MILA TRENAS | MADRID
Pieza clave en la vanguardia, gallega universal, mujer adelantada a su tiempo, feminista, transgresora, inconformista, independiente y, sobre todo, artista son algunos de las rasgos que definen a Maruja Mallo a la que, sin embargo, hasta ahora no se le había dedicado una gran exposición retrospectiva.
Organizada por Caixa Galicia y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, la exposición fue inaugurada ayer por la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, y el conselleiro de Cultura, Roberto Varela, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando donde llega, tras su exhibición en Vigo, con una gran novedad, ya que por primera vez se expone la obra Antro de fósiles, fechada en 1930.
Ana María Gómez González, nombre real de Maruja Mallo, nació en Viveiro en 1902 y murió en Madrid en 1995. Amiga de Salvador Dalí, con el que jugaba en el patio de la Academia de Bellas Artes de San Fernando y que la describía como "mitad ángel, mitad marisco", estuvo muy relacionada con el surrealismo y la Generación del 27 especialmente con Buñuel y García Lorca y mantuvo una relación personal con Alberti, Miguel Hernández y Pablo Neruda.
Las 131 piezas exhibidas, entre óleos, dibujos, fotografías y documentación de la época, permiten reconstruir cronológicamente la trayectoria de una de las artistas más importantes del panorama artístico español del siglo XX.
Después de una "etapa negra" en París, a la que pertenecen piezas como El espantapeces o Antro de fósiles, regresa a España donde su encuentro con Torres García marca un vuelco radical en la orientación de su trabajo.
"Su arte se basa entonces en la razón, en la construcción", recordó Huici, quien señaló que el pensamiento de Torres García moldeó el ideario estético en torno al cual se articularía toda la evolución pictórica de Maruja Mallo.
A esta época pertenecen las Construcciones rurales y las Arquitecturas minerales y vegetales y en especial sus grandes obras realistas dedicadas a La religión del trabajo, que se inicia con Sorpresa del trigo y culmina con El canto de las espigas pintado en Buenos Aires, donde se exilió al estallar la Guerra Civil.
En la fase de plenitud de su etapa americana "canta la igualdad de las razas y lo que ella llama las naturalezas vivas.
Son obras que responden a su fascinación por las formas vegetales y el mundo marino".
La última etapa de su trayectoria se gesta en América y se desarrolla a la vuelta del exilio. "Existe un cambio simbólico a la conquista del espacio. En su obra siempre hay un componente de orden positivo y optimista sobre el futuro del hombre", en opinión del comisario.