ANTONIO BOÑAR
Por esta vez, y sin que sirva de precedente, los galardones cinematográficos están estrechamente vinculados a la calidad. El último filme del realizador austriaco Michael Haneke ha ganado La Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes, el premio de La Federación Internacional de Críticos de Cine, el Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa y los Premios del Cine Europeo a mejor película, dirección y guión del año 2009. Y, muy posiblemente, se hará también con el Oscar a la mejor película extranjera en la ceremonia que se celebrará el próximo 7 de marzo en Hollywood. Un abrumador reconocimiento que, insisto, en esta ocasión está plenamente justificado: La cinta blanca es una obra mayúscula.
Una serie de extraños sucesos comienzan a perturbar la plácida rutina de un pueblo austriaco, en 1913, meses antes de que estalle la I Guerra Mundial. Un maestro, unos niños de aspecto angelical, un pastor protestante que obliga a esos niños a llevar cintas blancas que les recuerden el camino correcto, el doctor, el barón, los granjeros? A través de estos personajes, Haneke enfoca el germen de la maldad con mirada de entomólogo. Y teje una historia terrible alrededor de esos hechos que van extendiendo con escalofriante y cotidiana lentitud la mancha del miedo sobre todos ellos. Su narración es deliberadamente sosegada, casi costumbrista. Haneke retrata los latidos impasibles de la violencia con poderosa precisión, ocultos y acechantes bajo ese óleo campestre y bucólico. Y el espectador ve como la semilla del mal crece soterrada e inexorablemente con la misma impotencia que ese maestro que le cuenta el relato. Rodada con un fascinante uso del blanco y negro, en La cinta blanca la luz se erige como un elemento narrativo más, enfatizando con opresiva candidez esa angustiosa calma que siempre precede a las tormentas. La pulcritud formal de los encuadres y la fotografía llegan a evocar en ciertos momentos el cine de Dreyer. Y ese sentido visual que destila la cinta nos hipnotiza como lo haría una serpiente de cascabel antes de lanzar su venenoso mordisco. Haneke sumerge al espectador en los bajos fondos del alma humana con desasosegante lucidez.
La cinta blanca es un gélido viaje hasta los orígenes del nazismo, un cuento sobre unos niños obligados a llevar unas cintas blancas que les recuerdan el camino correcto.
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