ANTONIO BOÑAR
Como bien reflexiona José Luis Sánchez Noriega en su Diccionario temático del cine, podemos encontrar el origen de gran parte de las catástrofes cinematográficas en los cuatro elementos naturales de los filósofos presocráticos: tierra (terremotos, hundimientos), aire (tormentas, huracanes, tornados), fuego (incendios de bosques, ciudades o edificios) y agua (maremotos, inundaciones, naufragios). Aunque, en los últimos tiempos, se han sumado nuevas causas y hecatombes a la lista: virus y epidemias, mutantes, actos terroristas, alienígenas, meteoritos, explosiones nucleares?
Este tipo de películas alcanzó su época de mayor esplendor en la década de los setenta, en la que surgieron como churros bajo ese caldo de cultivo que se nutría del clima de inseguridad y desconcierto generado por la crisis del petróleo. De aquellos años son algunos de los títulos más paradigmáticos de este subgénero: Aeropuerto (1970), La aventura del Poseidón (1972), El coloso en llamas (1974), Terremoto (1974)? La mayoría de estos filmes han sido revisitados o directamente exprimidos por la industria de Hollywood hasta la saturación.
Las conocidas como disaster movies son superproducciones que nacen con una clara vocación de espectáculo y en las que la trama narrativa, o el diseño de los personajes, están casi siempre supeditados a la acción. Bajo la aparatosidad de los distintos desastres que nos ha regalado el cine, solemos encontrar el mismo catálogo de respuestas humanas ante la amenaza. Unos arquetipos que no han variado a lo largo del tiempo y que acostumbran a estar encabezados por ese ciudadano común al que las circunstancias convierten en héroe. Alrededor de él, y dependiendo del cataclismo que aborde cada filme, aparecerán una serie de líneas narrativas que suelen visitar ciertos lugares comunes: la mezquindad de unas autoridades descreídas e ineficaces; la catarsis emocional de uno o más personajes que, normalmente, recorren durante la aventura esa distancia que separa la soberbia de la humildad; el fortalecimiento de una pasión o romance que antes de la tragedia agonizaba y que suele tener como protagonista a nuestro héroe circunstancial; una pareja de venerables ancianos que, entre carrera y carrera, aprovechan para moralizar sobre la condición humana; el típico listo que desde el primer minuto de proyección lleva escrito en la cara su condición de cadáver prematuro; un niño y su consabida familia disfuncional?
2012 aúna con perezosa intención todos los clichés habidos y por haber del cine de catástrofes, sumergiéndolos bajo una espesa y absurda capa de estruendo que silencia cualquier atisbo de emoción adulta o coherencia argumental que pudiera surgir bajo el ruido. Ahora ya no es un rascacielos o un barco lo que se hunde, ahora es todo el planeta. Al fin y al cabo, describir el fin del mundo permite un mayor despliegue de efectos especiales. Y a Roland Emmerich, el encargado de perpetrar este nuevo pastiche vacío, parece que la cosa de destruir el mundo le pone. De hecho, ya nos congeló vivos en El día de mañana (2004) o nos mostró un ataque masivo de los extraterrestres contra la humanidad en El día de la independencia (1996). Pues nada, que el tipo sigue erre que erre dando rienda suelta a su talento para firmar tonterías.
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