ANTONIO BOÑAR
Así se dirigía en una escena de Fahrenheit 9/11 (2004) el cineasta estadounidense Michael Moore al entonces presidente de su país, George W. Bush: "Hola, presidente, soy Michael Moore". Un saludo que repetiría entre los aplausos del personal al recoger la Palma de Oro con la que fue premiado su documental en la 57 edición del Festival de Cannes. Y una frase que resulta muy elocuente para descifrar el carácter de este polémico realizador. Por un lado, nos habla de su incansable y bienintencionado descaro para ejercer de mosca cojonera contra los poderosos y denunciar, con discutible hondura argumental pero cierto sentido del humor e innegable poder de convocatoria mediática, cualquiera de todas esas formas de injusticia que perviven sepultadas bajo nuestra celebrada sociedad del bienestar. Pero, por otro, en esa irónica expresión vemos ciertos matices que nos revelan a un gran demagogo. Porque Michael Moore también es ese ególatra que está encantado de aparecer en sus propios filmes (cada vez con más frecuencia, por cierto) incordiando sin descanso, con su oronda y calculada irreverencia, a los malos; ese tipo que abusa tendenciosamente de un discurso simplista y exento de cualquier atisbo de autocrítica. Con todo, siempre resulta refrescante su voluntad de escarbar en los vertederos de la opulencia, provocar controversia y abrir debate. Y como al fin y al cabo estamos hablando de cine, sería de necios no reconocer el mérito que tiene el haber conseguido catapultar un género minoritario como el documental hasta los primeros puestos de de la taquilla.
Michael Moore ya había arremetido contra el poder de las grandes corporaciones en su primera película, Roger & Me (1989). Una batalla que continuaría años más tarde con The Big One (1997) y que ahora extiende a banqueros, congresistas, dueños de multinacionales, ambiciosos estafadores de guante blanco y demás especímenes que manejan los hilos del sistema financiero americano en Capitalismo: Una historia de amor.
Tras un sugerente comienzo en el que Moore vincula el colapso ideológico y social que parece abrumar al mundo contemporáneo, y que estalló de forma visible en la reciente crisis económica, con la debacle del Imperio Romano, la cinta se desarrolla de manera irregular, alternando momentos reiterativos y banales con otros lúcidamente cáusticos. A Capitalismo: Una historia de amor le sobran minutos de metraje, dispersión discursiva y demagogia manipuladora. Lo mejor del filme son, sin duda, las secuencias en las que vemos al Michael Moore más payaso y gamberro, ese que nos hace reír al mostrarnos la cara absurda del perverso bochorno financiero. Eso y el talento que tiene este cineasta para articular sus historias bajo estimulantes montajes, con un apabullante sentido del ritmo narrativo.
"Antes la persona que se hacía rica era porque fabricaba y vendía un producto que gustaba a la gente: una determinada pasta de dientes, unos cereales, un refresco, unos zapatos? Ahora los millonarios no comercian con nada tangible, han llegado a serlo especulando con el humo que brota del dinero". Esta reflexión es pronunciada en voz alta y con otras palabras en Capitalismo: Una historia de amor. Y uno no tiene ninguna autoridad para hablar de economía pero, o quizás precisamente por eso, la idea en cuestión me pareció reveladora.
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