ANTONIO BOÑAR
Para los amantes del cine (y no tanto) que habitamos Santiago, esa ciudad que desnuda su alma de piedra con la levedad y el misterio que sólo las nubes poseen, noviembre es un mes especial. Todos sabemos que llega Cineuropa, un festival ajeno a las alfombras rojas y que, a lo largo de todo el mes, siempre consigue recordarnos por qué un día decidimos amar el séptimo arte, devolviéndonos a esa edad en la que el mundo cabía en nuestros ojos e ir al cine era el camino más corto entre la poesía y la vida.
El pasado miércoles dio comienzo la edición número veintitrés de un certamen que este año se alargará hasta el próximo 2 de diciembre, y en el que se proyectarán más de diez películas diarias (http://cineuropa.compostelacultura.org/). A las históricas salas del Teatro Principal y el Salón Teatro, que acostumbran a transformar la Rúa Nova en nuestro Broadway particular por estas fechas, se han unido en las últimas ediciones el Aula Sociocultural Caixa Galicia y la sede de la Fundación Caixa Galicia.
Sin la perturbadora presencia de los miles de turistas que, armados con sus cámaras y su insaciable apetito de monumentos, invaden la zona vieja durante el verano como si de un parque temático se tratara, la ciudad recupera esa cadencia húmeda capaz de unir los días como sólo lo hace la rutina. Y Cineuropa se ha instalado entre esos ritos amarillos, entre las conversaciones en los cafés que se alargan hasta la noche o los paseos bajo los soportales imbuidos de esa especie de melancolía perfecta que a todos nos atrapa cuando llega el otoño.
Es en esos cafés donde te enteras de las películas que más están gustando, o de las que han defraudado (suelen ser pocas). Y, a medida que van pasando los días, todos terminamos hablando de cine. Porque Cineuropa es tan inherente al otoño de esta ciudad como su lluvia infinita o el tañido de las campanas de la Catedral.
La Seminci de Valladolid y los distintos festivales europeos del año suelen ser el vivero de muchas de las producciones seleccionadas. A lo largo de del tiempo una serie de directores se han consolidado entre los habituales de cada certamen: Robert Guediguian, Ken Loach, Francis Ozon, Michael Winterbotton, Wong Kar-Wai, Michael Haneke? Fue precisamente el realizador austriaco el encargado de dar el pistoletazo de salida a la nueva edición con La cinta blanca (2009), un filme con el que obtuvo la Palma de Oro en Cannes.
También hay espacio para los homenajes a directores clásicos, y la revisión de estas viejas películas consigue que volvamos a soñar en blanco y negro con fumarnos un pitillo con Lauren Bacall, montar a caballo junto a James Stewart, besar el inmenso rostro de Gina Lollobrigida, brindar con Clint Eastwood por las noches antiguas y la música lejana o reírnos de la modernidad junto al inefable Jacques Tati. Otra sección que se repite cada año es Panorama internacional, que se nutre del cine independiente americano y de producciones traídas desde los cinco continentes. Es el público quien premia con su voto al salir de la proyección el trabajo plasmado en las obras de la sección oficial y, un panel situado en el hall del Teatro Principal, nos orienta sobre el arraigo que están teniendo entre los compostelanos.
El festival arranca como una vieja locomotora de vapor y es entrada la segunda semana cuando el boca a boca hace que aparezcan las primeras colas. Lo ideal es comprar un bono de diez películas y luego volver a convertir el hecho de ir al cine en un ritual que nos empuje a la calle, a pasear hasta la Rúa Nova acompañados por el murmullo de los paraguas, a sacar la entrada, a revolver el tiempo que queda hasta el comienzo con un café, a sentarnos en la butaca y observar a la gente que, como tú, se ha dejado seducir por este festival (estudiantes, bohemios, noctámbulos, tipos solitarios que siempre ocupan la misma butaca, la chica de la fila cuatro que abandona un temblor en tu sonrisa cada vez que te mira?). Y al salir, todavía un poco trascendidos por esas otras vidas que se han refugiado en los viejos teatros de nuestra memoria, podemos seguir soñando despiertos y extraviarnos en las noches de esta ciudad de cuento, la más hermosa de las ciudades sumergidas.