JULIO ANDRADE MALDE
Nadie discute que Dutilleux sea un excelente músico; pero ese concierto -que, en realidad, no es un concierto, pero sí es un concierto (todo ello, según el autor)- con su considerable longitud y su sugerente título onírico, El árbol de los sueños, invita a la evasión y al reposo. Quien, desde luego, no puede dedicarse a tan noble deporte es la intérprete que tiene a su cargo piano y celesta porque ha de hallarse en estado de permanente vigilia para cambiar de posición repetidas veces y con gran rapidez, de un instrumento a otro. Nuestra encantadora pianista, Alicia González Permuy, se multiplicó para cubrir carrolianamente ambos cometidos. Lo hizo muy bien; pero no olvidará con facilidad esta obra. Eso sí: la orquesta estuvo espléndida consiguiendo una tímbrica muy bella, y el violinista Sitkovetsky fue un intérprete soberbio; de hecho, hubo de corresponder a las ovaciones del público con una pieza para violín solo, de Bach.
Gustó mucho la Suite latinoamericana, de Fernando Alonso. El autor hubo de saludar por dos veces, lo que es poco habitual en el caso de obras nuevas y de jóvenes autores contemporáneos. Alonso ha ensamblado diversas danzas (habanera, ranchera, chachachá, bolero y mambo) con ingenio y habilidad en el manejo de la paleta orquestal, y ha conseguido una obra entretenida y de grata escucha. La orquesta, formidable. Pero aún habría de venir la preciosa suite de Revueltas (del filme homónimo, La noche de los mayas) para demostrar hasta qué punto la agrupación se halla en un gran momento. El joven director peruano, Harth-Bedoya, la ha conducido con claridad y riqueza gestual, pero sin extravagancia alguna; tiene una mano izquierda muy expresiva y de asombrosa flexibilidad. La OSG ha respondido con precisión, ductilidad y eficacia.