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ANTONIO BOÑAR
Después de haber alumbrado dos estupendos documentales musicales como Calle 54 (2000) y El milagro de Candeal (2004), Fernando Trueba vuelve a patinar ostentosamente en su regreso a la ficción cinematográfica, como ya hiciera con El embrujo de Shanghai (2002), una olvidable adaptación del texto homónimo de Juan Marsé que ya adolecía de unas cuantas carencias que ahora se consolidan en El baile de la Victoria. Porque ambos filmes pecan de lo mismo: la ausencia de cierta naturalidad dramática y de una atmósfera emocional medianamente creíble.
"Lo bonito de hacer El baile de la Victoria es que se trata de una historia que comienza en una ciudad conocida y en una época concreta, que usa ese anclaje en la realidad como una pista de despegue. En mi opinión, para volar hay que empezar en el suelo; si se comienza directamente en el cielo, no me creo lo que veo", explicaba recientemente el director madrileño. Pero, como dice el refrán: "Del dicho al hecho hay un buen trecho". Un trayecto en el que las sensatas palabras de Trueba terminan extraviándose en algún lugar del camino y no llegan nunca a concretarse en la pantalla. El baile de la Victoria es una película que se desinfla poco a poco precisamente por eso, porque el espectador no se cree lo que está viendo.
Basada en una novela del escritor chileno Antonio Skármeta, son Fernando Trueba, su hijo Jonás y el propio autor del texto los que se encargan de la adaptación cinematográfica. Y es en ese confuso e inconsistente guión donde se aprecian los primeros y erráticos síntomas que luego traslucen en la pantalla. El relato oscila entre demasiados territorios narrativos: unas pinceladas de cine negro; una historia de amor absurda y ventilada en cuatro escenas frente a otra peripecia romántica que derrocha tanta ternura como inverosimilitud; unas pizcas de crónica social y política; ciertos elementos de realismo mágico que nunca llegan a integrarse con naturalidad en el conjunto, pedazos de un lirismo de cartón piedra que aparecen de forma aleatoria en el filme y que, finalmente, acaban descolocando y alimentando un descreimiento progresivo en el espectador. La combinación de todo este material da como resultado una cinta deslavazada y hueca, un incoherente mejunje de géneros que se diluye entre pequeñas subtramas que quedan sin resolver o que, cuando llegan a cerrarse, lo hacen de forma un tanto sonrojante.
El baile de la Victoria desfila ante nuestra mirada sin abandonar ningún rescoldo emocional en ella. Lo único que perdura en nuestra memoria media hora después de haber asistido a la proyección es el bello rostro de Miranda Bodenhöfer, la bailarina que se estrena como actriz interpretando el personaje de Victoria y que irradia una magnética intensidad desde sus enormes ojos cada vez que aparece en la pantalla.
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