretenida (con el material que tenía entre manos esto no constituye ninguna gloria), sólo sobrevive gracias a la fuerza de su protagonista. Porque, si algo le queda claro a este espectador después de ver Millennium 2, es la certeza de que únicamente acudirá a la sala para ver la tercera entrega empujado por una hambrienta curiosidad: saber qué le depara el destino a Lisbeth Salander.